Carácter eclesiológico del Evangelio
Alfonso Carrasco Rouco
Facultad de Teología "San Dámaso"
Madrid
(Congregação do Clero)
"El fin definitivo de la catequesis es poner a
uno no sólo en contacto, sino en comunión, en intimidad con Jesucristo". Así
comprendida la finalidad verdadera de la catequesis, se hace manifiesta la
necesidad de que los Evangelios constituyan como el alma que la vivifica; pues
nos atestiguan, inspirados por el Espíritu Santo, quién es realmente Jesús,
cuáles fueron sus palabras y obras, y, junto con los demás escritos
apostólicos, nos explicitan su significado verdadero para la salvación del
hombre, para el destino del mundo y de la historia.
En otras palabras, los Evangelios aúnan
paradigmáticamente la fidelidad al acontecimiento histórico, a la figura real
de Jesús, y el anuncio del sentido más hondo de su presencia, del significado
salvífico de su misión. Pues, en efecto, la fe no puede surgir si no le es
posible al hombre conocer al Jesús que ha vivido en la historia, reconociendo
en Él al Hijo de Dios hecho hombre; por eso, difuminar los contornos reales de
su vida, velar o poner bajo sospecha el significado de sus palabras, de la
entrega de su vida, de toda su misión, impide ciertamente la respuesta creyente
en el amor. Ni es posible el crecimiento en la fe del fiel cristiano, si no
progresa en el conocimiento de Jesucristo, de la relevancia de su persona y de
su obra de salvación para uno mismo y para el destino de todo el universo.
De ahí que sea esencial reconocer la fiabilidad
histórica de los relatos evangélicos y, al mismo tiempo, comprender su
naturaleza de testimonio apasionado, salvaguardado en la verdad por el Espíritu
de Cristo, que hace posible a los autores comprender a la persona de Jesús y
tener conciencia de su trascendencia definitiva para que los hombres alcancen
la verdad sobre Dios y sobre sí mismos, alcancen el propio destino.
Los Evangelios son pues documentos eclesiales en su
origen y en su finalidad. Surgen a partir del acontecimiento absolutamente
imprevisible de una comunión con Jesucristo en la que, tras la Resurrección y
la venida del Espíritu Santo, llega a profundidad insondable la comunidad de
vida y destino, la adhesión creyente y amorosa que los discípulos vivían con
Jesús. Los Evangelios surgen de la comunión con Jesucristo y buscan sólo hacer
posible que todos lo conozcan y lo amen, que lo acojan en la plenitud de su
obra y de su Don a los hombres, y entren así en unidad profunda con Él, el Hijo
de Dios, Salvador.
La eclesialidad de los Evangelios significa, pues,
en primer lugar, el anuncio y el don, que ha de ser libremente acogido, de una
pertenencia: a la misma realidad de Comunión con Cristo que camina en la
historia desde el día de Pentecostés, a la Iglesia. En este sentido, el Credo
del Pueblo de Dios, verdadera síntesis de las Escrituras, simboliza esta
dimensión eclesial de los Evangelios también en el proceso catequético.
Esta naturaleza de los relatos evangélicos pone de
manifiesto, igualmente, que el catequista ha de ser ante todo testigo de esta
fe en el Señor y, por tanto, de esta comunión de la Iglesia. Sólo perteneciendo
cordialmente a la Iglesia, haciendo en ella la experiencia de la comunión viva
con Jesucristo, del desvelarse en ella de la verdad sobre Dios y sobre la
propia existencia, podrá cumplir adecuadamente su misión. Pues el catequista,
como los mismos Evangelios, viene de la Comunión e invita y educa en ella, lo
que sólo puede ser realidad viva si él está impregnado de adhesión creyente y
amorosa al Señor, y de caridad apasionada por el bien de aquellos cuya
educación en la fe le es encomendada.