MAGISTERIO DE
LA IGLESIA
(1215-1371)
IV
CONCILIO DE LETRAN, 1215
XII ecuménico
(contra los albigenses, Joaquín, los valdenses, etc.)
De la Trinidad, los
sacramentos, la misión canónica, etc.
Cap. I. De La fe
católica
[Definición contra
los albigenses y otros herejes]
Firmemente creemos
y simplemente confesamos, que uno solo es el verdadero Dios, eterno, inmenso e
inconmutable, incomprensible, omnipotente e inefable, Padre, Hijo y Espíritu
Santo: tres personas ciertamente, pero una sola esencia, sustancia o naturaleza
absolutamente simple. El Padre no viene de nadie, el Hijo del Padre solo, y el
Espíritu Santo a la vez de uno y de otro, sin comienzo, siempre y sin fin. El
Padre que engendra, el Hijo que nace y el Espíritu Santo que procede:
consustanciales, coiguales, coomnipotentes y coeternos; un solo principio de
todas las cosas; Creador de todas las cosas, de las visibles y de las
invisibles, espirituales y corporales; que por su omnipotente virtud a la vez
desde el principio del tiempo creó de la nada a una y otra criatura, la
espiritual y la corporal, es decir, la angélica y la mundana, y después la
humana, como común, compuesta de espíritu y de cuerpo. Porque el diablo y demás
demonios, por Dios ciertamente fueron creados buenos por naturaleza; mas ellos,
por sí mismos, se hicieron malos. El hombre, empero, pecó por sugestión del
diablo. Esta Santa Trinidad, que según la común esencia es indivisa y, según
las propiedades personales, diferente, primero por Moisés y los santos profetas
y por otros siervos suyos, según la ordenadísima disposición de los tiempos,
dio al género humano la doctrina saludable.
Y, finalmente,
Jesucristo unigénito Hijo de Dios, encarnado por obra común de toda la
Trinidad, concebido de María siempre Virgen, por cooperación del Espíritu
Santo, hecho verdadero hombre, compuesto de alma racional y carne humana, una
sola persona en dos naturalezas, mostró más claramente el camino de la vida.
Él, que según la divinidad es inmortal e impasible, Él mismo se hizo, según la
humanidad, pasible y mortal; Él también sufrió y murió en el madero de la cruz
por la salud del género humano, descendió a los infiernos, resucitó de entre
los muertos y subió al cielo; pero descendió en el alma y resucitó en la carne,
y subió juntamente en una y otra; ha de venir al fin del mundo, ha de juzgar a
los vivos y a los muertos, y ha de dar a cada uno según sus obras, tanto a los
réprobos como a los elegidos: todos los cuales resucitarán con sus propios
cuerpos que ahora llevan, para recibir según sus obras, ora fueren buenas, ora
fueren malas; aquéllos, con el diablo, castigo eterno; y éstos, con Cristo,
gloria sempiterna.
Y una sola es la
Iglesia universal de los fieles, fuera de la cual nadie absolutamente se salva,
y en ella el mismo sacerdote es sacrificio, Jesucristo, cuyo cuerpo y sangre se
contiene verdaderamente en el sacramento del altar bajo las especies de pan y
vino, después de transustanciados, por virtud divina, el pan en el cuerpo y el
vino en la sangre, a fin de que, para acabar el misterio de la unidad,
recibamos nosotros de lo suyo lo que Él recibió de lo nuestro. Y este
sacramento nadie ciertamente puede realizarlo sino el sacerdote que hubiere
Sido debidamente ordenado, según las llaves de la Iglesia, que el mismo
Jesucristo concedió a los Apóstoles y a sus sucesores. En cambio, el sacramento
del bautismo (que se consagra en el agua por la invocación de Dios y de la
indivisa Trinidad, es decir, del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo)
aprovecha para la salvación, tanto a los niños como a los adultos fuere quienquiera
el que lo confiera debidamente en la forma de la Iglesia. Y si alguno, después
de recibido el bautismo, hubiere caído en pecado, siempre puede repararse por
una verdadera penitencia. Y no sólo los vírgenes y continentes, sino también
los casados merecen llegar a la bienaventuranza eterna, agradando a Dios por
medio de su recta fe y buenas obras.
Cap. 2. Del error
del abad Joaquín
Condenamos, pues, y
reprobamos el opúsculo o tratado que el abad Joaquín ha publicado contra el
maestro Pedro Lombardo sobre la unidad o esencia de la Trinidad, llamándole
hereje y loco, por haber dicho en sus sentencias: “Porque cierta cosa suma es
el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, y ella ni engendra ni es engendrada ni
procede”. De ahí que afirma que aquél no tanto ponía en Dios Trinidad cuanto
cuaternidad, es decir, las tres personas, y aquella común esencia, como
si fuera la cuarta; protestando manifiestamente que no hay cosa alguna que sea
Padre e Hijo y Espíritu Santo, ni hay esencia, ni sustancia, ni naturaleza; aunque
concede que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son una sola esencia, una
sustancia y una naturaleza. Pero esta unidad confiesa no ser verdadera y
propia, sino colectiva y por semejanza, a la manera como muchos hombres se
dicen un pueblo y muchos fieles una Iglesia, según aquello: La muchedumbre
de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma [Act. 4, 32]; y: El
que se une a Dios, es un solo espíritu con Él [1 Cor. 6, 17]; asimismo: El
que planta y el que riega son una misma cosa [1 Cor. 3, 8]; y: Todos
somos un solo cuerpo en Cristo [Rom. 12, 5]; nuevamente en el libro de los
Reyes [Ruth]: Mi pueblo y tu pueblo son una cosa sola [Ruth, l, 16]. Mas
para asentar esta sentencia suya, aduce principalmente aquella palabra que
Cristo dice de sus fieles en el Evangelio: Quiero, Padre, que sean una sola
cosa en nosotros, como también nosotros somos una sola cosa, a fin de
que sean consumados en uno solo [Ioh. 17, 22 s]. Porque (como dice) no son
los fieles una sola cosa, es decir, cierta cosa única, que sea común a todos,
sino que son una sola cosa de esta forma, a saber, una sola Iglesia por la
unidad de la fe católica, y, finalmente, un solo reino por la unidad de la
indisoluble caridad, como se lee en la Epístola canónica de Juan Apóstol: Porque
tres son los que dan testimonio en el cielo, el Padre y el Hijo y el Espíritu
Santo, y los tres son una sola cosa [1 Ioh. 5, 7], e inmediatamente se
añade: Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua
y la sangre: y estos tres son una sola cosa [1 Ioh. 5, 8], según se halla
en algunos códices.
Nosotros, empero,
con aprobación del sagrado Concilio, creemos y confesamos con Pedro Lombardo
que hay cierta realidad suprema, incomprensible ciertamente e inefable, que es verdaderamente
Padre e Hijo y Espíritu Santo; las tres personas juntamente y particularmente
cualquiera de ellas y por eso en Dios sólo hay Trinidad y no cuaternidad,
porque cualquiera de las tres personas es aquella realidad, es decir, la
sustancia, esencia o naturaleza divina; y ésta sola es principio de todo el
universo, y fuera de este principio ningún otro puede hallarse. Y aquel ser ni
engendra, ni es engendrado, ni procede; sino que el Padre es el que engendra;
el Hijo, el que es engendrado, y el Espíritu Santo, el que procede, de modo que
las distinciones están en las personas y la unidad en la naturaleza.
Consiguientemente, aunque uno sea el Padre, otro, el Hijo, y otro, el Espíritu
Santo; sin embargo, no son otra cosa, sino que lo que es el Padre, lo mismo
absolutamente es el Hijo y el Espíritu Santo; de modo que, según la fe ortodoxa
y católica, se los cree consustanciales. El Padre, en efecto, engendrando ab
aeterno al Hijo, le dio su sustancia, según lo que Él mismo atestigua: Lo
que a mi me dio el Padre, es mayor que todo [Ioh. 10, 29]. Y no puede
decirse que le diera una parte de su sustancia y otra se la retuviera para sí,
como quiera que la sustancia del Padre es indivisible, por ser absolutamente
simple. Pero tampoco puede decirse que el Padre traspasara al Hijo su sustancia
al engendrarle, como si de tal modo se la hubiera dado al Hijo que no se la
hubiera retenido para sí mismo, pues de otro modo hubiera dejado de ser
sustancia. Es, pues, evidente que el Hijo al nacer recibió sin disminución
alguna la sustancia del Padre, y así el Hijo y el Padre tienen la misma
sustancia: y de este modo, la misma cosa es el Padre y el Hijo, y también el
Espíritu Santo, que procede de ambos. Mas cuando la Verdad misma ora por sus
fieles al Padre, diciendo: Quiero que ellos sean una sola cosa en nosotros,
como también nosotros somos una sola cosa [Ioh. 17, 22], la palabra unum
(una sola cosa), en cuanto a los fieles, se toma para dar a entender la
unión de caridad en la gracia, pero en cuanto a las personas divinas, para dar
a entender la unidad de identidad en la naturaleza, como en otra parte dice la
Verdad: Sed... perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto [Mt.
5, 48], como si más claramente dijera: Sed perfectos por perfección de la
gracia, como vuestro Padre celestial es perfecto por perfección de naturaleza,
es decir, cada uno a su modo; porque no puede afirmarse tanta semejanza entre
el Creador y la criatura, sin que haya de afirmarse mayor desemejanza. Si
alguno, pues, osare defender o aprobar en este punto la doctrina del predicho
Joaquín, sea por todos rechazado como hereje.
Por esto, sin
embargo, en nada queremos derogar al monasterio de Floris (cuyo institutor fue
el mismo Joaquín), como quiera que en él se da la institución regular y la
saludable observancia; sobre todo cuando el mismo Joaquín mandó que todos sus
escritos nos fueran remitidos para ser aprobados o también corregidos por el
juicio de la Sede Apostólica, dictando una carta, que firmó por su mano, en la
que firmemente profesa mantener aquella fe que mantiene la Iglesia de Roma, la
cual, por disposición del Señor, es madre y maestra de todos los fieles.
Reprobamos también y condenamos la perversísima doctrina de Almarico, cuya
mente de tal modo cegó el padre de la mentira que su doctrina no tanto ha de
ser considerada como herética cuanto como loca.
Cap. 3. De los
herejes (valdenses)
[Necesidad de una
misión canónica]
Mas como algunos, bajo
apariencia de piedad (como dice el Apóstol), reniegan de la virtud de
ella [2 Tim. 3, 5] y se arrogan la autoridad de predicar, cuando el mismo
Apóstol dice: ¿Cómo... predicarán, si no son enviados [Rom. 10, 15],
todos los que con prohibición o sin misión, osaren usurpar pública o
privadamente el oficio de la predicación, sin recibir la autoridad de la Sede
Apostólica o del obispo católico del lugar, sean ligados con vínculos de
excomunión, y si cuanto antes no se arrepintieren, sean castigados con otra
pena competente.
Cap. 4. De la
soberbia de los griegos contra los latinos
Aun cuando queremos
favorecer y honrar a los griegos que en nuestros días vuelven a la obediencia
de la Sede Apostólica, conservando en cuanto podemos con el Señor sus
costumbres y ritos; no podemos, sin embargo, ni debemos transigir con ellos en
aquellas cosas que engendran peligro de las almas y ofenden el honor de la
Iglesia. Porque después que la Iglesia de los griegos, con ciertos cómplices y
fautores suyos, se sustrajo a la obediencia de la Sede Apostólica, hasta tal
punto empezaron los griegos a abominar de los latinos que, entre otros
desafueros que contra ellos cometían, cuando sacerdotes latinos habían
celebrado sobre altares de ellos, no querían sacrificar en los mismos, si antes
no los lavaban, como si por ello hubieran quedado mancillados. Además, con
temeraria audacia osaban bautizar a los ya bautizados por los latinos y, como
hemos sabido, hay aún quienes no temen hacerlo. Queriendo, pues, apartar de la
Iglesia de Dios tamaño escándalo, por persuasión del sagrado Concilio,
rigurosamente mandamos que no tengan en adelante tal audacia, conformándose
como hijos de obediencia a la sacrosanta Iglesia Romana, madre suya, a fin de
que haya un solo redil y un solo pastor [Ioh. 10, 16]. Mas si alguno
osare hacer algo de esto, herido por la espada de la excomunión, sea depuesto
de todo oficio y beneficio eclesiástico.
Cap. 5. De la
dignidad de los Patriarcas
Renovando los
antiguos privilegios de las sedes patriarcales, con aprobación del sagrado
Concilio universal, decretamos que, después de la Iglesia Romana, la cual, por
disposición del Señor, tiene sobre todas las otras la primacía de la potestad
ordinaria, como madre y maestra que es de todos los fieles, ocupe el primer
lugar la sede de Constantinopla, el segundo la de Alejandría, el tercero la de
Antioquía, el cuarto la de Jerusalén.
Cap. 21. Del deber
de la confesión, de no revelarla el sacerdote y de comulgar por lo menos en
Pascua
Todo fiel de uno u
otro sexo, después que hubiere llegado a los años de discreción, confiese
fielmente él solo por lo menos una vez al año todos sus pecados al propio
sacerdote, y procure cumplir según sus fuerzas la penitencia que le impusiere,
recibiendo reverentemente, por lo menos en Pascua, el sacramento de la
Eucaristía, a no ser que por consejo del propio sacerdote por alguna causa
razonable juzgare que debe abstenerse algún tiempo de su recepción; de lo
contrario, durante la vida, ha de prohibírsele el acceso a la Iglesia y, al
morir, privársele de cristiana sepultura. Por eso, publíquese con frecuencia en
las Iglesias este saludable estatuto, a fin de que nadie tome el velo de la
excusa por la ceguera de su ignorancia. Mas si alguno por justa causa quiere
confesar sus pecados con sacerdote ajeno, pida y obtenga primero licencia del
suyo propio, como quiera que de otra manera no puede aquél absolverle o
ligarle. El sacerdote, por su parte, sea discreto y cauto y, como entendido,
sobrederrame vino y aceite en las heridas [cf. Lc. 10, 34], inquiriendo
diligentemente las circunstancias del pecador y del pecado, por las que pueda
prudentemente entender qué consejo haya de darle y qué remedio, usando de
diversas experiencias para salvar al enfermo.
Mas evite de todo
punto traicionar de alguna manera al pecador, de palabra, o por señas, o de
otro modo cualquiera; pero si necesitare de más prudente consejo, pídalo
cautamente sin expresión alguna de la persona Porque el que osare revelar el
pecado que le ha sido descubierto en el juicio de la penitencia, decretamos que
ha de ser no sólo depuesto de su oficio sacerdotal, sino también relegado a un
estrecho monasterio para hacer perpetua penitencia.
Cap. 41. De la
continuidad de la buena fe en toda prescripción
Como quiera que todo
lo que no procede de la fe, es pecado [Rom. 14, 23], por juicio sinodal
definimos que sin la buena fe no valga ninguna prescripción, tanto canónica
como civil, como quiera que de modo general ha de derogarse toda constitución y
costumbre que no puede observarse sin pecado mortal. De ahí que es necesario
que quien prescribe, no tenga conciencia de cosa ajena en ningún momento del
tiempo.
Cap. 62. De las
reliquias de los Santos
Como quiera que
frecuentemente se ha censurado la religión cristiana por el hecho de que
algunos exponen a la venta las reliquias de los Santos y las muestran a cada
paso, para que en adelante no se la censure, estatuimos por el presente decreto
que las antiguas reliquias en modo alguno se muestren fuera de su cápsula ni se
expongan a la venta. En cuanto a las nuevamente encontradas, nadie ose
venerarlas públicamente, si no hubieren sido antes aprobadas por autoridad del
Romano Pontífice...
HONORIO
III, 1216-1227
De la materia de la
Eucaristía
[De la Carta Perniciosus
valde a Olao arzobispo de Upsala, de 13 de diciembre de 122O]
Un abuso muy
pernicioso, según hemos oído, ha arraigado en tu región, a saber, que en el
sacrificio de la misa se pone mayor cantidad de agua que de vino, cuando, según
la razonable costumbre de la Iglesia universal, hay que poner en él más vino
que agua. Por lo tanto, mandamos a tu fraternidad por este escrito apostólico
que no lo hagas en adelante ni permitas que se haga en tu provincia.
GREGORIO
IX, 1227-1241
Debe guardarse la
terminología y tradición teológicas
[De la Carta Ab
Aegiptiis a los teólogos parisienses, de 7 de julio de 1228]
Tocados de dolor de
corazón íntimamente [Gen. 6, 6], nos sentimos llenos de la
amargura del ajenjo [cf. Thren. 3, 15], porque, según se ha comunicado a
nuestros oídos, algunos entre vosotros, hinchados como un odre por el espíritu
de vanidad, pugnan por traspasar con profana vanidad los términos
puestos por los Padres [Prov. 22, 28], inclinando la inteligencia de la
página celeste, limitada en sus términos por los estudios ciertos de las
exposiciones de los Santos Padres, que es no sólo temerario, sino profano
traspasar, a la doctrina filosófica de las cosas naturales, para ostentación de
ciencia, no para provecho alguno de los oyentes, de suerte que más parecen
theofantos, que no teodidactos o teólogos. Pues siendo su deber exponer la
teología según las aprobadas tradiciones de los Santos y destruir, no
por armas carnales, sino poderosas en Dios, toda altura que se levante
contra la ciencia de Dios y reducir cautivo todo entendimiento en obsequio de
Cristo [2 Cor. 10, 4 s]; ellos, llevados de doctrinas varias y
peregrinas [Hebr. 13, 9}, reducen la cabeza a la cola [Deut. 28, 13
y 44] y obligan a la reina a servir a su esclava, el documento celeste a los
terrenos, atribuyendo lo que es de la gracia a la naturaleza. A la verdad,
insistiendo más de lo debido en la ciencia de la naturaleza, vueltos a los elementos
del mundo, débiles y pobres, a los que, siendo niños, sirvieron,
y hechos otra vez esclavos suyos [Gal. 4, 9], como flacos en Cristo, se
alimentan de leche, no de manjar sólido [Hebr. 5, 12 s], y no parece hayan
afirmado su corazón en la gracia [Hebr. 13, 9]; por ello, “despojados de lo
gratuito y heridos en lo natural”, no traen a su memoria lo del Apóstol, que
creemos han leído a menudo: Evita las profanas novedades de palabras y las
opiniones de la ciencia de falso nombre, que por apetecerla algunos han caído
de la fe [1 Tim. 6, 20 s]. ¡Oh necios y tardos de corazón en todas las
cosas que han dicho los asertores de la gracia de Dios, es decir, los
Profetas, los Evangelistas y los Apóstoles [Lc. 24, 25], cuando la
naturaleza no puede por sí misma nada en orden a la salvación, si no es ayudada
de la gracia! [v. 105 y 138]. Digan estos presumidores que, abrazando la
doctrina de las cosas naturales, ofrecen a sus oyentes hojarasca de palabras y
no frutos; ellos, cuyas mentes, como si se alimentaran de bellotas, permanecen
vacías y vanas, y cuya alma no puede deleitarse en manjares suculentos [Is.
55, 2], pues andando sedienta y árida, no se abreva en las aguas de Siloé
que corren en silencio [Is. 8, 6], sino de las que sacan de los torrentes
filosóficos, de los que se dice que cuanto más se beben, más sed producen, pues
no dan saciedad, sino más bien ansiedad y trabajo; ¿no es así que al doblar con
forzadas o más bien torcidas exposiciones las palabras divinamente inspiradas
según el sentido de la doctrina de filósofos que desconocen a Dios, colocan
el arca de la alianza junto a Dagón [l Reg. 5, 2] y ponen para ser adorada
en el templo de Dios la estatua de Antíoco? Y al empeñarse en asentar la fe más
de lo debido sobre la razón natural, ¿no es cierto que la hacen hasta cierto
punto inútil y vana? Porque “no tiene mérito la fe, a la que la humana razón le
ofrece experimento”. Cree desde luego la naturaleza entendida; pero la fe, por
virtud propia, comprende con gratuita inteligencia lo creído y, audaz y
denodada, penetra donde no puede alcanzar el entendimiento natural. Digan esos
seguidores de las cosas naturales, ante cuyos ojos parece haber sido proscrita
la gracia, si es obra de la naturaleza o de la gracia que el Verbo que en el
principio estaba en Dios, se haya hecho carne y habitado entre nosotros [Ioh.
l]. Lejos de nosotros, por lo demás, que la más hermosa de las mujeres [Cant.
5, 9], untada de estibio los ojos por los presuntuosos [4 Reg. 9, 30],
se tiña con colores adulterinos, y la que por su esposo fue rodeada de toda
suerte de vistosos vestidos [Ps. 44, 10] y, adornada con collares [Is.
61, 10], marcha espléndida como una reina, con mal cosidas fajas de filósofos
se vista de sórdido ropaje. Lejos de nosotros que las vacas feas y
consumidas de puro magras, que no dan señal alguna de hartura, devoren a las
hermosas y consuman a las gordas [Gen. 41, 18 ss].
A fin, pues, que
esta doctrina temeraria y perversa no se infiltre como una gangrena [2
Tim. 2, 17] y envenene a muchos y tenga Raquel que llorar a sus hijos
perdidos [Ier. 31, 15], por autoridad de las presentes Letras os mandamos y
os imponemos riguroso precepto de que, renunciando totalmente a la
antedicha locura, enseñéis la pureza teológica sin fermento de ciencia mundana,
no adulterando la palabra de Dios [2 Cor. 2, 17] con las invenciones de
los filósofos, no sea que parezca que, contra el precepto del Señor, queréis
plantar un bosque junto al altar de Dios y fermentar con mezcla de miel un
sacrificio que ha de ofrecerse en los ázimos de la sinceridad y la verdad [1
Cor. 5, 8]; antes bien, conteniéndoos en los términos señalados por los Padres,
cebad las mentes de vuestros oyentes con el fruto de la celeste palabra, a fin
de que, apartado el follaje de las palabras, saquen de las fuentes del
Salvador [Is. 12, 3] aguas limpias y puras, que solamente tiendan a afirmar
la fe o informar las costumbres, y con ellas reconfortados se deleiten en
internos manjares suculentos.
Condenación de
varios herejes
[De la forma de
anatema, publicada el 20 de agosto de 1229(?)]
“Excomulgamos y
anatematizamos... a todos los herejes”: cátaros, patarenos, pobres de Lyon,
pasaginos, josefinos, arnaldistas, esperonistas y otros, “cualquier nombre que
lleven, pues tienen caras diversas, pero las colas atadas unas con otras [Iud.
15, 4], pues por su vanidad todos convienen en lo mismo”.
De la materia y
forma de la ordenación
[De la Carta a
Olao, obispo de Lund, de 9 de diciembre de 1232]
Cuando se ordenan
el presbítero y el diácono reciben la imposición de la mano con tacto corporal,
según rito introducido por los Apóstoles; si ello se hubiere omitido, no se ha
de repetir de cualquier manera, sino que en el tiempo estatuído para conferir
estas órdenes, ha de suplirse con cautela lo que por error fue omitido. En
cuanto a la suspensión de las manos, debe hacerse cuando la oración se derrama
sobre la cabeza del ordenando.
De la invalidez del
matrimonio condicionado
[De los fragmentos
de los Decretos n. 104, hacia 1227-1234]
Si se ponen
condiciones contra la sustancia del matrimonio, por ejemplo, si una de las
partes dice a la otra: “Contraigo contigo, si evitas la generación de la prole”
o: “hasta encontrar otra más digna por su honor o riquezas”, o: “si te entregas
al adulterio para ganar dinero”; el contrato matrimonial, por muy favorable que
sea, carece de efecto, aun cuando otras condiciones puestas al matrimonio, si
fueren torpes e imposibles, por favor a él, han de considerarse como no puestas.
De la materia del bautismo
[De la Carta Cunt,
sicut ex, a Sigurdo, arzobispo de Drontheim de 8 de julio de 1241]
Como quiera que,
según por tu relación hemos sabido, a causa de la escasez de agua se bautizan
alguna vez los niños de esa tierra con cerveza, a tenor de las presentes te
respondemos que quienes se bautizan con cerveza no deben considerarse
debidamente bautizados, puesto que, según la doctrina evangélica, hay que renacer
del agua y del Espíritu Santo [Ioh. 3, 5].
De la usura
[De la Carta al
hermano R., en el fragm. de Decr. 69 de fecha incierta]
El que presta a un
navegante o a uno que va a la feria, cierta cantidad de dinero, por exponerse a
peligro, si recibe algo más del capital, [no?] ha de ser tenido por usurero.
También el que da diez sueldos, para que a su tiempo se le den otras
tantas medidas de grano, vino y aceite, que, aunque entonces valgan más, como
razonablemente se duda si valdrán más o menos en el momento de la paga, no debe
por eso ser reputado usurero. Por razón de esta duda se excusa también el que
vende paños, grano, vino, aceite u otras mercancías para recibir en cierto
término más de lo que entonces valen, si es que en el término del contrato no
las hubiera vendido.
CELESTINO
IV, 1241
INOCENCIO
IV, 1243-1254
I CONCILIO DE LYON, 1245
XIII ecuménico
(contra Federico II)
No publicó decretos
dogmáticos
Acerca de los ritos
de los griegos
[De la Carta Sub
catholicae, al obispo de Frascati, Legado de la Sede Apostólica entre los
griegos, de 6 de marzo
de 1254]
§ 3. 1. Acerca,
pues, de estas cosas nuestra deliberación vino a parar en que los griegos del
mismo reino mantengan y observen la costumbre de la Iglesia Romana en las
unciones que se hacen en el bautismo.—2. El rito, en cambio, o costumbre que
según dicen tienen de ungir por todo el cuerpo a los bautizados, si no puede
suprimirse sin escándalo, se puede tolerar, como quiera que, hágase o no, no
importa gran cosa para la eficacia o efecto del bautismo.—3. Tampoco importa
que bauticen con agua fría o caliente, pues se dice que afirman que en una y en
otra tiene el bautismo igual virtud y efecto.
4. Sólo los
obispos, sin embargo, signen con el crisma en la frente a los bautizados, pues
esta unción no debe practicarse más que por los obispos. Porque de solos los
Apóstoles se lee, cuyas veces hacen los obispos, que dieron el Espíritu Santo
por medio de la imposición de las manos, que está representada por la
confirmación o crismación de la frente.
5. Cada obispo
puede también, en su Iglesia, el día de la cena del Señor, consagrar, según la
forma de la Iglesia, el crisma, compuesto de bálsamo y aceite de olivas. En
efecto, en la unción del crisma se confiere el don del Espíritu Santo. Y,
ciertamente, la paloma que designa al mismo Espíritu Santo, se lee que llevó el
ramo de olivo al arca. Pero si los griegos prefieren guardar en esto su antiguo
rito, a saber, que el patriarca juntamente con los arzobispos y obispos
sufragáneos suyos y los arzobispos con sus sufragáneos, consagren juntos el
crisma, pueden ser tolerados en tal costumbre.
6. Nadie, empero,
por medio de los sacerdotes o confesores, sea sólo ungido por alguna unción, en
vez de la satisfacción de la penitencia.
7. A los enfermos,
en cambio, según la palabra de Santiago Apóstol [Iac. 5, 14], administreseles
la extremaunción.
8. En cuanto a
añadir agua, ya fría, ya caliente o templada, en el sacrificio del altar,
sigan, si quieren, los griegos su costumbre, con tal de que crean y afirmen
que, guardada la forma del canon, de una y otra se consagra igualmente.
9. Pero no reserven
durante un año la Eucaristía consagrada en la cena del Señor, bajo pretexto de
comulgar de ella los enfermos. Séales, sin embargo, permitido consagrar el
cuerpo de Cristo para los mismos enfermos y conservarlo por quince días y no
por más largo tiempo, para evitar que, por la larga reserva, alteradas tal vez
las especies, resulte menos apto para ser recibido, si bien la verdad y
eficacia permanecen siempre las mismas y no se desvanecen por duración o cambio
alguno del tiempo.
10. En cuanto a la
celebración de las Misas solemnes y otras, y en cuanto a la hora de
celebrarlas, con tal de que en la confección o consagración observen la forma
de las palabras por el Señor expresada y enseñada, y en la celebración no pasen
de la hora nona, permítaseles seguir su costumbre...
18. Respecto a la
fornicación que comete soltero con soltera, no ha de dudarse en modo alguno que
es pecado mortal, como quiera que afirma el Apóstol que tanto fornicarios
como adúlteros son ajenos al reino de Dios [1 Cor. 6, 9 s].
19. Además,
queremos y expresamente mandamos que los obispos griegos confieran en adelante
las siete órdenes conforme a la costumbre de la Iglesia romana, pues se dice
que hasta ahora han descuidado y omitido tres de las menores en los ordenados.
Sin embargo, los que ya han sido así ordenados por ellos, dada su excesiva
muchedumbre, pueden ser tolerados en las órdenes así recibidas.
20. Mas, como dice
el Apóstol que la mujer, muerto el marido, está suelta de la ley del mismo,
de suerte que tiene libre facultad de casarse con quien quiera en el Señor [Rom.
7. 2; 1 Cor. 7, 39]; no desprecien en modo alguno ni condenen los griegos las
segundas, terceras y ulteriores nupcias, sino más bien apruébenlas, entre
personas que, por lo demás, pueden lícitamente unirse en matrimonio. Sin
embargo, los presbíteros no bendigan en modo alguno a las que por segunda vez
se casan.
23. Finalmente,
afirmando la Verdad en el Evangelio que si alguno dijere blasfemia contra el
Espíritu Santo, no se le perdonará ni en este mundo ni el futuro [Mt. 12,
32], por lo que se da a entender que unas culpas se perdonan en el siglo
presente y otras en el futuro, y como quiera que también dice el Apóstol que el
fuego probará cómo sea la obra de cada uno; y: Aquel cuya obra ardiere
sufrirá daño; él, empero, se salvará; pero como quien pasa por el fuego [1
Cor. 3, 13 y 15]; y como los mismos griegos se dice que creen y afirman
verdadera e indubitablemente que las almas de aquellos que mueren, recibida la
penitencia, pero sin cumplirla; o sin pecado mortal, pero sí veniales y
menudos, son purificados después de la muerte y pueden ser ayudados por los
sufragios de la Iglesia; puesto que dicen que el lugar de esta purgación no les
ha sido indicado por sus doctores con nombre cierto y propio, nosotros que, de
acuerdo con las tradiciones y autoridades de los Santos Padres lo llamamos
purgatorio, queremos que en adelante se llame con este nombre también entre
ellos. Porque con aquel fuego transitorio se purgan ciertamente los pecados, no
los criminales o capitales, que no hubieren antes sido perdonados por la
penitencia, sino los pequeños y menudos, que aun después de la muerte pesan, si
bien fueron perdonados en vida.
24. Mas si alguno
muere en pecado mortal sin penitencia, sin género de duda es perpetuamente
atormentado por los ardores del infierno eterno.—25. Las almas, empero, de los
niños pequeños después del bautismo y también las de los adultos que mueren en
caridad y no están retenidas ni por el pecado ni por satisfacción alguna por el
mismo, vuelan sin demora a la patria sempiterna.
ALEJANDRO
IV, 1254-1261
Errores de
Guillermo del Santo Amor (sobre los mendicantes)
[De la Constitución Romanus Pontifex, de
5 de octubre de 12561
Aparecieron,
decimos, y por el excesivo ardor de su ánimo, prorrumpieron en extraviadas
imaginaciones, componiendo temerariamente cierto libelo muy pernicioso y
detestable... Cuidadosamente leído y madura y rigurosamente examinado, se nos
ha hecho relación de su contenido. En él hallamos manifiestamente que se
contienen cosas perversas y reprobables,
contra la potestad
y autoridad del Romano Pontífice y sus compañeros de episcopado,
y algunas contra
aquellos que mendigan por Dios bajo estrechísima pobreza, venciendo con su voluntaria
indigencia al mundo con sus riquezas;
otras contra los
que, animados de ardiente celo por la salvación de las almas y procurándola por
los sagrados estudios, logran en la Iglesia de Dios muchos provechos
espirituales y hacen allí mucho fruto;
algunas también
contra el saludable estado de los religiosos, pobres o mendicantes, como son
nuestros amados hijos los frailes Predicadores y los Menores, los cuales con
vigor de espíritu, abandonado el siglo con sus riquezas, suspiran con toda su
intención por la sola Patria celeste;
y por el estilo
otras muchas cosas inconvenientes dignas de eterna confutación y confusión.
Se nos informó
también que dicho libelo era semillero de grande escándalo y materia de mucha
turbación, y traía también daño a las almas, pues retraía de la devoción
acostumbrada y de la ordinaria largueza en las limosnas y de la conversión e
ingreso de los fieles en religión.
Nos hemos juzgado
por autoridad apostólica, con el consejo de nuestros hermanos, que dicho libro
que empieza así: “He aquí que quienes vean gritarán afuera” y por su título se
llama Breve tratado sobre los peligros de los últimos tiempos, ha de ser
reprobado y para siempre condenado por inicuo, criminal y execrable; y las
instituciones y enseñanzas en él dadas, por perversas, falsas e ilícitas,
mandando con todo rigor que quienquiera tuviere ese libro, después de ocho días
de sabida esta nuestra reprobación y condenación, procure absolutamente
quemarlo y destruirlo enteramente y en cualquiera de sus partes.
URBANO
IV, 1261-1264
Del objeto y virtud
de la acción litúrgica conmemorativa
[De la Bula Transiturus de hoc mundo, de
11 de agosto de 1264]
Porque lo demás de
que hacemos memoria, lo abrazamos con la mente y el espíritu; pero no por eso
obtenemos la presencia real de la cosa. Pero en esta conmemoración sacramental,
Jesucristo está presente entre nosotros, bajo forma distinta, ciertamente, pero
en su propia sustancia.
CLEMENTE IV, 1265-1268
GREGORIO X, 1271-1276
II
CONCILIO DE LYON, 1274
XIV ecuménico (de
la unión de los griegos)
Constitución sobre
la procesión del Espíritu Santo
[De summa Trinitate
et fide catholica]
Confesamos con fiel
y devota profesión que el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del
Hijo, no como de dos principios, sino como de un solo principio; no por dos
aspiraciones, sino por única aspiración; esto hasta ahora ha profesado,
predicado y enseñado, esto firmemente mantiene, predica, profesa y enseña la
sacrosanta Iglesia Romana, madre y maestra de todos los fieles; esto mantiene
la sentencia verdadera de los Padres y doctores ortodoxos, lo mismo latinos que
griegos. Mas, como algunos, por ignorancia de la anterior irrefragable verdad,
han caído en errores varios, nosotros, queriendo cerrar el camino a tales
errores, con aprobación del sagrado Concilio, condenamos y reprobamos a los que
osaren negar que el Espíritu Santo procede eternamente del Padre y del Hijo, o
también con temerario atrevimiento afirmar que el Espíritu Santo procede del
Padre y del Hijo como de dos principios y no como de uno.
Profesión de fe de
Miguel Paleólogo
Creemos que la
Santa Trinidad, Padre e Hijo y Espíritu Santo es un solo Dios omnipotente y que
toda la divinidad en la Trinidad es coesencial y consustancial, coeterna y coomnipotente,
de una sola voluntad, potestad y majestad, creador de todas las creaturas, de
quien todo, en quien todo y por quien todo, lo que hay en el cielo y en la
tierra, lo visible y lo invisible, lo corporal y lo espiritual. Creemos que
cada persona en la Trinidad es un solo Dios verdadero, pleno y perfecto.
Creemos que el
mismo Hijo de Dios, Verbo de Dios, eternamente nacido del Padre, consustancial,
coomnipotente e igual en todo al Padre en la divinidad, nació temporalmente del
Espíritu Santo y de María siempre Virgen con alma racional; que tiene dos
nacimientos, un nacimiento eterno del Padre y otro temporal de la madre: Dios
verdadero y hombre verdadero, propio y perfecto en una y otra naturaleza, no
adoptivo ni fantástico, sino uno y único Hijo de Dios en dos y de dos
naturalezas, es decir, divina y humana, en la singularidad de una sola persona,
impasible e inmortal por la divinidad, pero que en la humanidad padeció por
nosotros y por nuestra salvación con verdadero sufrimiento de su carne, murió y
fue sepultado, y descendió a los infiernos, y al tercer día resucitó de entre
los muertos con verdadera resurrección de su carne, que al día cuadragésimo de
su resurrección subió al cielo con la carne en que resucitó y con el alma, y
está sentado a la derecha de Dios Padre, que de allí ha de venir a juzgar a los
vivos y a los muertos, y que ha de dar a cada uno según sus obras, fueren
buenas o malas.
Creemos también que
el Espíritu Santo es Dios pleno, perfecto y verdadero que procede del Padre y del
Hijo, consustancial, coomnipotente y coeterno en todo con el Padre y el Hijo.
Creemos que esta santa Trinidad no son tres dioses, sino un Dios
único,omnipotente, eterno, invisible e inmutable.
Creemos que hay una
sola verdadera Iglesia Santa, Católica y Apostólica, en la que se da un solo
santo bautismo y verdadero perdón de todos los pecados. Creemos también la
verdadera resurrección de la carne que ahora llevamos, y la vida eterna.
Creemos también que el Dios y Señor omnipotente es el único autor del Nuevo y
del Antiguo Testamento, de la Ley, los Profetas y los Apóstoles. Ésta es la
verdadera fe católica y ésta mantiene y predica en los antedichos artículos la
sacrosanta Iglesia Romana. Mas, por causa de los diversos errores que unos por
ignorancia y otros por malicia han introducido, dice y predica que aquellos que
después del bautismo caen en pecado, no han de ser rebautizados, sino que
obtienen por la verdadera penitencia el perdón de los pecados. Y si
verdaderamente arrepentidos murieren en caridad antes de haber satisfecho con
frutos dignos de penitencia por sus comisiones y omisiones, sus almas son
purificadas después de la muerte con penas purgatorias o catarterias, como nos
lo ha explicado Fray Juan; y para alivio de esas penas les aprovechan los
sufragios de los fieles vivos, a saber, los sacrificios de las misas, las
oraciones y limosnas, y otros oficios de piedad, que, según las instituciones
de la Iglesia, unos fieles acostumbran hacer en favor de otros. Mas aquellas
almas que, después de recibido el sacro bautismo, no incurrieron en mancha
alguna de pecado, y también aquellas que después de contraída, se han purgado,
o mientras permanecían en sus cuerpos o después de desnudarse de ellos, como
arriba se ha dicho, son recibidas inmediatamente en el cielo.
Las almas, empero,
de aquellos que mueren en pecado mortal o con solo el original, descienden
inmediatamente al infierno, para ser castigadas, aunque con penas desiguales.
La misma sacrosanta Iglesia Romana firmemente cree y firmemente afirma que,
asimismo, comparecerán todos los hombres con sus cuerpos el día del juicio ante
el tribunal de Cristo para dar cuenta de sus propios hechos [Rom. 14, 10 s].
Sostiene también y
enseña la misma Santa Iglesia Romana que hay siete sacramentos eclesiásticos, a
saber: uno el bautismo del que arriba se ha hablado; otro es el sacramento de
la confirmación que confieren los obispos por medio de la imposición de las
manos, crismando a los renacidos, otro es la penitencia, otro la eucaristía,
otro el sacramento del orden, otro el matrimonio, otro la extremaunción, que se
administra a los enfermos según la doctrina del bienaventurado Santiago.
El sacramento de la
Eucaristía lo consagra de pan ázimo la misma Iglesia Romana, manteniendo y
enseñando que en dicho sacramento el pan se transustancia verdaderamente en el
cuerpo y el vino en la sangre de Nuestro Señor Jesucristo. Acerca del
matrimonio mantiene que ni a un varón se le permite tener a la vez muchas
mujeres ni a una mujer muchos varones. Mas, disuelto el legítimo matrimonio por
muerte de uno de los cónyuges, dice ser lícitas las segundas y sucesivamente
terceras nupcias, si no se opone otro impedimento canónico por alguna causa.
La misma Iglesia
Romana tiene el sumo y pleno primado y principado sobre toda la Iglesia
Católica que verdadera y humildemente reconoce haber recibido con la plenitud
de potestad, de manos del mismo Señor en la persona del bienaventurado Pedro,
príncipe o cabeza de los Apóstoles, cuyo sucesor es el Romano Pontífice. Y como
está obligada más que las demás a defender la verdad de la fe, así también, por
su juicio deben ser definidas las cuestiones que acerca de la fe surgieren. A
ella puede apelar cualquiera, que hubiere sido agraviado en asuntos que
pertenecen al foro eclesiástico y en todas las causas que tocan al examen
eclesiástico, puede recurrirse a su juicio. Y a ella están sujetas todas las
Iglesias, y los prelados de ellas le rinden obediencia y reverencia. Pero de
tal modo está en ella la plenitud de la potestad, que también admite a las
otras Iglesias a una parte de la solicitud y, a muchas de ellas, principalmente
a las patriarcales, la misma Iglesia Romana las honró con diversos privilegios,
si bien quedando siempre a salvo en su prerrogativa, tanto en los Concilios
generales como en todo lo demás.
INOCENCIO
V, 1276
MARTIN
IV, 1281-1285
ADRIANO
V, 1276
HONORIO
IV, 1285-1287
JUAN XXI,
1276-1277
NICOLAS
IV, 1288-1292
NICOLAS
III, 1277-1280
SAN
CELESTINO V, 1294-(† 1295)
BONIFACIO
VIII, 1294-1303
Sobre las indulgencias
[De la Bula del
Jubileo Antiquorum habet, de 22 de febrero de 1300]
La fiel relación de
los antiguos nos cuenta que a quienes se acercaban a la honorable basílica del
príncipe de los Apóstoles, les fueron concedidos grandes perdones e indulgencias
de sus pecados. Nos... teniendo por ratificados y gratos todos y cada uno de
esos perdones e indulgencias, por autoridad apostólica los confirmamos y
aprobamos...
De la unidad y
potestad de la Iglesia
[De la Bula Unam
sanctam, de 18 de noviembre de 1302]
Por apremio de la
fe, estamos obligados a creer y mantener que hay una sola y Santa Iglesia
Católica y la misma Apostólica, y nosotros firmemente la creemos y simplemente
la confesamos, y fuera de ella no hay salvación ni perdón de los pecados, como
quiera que el Esposo clama en los cantares: Una sola es mi paloma, una sola
es mi perfecta. Unica es ella de su madre, la preferida de la que la dio a luz [Cant.
6, 8]. Ella representa un solo cuerpo místico, cuya cabeza es Cristo, y la
cabeza de Cristo, Dios. En ella hay un solo Señor, una sola fe, un solo
bautismo [Eph. 4, 5]. Una sola, en efecto, fue el arca de Noé en tiempo del
diluvio, la cual prefiguraba a la única Iglesia, y, con el techo en pendiente
de un codo de altura, llevaba un solo rector y gobernador, Noé, y fuera de ella
leemos haber sido borrado cuanto existía sobre la tierra. Mas a la Iglesia la
veneramos también como única, pues dice el Señor en el Profeta: Arranca de
la espada, oh Dios, a mi alma y del poder de los canes a mi única [Ps. 21,
21]. Oró, en efecto, juntamente por su alma, es decir, por sí mismo, que es la
cabeza, y por su cuerpo, y a este cuerpo llamó su única Iglesia, por razón de
la unidad del esposo, la fe, los sacramentos y la caridad de la Iglesia. Ésta
es aquella túnica del Señor, inconsútil [Ioh. 19, 23], que no fue
rasgada, sino que se echó a suertes. La Iglesia, pues, que es una y única,
tiene un solo cuerpo, una sola cabeza, no dos, como un monstruo, es decir,
Cristo y el vicario de Cristo, Pedro, y su sucesor, puesto que dice el Señor al
mismo Pedro: Apacienta a mis ovejas [Ioh. 21, 17]. Mis ovejas, dijo,
y de modo general, no éstas o aquéllas en particular; por lo que se entiende
que se las encomendó todas. si, pues, ]os griegos u otros dicen no haber sido
encomendados a Pedro y a sus sucesores, menester es que confiesen no ser de las
ovejas de Cristo, puesto que dice el Señor en Juan que hay un solo rebaño y
un solo pastor [Ioh. 10, 16].
Por las palabras
del Evangelio somos instruidos de que, en ésta y en su potestad, hay dos
espadas: la espiritual y la temporal... Una y otra espada, pues, está en la
potestad de la Iglesia, la espiritual y la material. Mas ésta ha de esgrimirse
en favor de la Iglesia; aquélla por la Iglesia misma. Una por mano del
sacerdote, otra por mano del rey y de los soldados, si bien a indicación y
consentimiento del sacerdote. Pero es menester que la espada esté bajo la
espada y que la autoridad temporal se someta a la espiritual... Que la potestad
espiritual aventaje en dignidad y nobleza a cualquier potestad terrena, hemos
de confesarlo con tanta más claridad, cuanto aventaja lo espiritual a lo
temporal... Porque, según atestigua la Verdad, la potestad espiritual tiene que
instituir a la temporal, y juzgarla si no fuere buena... Luego si la potestad
terrena se desvía, será juzgada por la potestad espiritual; si se desvía la
espiritual menor, por su superior; mas si la suprema, por Dios solo, no por el
hombre, podrá ser juzgada. Pues atestigua el Apóstol: El hombre espiritual
lo juzga todo, pero él por nadie es juzgado [1 Cor. 2, 15]. Ahora bien,
esta potestad, aunque se ha dado a un hombre y se ejerce por un hombre, no es
humana, sino antes bien divina, por boca divina dada a Pedro, y a él y a sus
sucesores confirmada en Aquel mismo a quien confesó, y por ello fue piedra,
cuando dijo el Señor al mismo Pedro: Cuanto ligares etc. [Mt. 16, 19]. Quienquiera,
pues, resista a este poder así ordenado por Dios, a la ordenación
de Dios resiste [Rom. 13, 2], a no ser que, como Maniqueo, imagine que hay
dos principios, cosa que juzgamos falsa y herética, pues atestigua Moisés no
que “en los principios”, sino en el principio creó Dios el cielo y la tierra
[Gen. 1, 1]. Ahora bien, someterse al Romano Pontífice, lo declaramos, lo
decimos, definimos y pronunciamos como de toda necesidad de salvación para toda
humana criatura.
BENEDICTO
XI, 1303-1304
De la repetida
confesión de los pecados
[De la Constitución
Inter cunctas sollicitudines, de 17 de febrero de 1304]
Aunque no sea de
necesidad confesar nuevamente los pecados, sin embargo, por la vergüenza que es
una parte grande de la penitencia, tenemos por cosa saludable que se reitere la
confesión de los mismos pecados. Rigurosamente mandamos que los frailes mismos
que confiesan [Predicadores y Menores] atentamente avisen y en sus
predicaciones exhorten a que los fieles se confiesen con sus sacerdotes por lo
menos una vez al año, asegurándoles que ello indudablemente se refiere al
provecho de las almas.
CLEMENTE
V, 1305-1314
CONCILIO
DE VIENNE, 1311-1312
XV ecuménico
(abolición de los templarios)
Errores de los
begardos y beguinos
(sobre el estado de
perfección)
(1) El hombre en la
vida presente puede adquirir tal y tan grande grado de perfección, que se
vuelve absolutamente impecable y no puede adelantar más en gracia; porque,
según dicen, si uno pudiera siempre adelantar, podría hallarse alguien más
perfecto que Cristo.
(2) Después que el
hombre ha alcanzado este grado de perfección, no necesita ayunar ni orar;
porque entonces la sensualidad está tan perfectamente sujeta al espíritu y a la
razón, que el hombre puede conceder libremente al cuerpo cuanto le place.
(3) Aquellos que se
hallan en el predicho grado de perfección y espíritu de libertad, no están
sujetos a la obediencia humana ni obligados a preceptos algunos de la Iglesia,
porque (según aseguran) donde está el Espíritu del Señor, allí está la
libertad [2 Cor. 3, 17].
(4) El hombre puede
alcanzar en la presente vida la beatitud final según todo grado de perfección,
tal como la obtendrá en la vida bienaventurada.
(5) Cualquier
naturaleza intelectual es en si misma naturalmente bienaventurada y el alma no
necesita de la luz de gloria que la eleve para ver a Dios y gozarle
bienaventuradamente.
(6) Ejercitarse en
los actos de las virtudes es propio del hombre imperfecto, y el alma perfecta
licencia de si las virtudes.
(7) El beso de una
mujer, como quiera que la naturaleza no inclina a ello, es pecado mortal; en
cambio, el acto carnal, como quiera que a esto inclina la naturaleza, no es
pecado, sobre todo si el que lo ejercita es tentado.
(8) En la elevación
del cuerpo de Jesucristo no hay que levantarse ni tributarle reverencia, y
afirman que seria imperfección para ellos si descendieran tanto de la pureza y
altura de su contemplación, que pensaran algo sobre el ministerio (v. l.:
misterio) o sacramento de la Eucaristía o sobre la pasión de la humanidad de
Cristo.
Censura: Nos,
con aprobación del sagrado Concilio, condenamos y reprobamos absolutamente la
secta misma con los antedichos errores y con todo rigor prohibimos que en
adelante los sostenga, apruebe o defienda nadie...
De la usura
[De la Constitución
Ex gravi ad nos]
Si alguno cayere en
el error de pretender afirmar pertinazmente que ejercer las usuras no es
pecado, decretamos que sea castigado como hereje.
Errores de Pedro
Juan Olivi
(acerca de la llaga
de Cristo, de la unión del alma y del cuerpo, y del bautismo)
[De la Constitución
De Summa Trinitate et fide catholica]
[De la encarnación.]
Adhiriéndonos firmemente al fundamento de la fe católica, fuera
del cual, en testimonio del Apóstol, nadie puede poner otro [1 Cor.
3, 11], abiertamente confesamos, con la santa madre Iglesia, que el unigénito
Hijo de Dios, eternamente subsistente junto con el Padre en todo aquello en que
el Padre es Dios, asumió en el tiempo en el tálamo virginal para la unidad de
su hipóstasis o persona, las partes de nuestra naturaleza juntamente unidas,
por las que, siendo en sí mismo verdadero Dios se hiciera verdadero hombre, es
decir, el cuerpo humano pasible y el alma intelectiva o racional que
verdaderamente por si misma y esencialmente informa al mismo cuerpo. Y en esta
naturaleza asumida, el mismo Verbo de Dios, para obrar la salvación de todos,
no sólo quiso ser clavado en la cruz y morir en ella, sino que sufrió que,
después de exhalar su espíritu, fuera perforado por la lanza su costado, para
que, al manar de él las ondas de agua y sangre, se formara la única inmaculada
y virgen, santa madre Iglesia, esposa de Cristo, como del costado del primer
hombre dormido fue formada Eva para el matrimonio; y así a la figura cierta del
primero y viejo Adán que, según el Apóstol, es forma del futuro {Rom. 5,
14], respondiera la verdad en nuestro novísimo Adán, es decir, en Cristo. Ésta
es, decimos, la verdad, asegurada, como por una valla, por el testimonio de
aquella grande águila, que vio el profeta Ezequiel pasar de vuelo a los otros
animales evangélicos, es decir, por el testimonio del bienaventurado Juan
Apóstol y Evangelista, que, contando el suceso y orden de este misterio, dice
en su Evangelio: Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no
quebraron sus piernas, sino que uno de los soldados abrió con la lanza su
costado y al punto salió sangre y agua. Y el que lo vio dio testimonio, y su
testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros
creáis [Ioh. 19, 33 ss]. Nosotros, pues, volviendo la vista de la
consideración apostólica, a la cual solamente pertenece declarar estas cosas, a
tan preclaro testimonio y a la común sentencia de los Padres y Doctores, con
aprobación del sagrado Concilio, declaramos que el predicho Apóstol y
Evangelista Juan, se atuvo, en lo anteriormente transcrito, al recto orden del
suceso, contando que a Cristo va muerto uno de los soldados le abrió el
costado con la lanza.
[Del alma como forma
del cuerpo.] Además, con aprobación del predicho sagrado
Concilio, reprobamos como errónea y enemiga de la verdad de la fe católica toda
doctrina o proposición que temerariamente afirme o ponga en duda que la
sustancia del alma racional o intelectiva no es verdaderamente y por sí forma
del cuerpo humano; definiendo, para que a todos sea conocida la verdad de la fe
sincera y se cierre la entrada a todos los errores, no sea que se infiltren,
que quienquiera en adelante pretendiere afirmar, defender o mantener
pertinazmente que el alma racional o intelectiva no es por sí misma y
esencialmente forma del cuerpo humano, ha de ser considerado como hereje.
[Del bautismo.] Además
ha de ser por todos fielmente confesado un bautismo único que regenera a todos
los bautizados en Cristo, como ha de confesarse un solo Dios y una fe única
[Eph. 4, 6]; bautismo que, celebrado en el nombre del Padre, y del Hijo y del
Espíritu Santo, creemos ser comúnmente, tanto para los niños como para los
adultos, perfecto remedio de salvación.
Mas como respecto
al efecto del bautismo en los niños pequeños se halla que algunos doctores
teólogos han tenido opiniones contrarias, diciendo algunos de ellos que por la
virtud del bautismo ciertamente se perdona a los párvulos la culpa, pero no se
les confiere la gracia, mientras afirman otros que no sólo se les perdona la
culpa en el bautismo, sino que se les infunden las virtudes y la gracia
informante en cuanto al hábito [v. 140], aunque por entonces no en cuanto al
uso; nosotros, empero, en atención a la universal eficacia de la muerte de
Cristo que por el bautismo se aplica igualmente a todos los bautizados, con
aprobación del sagrado Concilio, hemos creído que debe elegirse como más
probable y más en armonía y conforme con los dichos de los Santos y de los
modernos doctores de teología la segunda opinión que afirma conferirse en el
bautismo la gracia informante y las virtudes tanto a los niños como a los
adultos.
JUAN
XXII, 1316-1334
Errores de los
fraticelli (sobre la Iglesia y los sacramentos)
[Condenados en la
Constitución Gloriosam Ecclesiam, de 26 de enero de 1318]
Los predichos hijos
de la temeridad y de la impiedad, según cuenta una relación fidedigna, han
llegado a tal mezquindad de inteligencia que sienten impíamente contra la
preclarísima y salubérrima verdad de la fe cristiana, desprecian los venerandos
sacramentos de la Iglesia y con el ímpetu de su ciego furor chocan contra el
glorioso primado de la lglesia Romana, que ha de ser reverenciado por todas las
naciones, para ser más pronto aplastados por él mismo.
(1) Así, pues, el
primer error que sale de la tenebrosa oficina de esos hombres, fantasea dos
Iglesias, una carnal, repleta de riquezas, que nada en placeres, manchada de
crímenes, sobre la que afirman dominar el Romano Pontífice y los otros prelados
inferiores; otra espiritual, limpia por su sobriedad, hermosa por la virtud,
ceñida de pobreza, en la que se hallan ellos solos y sus cómplices, y sobre la
que ellos también mandan por merecimiento de la vida espiritual, si es que hay
que dar alguna fe a sus mentiras...
(2) El segundo
error con que se mancha la conciencia de esos insolentes, vocifera que los
venerables sacerdotes de la Iglesia y demás ministros carecen hasta punto tal
de jurisdicción y de orden, que no pueden ni dar sentencia, ni consagrar los
sacramentos, ni instruir y enseñar al pueblo que les está sujeto, fingiendo que
están privados de toda potestad eclesiástica cuantos ven ajenos a su perfidia:
porque sólo entre ellos (según ellos sueñan), como la santidad de la vida
espiritual, así persevera la autoridad, en lo que siguen el error de los
donatistas...
(3) El tercer error
de éstos se conjura con el de los valdenses, pues unos y otros afirman que no
ha de jurarse en ningún caso, dogmatizando que se manchan con contagio de
pecado mortal y merecen castigo quienes se hubieren obligado por la religión
del juramento...
(4) La cuarta
blasfemia de estos impíos, manando de la fuente envenenada de los predichos
valdenses, finge que los sacerdotes, debida y legítimamente ordenados según la
forma de la Iglesia, pero oprimidos por cualesquiera culpas, no pueden
consagrar o conferir los sacramentos de la Iglesia...
(5) El quinto error
de tal manera ciega las mentes de estos hombres que afirman que sólo en ellos
se ha cumplido en este tiempo el Evangelio de Cristo que hasta ahora (según
ellos enseñan) había estado escondido y hasta totalmente extinguido...
Muchas otras cosas
hay que se dice charlatanean estos hombres presuntuosos contra el venerable
sacramento del matrimonio; muchas las que sueñan del curso de los tiempos y del
fin del mundo, muchas las que con deplorable vanidad propalan sobre la venida
del Anticristo, de quien afirman que está ya llegando. Todo ello, pues vemos
que parte son cosas heréticas, parte locas, parte fantásticas, más bien creemos
ha de ser condenado con sus autores, que no perseguido o refutado con la pluma...
Errores de Juan
Pouilly (acerca de la confesión y de la Iglesia)
[Enumerados y
condenados en la Constitución Vas electionis, de 21 de julio de 1321] .
Los que se
confiesan con los frailes que tienen licencia general de oír confesiones, están
obligados a confesar otra vez a su propio sacerdote los mismos pecados que ya
han confesado.
Vigiendo el
Estatuto Omnis utriusque sexus, publicado por el Concilio general [IV de
Letrán; v. 437], el Romano Pontífice no puede hacer que los feligreses no estén
obligados a confesar una vez al año sus pecados con su propio sacerdote, que
dice ser su cura párroco; es más, ni Dios podría hacerlo, pues, según decía,
implica contradicción.
El Papa, y hasta el
mismo Dios, no puede dar licencia general de oír confesiones, sin que quien se
confiesa con el que tiene esa licencia general, no esté obligado a confesar
nuevamente los mismos pecados con su propio sacerdote, que dice ser, como se
dijo antes, su cura párroco.
Todos los predichos
artículos y cada uno de ellos, por autoridad apostólica, los condenamos y
reprobamos como falsos y erróneos y desviados de la sana doctrina... afirmando
ser verdadera y católica la doctrina a ellos contraria...
Del infierno y del
limbo (?)
[De la Carta Nequaquam
sine dolore a los armenios, de 21 de noviembre de 1321]
Enseña la Iglesia
Romana que las almas de aquellos que salen del mundo en pecado mortal o sólo
con el pecado original, bajan inmediatamente al infierno, para ser, sin
embargo, castigados con penas distintas y en lugares distintos.
De la pobreza de
Cristo
[De la Constitución
Cum inter nonnullos, de 13 de noviembre de 1323]
Como quiera que
frecuentemente se pone en duda entre algunos escolásticos si el afirmar
pertinazmente que nuestro Redentor y Señor Jesucristo y sus Apóstoles no
tuvieron nada en particular, ni siquiera en común, ha de considerarse como
herético, ya que las sentencias sobre ello son diversas y contrarias:
Nos, deseando poner
fin a esta disputa, con consejo de nuestros hermanos, declaramos, por este
edicto perpetuo, que en adelante ha de ser tenida por errónea y herética
semejante aserción pertinaz, como quiera que expresamente contradice a la
Sagrada Escritura que en muchos lugares asegura que tenían algunas cosas, y supone
que la misma Escritura Sagrada, por la que se prueban ciertamente los artículos
de la fe ortodoxa, en cuanto al asunto propuesto contiene fermento de mentira,
y, por ello, en cuanto de semejante aserción depende, destruyendo en todo la fe
de la Escritura, vuelve dudosa e incierta la fe católica, al quitarle su prueba.
Además, el afirmar
pertinazmente en adelante que nuestro Redentor y sus Apóstoles no tenían en
modo alguno derecho a usar de aquellas cosas que la Escritura nos atestigua que
poseían, ni tenían derecho a venderlas o darlas, ni adquirir con ellas otras,
lo que la Escritura nos atestigua que hicieron acerca de las cosas predichas, o
expresamente supone que lo podían hacer; como semejante aserción incluye
evidentemente que no usaron ni obraron justamente en los puntos predichos, y
sentir así de usos, actos o hechos de nuestro Redentor, Hijo de Dios, es
sacrílego, contrario a la Sagrada Escritura y enemigo de la doctrina católica,
con consejo de nuestros hermanos, declaramos que en adelante tal aserción
pertinaz ha de considerarse, con razón, errónea y herética.
Errores de Marsilio
de Padua y de Juan de Jandun
(sobre la
constitución de la Iglesia)
[Enumerados y
condenados en la Constitución Licet iuxta doctrinam, de 23 de octubre de
1327]
(1) Lo que se lee
de Cristo en el Evangelio de San Mateo, que Él pagó el tributo al César cuando
mandó dar a los que pedían la didracma el estater tomado de la boca del pez
[cf. Mt. 17, 26], no lo hace por condescendencia de su liberalidad o piedad,
sino forzado por la necesidad.
[De ahí concluían,
según la Bula:]
Que todo lo
temporal de la Iglesia está sometido al Emperador y éste lo puede tomar como
suyo.
(2) El
bienaventurado Apóstol Pedro no tuvo más autoridad que los demás Apóstoles, y
no fue cabeza de los otros Apóstoles. Asimismo, Cristo no dejó cabeza alguna a
la Iglesia ni hizo a nadie vicario suyo.
(3) Al Emperador
toca corregir al Papa, instituirle y destituirle, y castigarle.
(4) Todos los
sacerdotes, sea el Papa, o el arzobispo o un simple sacerdote, tienen por
institución de Cristo la misma jurisdicción y autoridad.
(5) Toda la Iglesia
junta no puede castigar a un hombre con pena coactiva, si no se lo concede el
Emperador.
Declaramos
sentencialmente que los predichos artículos son, como contrarios a la Sagrada
Escritura y enemigos de la fe católica, heréticos o hereticales y erróneos, y
los predichos Marsilio y Juan herejes y hasta heresiarcas manifiestos y
notorios.
Errores de Eckhart
(sobre el Hijo de Dios, etc.)
[Enumerados y
condenados en la Constitución In agro dominico de 27 de marzo de
1329]
(1) Interrogado
alguna vez por qué Dios no hizo el mundo antes, respondió que Dios no pudo
hacer antes el mundo, porque nada puede obrar antes de ser; de ahí que tan
pronto como fue Dios, al punto creó el mundo.
(2) Asimismo, puede
concederse que el mundo fue ab aeterno.
(3) Asimismo,
juntamente y de una vez, cuando Dios fue, cuando engendró a su Hijo Dios,
coeterno y coigual consigo en todo, creó también el mundo.
(4) Asimismo, en
toda obra, aun mala, y digo mala tanto de pena como de culpa, se manifiesta y
brilla por igual la gloria de Dios.
(5) Asimismo, el
que vitupera a otro, por el vituperio mismo, por el pecado de vituperio, alaba
a Dios y cuanto más vitupera y más gravemente peca, más alaba a Dios.
(6) Asimismo,
blasfemando uno a Dios mismo, alaba a Dios.
(7) Asimismo, el
que pide esto o lo otro, pide un mal y pide mal, porque pide la negación del
bien y la negación de Dios y ora que Dios se niegue a sí mismo.
(8) Los que no
pretenden las cosas, ni los honores, ni la utilidad, ni la devoción interna, ni
la santidad, ni el premio, ni el reino de los cielos, sino que en todas estas
cosas han renunciado aun lo que es propio, ésos son los hombres en que es Dios
honrado.
(9) Yo he pensado
poco ha si quería yo recibir o desear algo de Dios: yo quiero deliberar muy
bien sobre eso, porque donde yo estuviera recibiendo de Dios, allí estaría yo
debajo de Él, como un criado o esclavo y Él como un Señor dando, y no debemos estar
así en la vida eterna.
(10) Nosotros nos
transformamos totalmente en Dios y nos convertimos en Él. De modo semejante a
como en el sacramento el pan se convierte en cuerpo de Cristo; de tal manera me
convierto yo en Él, que Él mismo me hace ser una sola cosa suya, no cosa
semejante: por el Dios vivo es verdad que allí no hay distinción alguna.
(11) Cuanto Dios
Padre dio a su Hijo unigénito en la naturaleza humana, todo eso me lo dio a mi;
aquí no exceptúo nada, ni la unión ni la santidad, sino que todo me lo dio a mi
como a Él.
(12) Cuanto dice la
Sagrada Escritura acerca de Cristo, todo eso se verifica también en todo hombre
bueno y divino.
(13) Cuanto es
propio de la divina naturaleza, todo eso es propio del hombre justo y divino.
Por ello, ese hombre obra cuanto Dios obra y junto con Dios creó el cielo y la
tierra y es engendrador del Verbo eterno y, sin tal hombre, no sabría Dios
hacer nada.
(14) El hombre
bueno debe de tal modo conformar su voluntad con la voluntad divina, que quiera
cuanto Dios quiera; y como Dios quiere que yo peque de algún modo, yo no
querría no haber cometido los pecados, y esta es la verdadera penitencia.
(15) Si un hombre
hubiere cometido mil pecados mortales, si tal hombre está rectamente dispuesto,
no debiera querer no haberlos cometido.
(16) Dios
propiamente no manda el acto exterior.
(17) El acto
exterior no es propiamente bueno y divino, ni es Dios propiamente quien lo obra
y lo pare.
(18) Llevamos
frutos no de actos exteriores que no nos hacen buenos, sino de actos interiores
que obra y hace el Padre permaneciendo en nosotros.
(19) Dios ama a las
almas y no la obra externa.
(20) El hombre
bueno es Hijo unigénito de Dios.
(21) El hombre
noble es aquel Hijo unigénito de Dios, a quien el Padre engendró eternamente.
(22) El Padre me
engendra a mí su Hijo y el mismo Hijo. Cuanto Dios obra, es una sola cosa;
luego me engendra a mí, Hijo suyo sin distinción alguna.
(23) Dios es uno
solo de todos modos y según toda razón, de suerte que en Él no es posible
hallar muchedumbre alguna, ni en el entendimiento ni fuera del entendimiento;
porque el que ve dos o ve distinción, no ve a Dios, porque Dios es uno solo,
fuera del número y sobre el número, y no entra en el número con nadie.
Siguese: luego
ninguna distinción puede haber o entenderse en el mismo Dios.
(24) Toda
distinción es ajena a Dios, lo mismo en la naturaleza que en las personas. Se
prueba: porque la naturaleza misma es una sola y esta sola cosa; y cualquier
persona es una sola y la misma una sola cosa que la naturaleza.
(25) Cuando se
dice: Simón, ¿me amas más que éstos? [Ioh. 21, 15 s], el sentido es: me
amas más que a estos, y está ciertamente bien, pero no perfectamente. Pues en
lo primero y lo segundo, se da el más y el menos, el grado y el orden; pero en lo uno, no hay grado ni orden. Luego
el que ama a Dios más que al prójimo, hace ciertamente bien, pero aún no
perfectamente.
(26) Todas las
criaturas son una pura nada: no digo que sean un poco o algo, sino que son una
pura nada.
Se le había además
objetado a dicho Eckhart que había predicado otros dos artículos con estas
palabras:
(1) Algo hay en el
alma que es increado e increable; si toda el alma fuera tal, sería increada e
increable, y esto es el entendimiento.
(2) Dios no es
bueno, ni mejor, ni óptimo: Tan mal hablo cuando llamo a Dios bueno, como
cuando digo lo blanco negro.
[De estos artículos
dice luego la Bula:]
... Nos ...
expresamente condenamos y reprobamos los quince primeros artículos y los dos
últimos como heréticos y los otros once citados como mal sonantes,
temerarios, sospechosos de herejía, y no menos cualesquiera libros u
opúsculos del mismo Eckhart que contengan los antedichos artículos o alguno de
ellos.
BENEDICTO
XII, 1334-1342
De la visión
beatífica de Dios y de los novísimos
[De la Constitución
Benedictus Deus, de 29 de enero de 1330]
Por esta
constitución que ha de valer para siempre, por autoridad apostólica definimos
que, según la común ordenación de Dios, las almas de todos los santos que
salieron de este mundo antes de la pasión de nuestro Señor Jesucristo,
así como las de los santos Apóstoles, mártires, confesores, vírgenes, y de los
otros fieles muertos después de recibir el bautismo de Cristo, en los que no
había nada que purgar al salir de este mundo, ni habrá cuando salgan igualmente
en lo futuro, o si entonces lo hubo o habrá luego algo purgable en ellos,
cuando después de su muerte se hubieren purgado; y que las almas de los niños
renacidos por el mismo bautismo de Cristo o de los que han de ser
bautizados, cuando hubieren sido
bautizados, que mueren antes del uso del libre albedrío, inmediatamente después
de su muerte o de la dicha purgación los que necesitaren de ella, aun antes de
la reasunción de sus cuerpos y del juicio universal, después de la ascensión
del Salvador Señor nuestro Jesucristo al cielo, estuvieron, están y estarán en
el cielo, en el reino de los cielos y paraíso celeste con Cristo, agregadas a
la compañía de los santos ángeles, y después de la muerte y pasión de nuestro
Señor Jesucristo vieron y ven la divina esencia con visión intuitiva y también
cara a cara, sin mediación de criatura alguna que tenga razón de objeto visto,
sino por mostrárseles la divina esencia de modo inmediato y desnudo, clara y
patentemente, y que viéndola así gozan de la misma divina esencia y que, por
tal visión y fruición, las almas de los que salieron de este mundo son
verdaderamente bienaventuradas y tienen vida y descanso eterno, y también las
de aquellos que después saldrán de este mundo, verán la misma divina esencia y
gozarán de ella antes del juicio universal; y que esta visión de la divina
esencia y la fruición de ella suprime en ellos los actos de fe y esperanza, en
cuanto la fe y la esperanza son propias virtudes teológicas; y que una vez
hubiere sido o será iniciada esta visión intuitiva y cara a cara y la fruición
en ellos, la misma visión y fruición es continua sin intermisión alguna de
dicha visión y fruición, y se continuará hasta el juicio final y desde entonces
hasta la eternidad.
Definimos además
que, según la común ordenación de Dios, las almas de los que salen del mundo
con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno
donde son atormentados con penas infernales, y que no obstante en el día del
juicio todos los hombres comparecerán con sus cuerpos ante el tribunal de
Cristo, para dar cuenta de sus propios actos, a fin de que cada uno reciba
lo propio de su cuerpo, tal como se portó, bien o mal [2 Cor. 5, 10].
Errores de los
armenios
[Del Memorial lam
dudum, remitido a los armenios el año 1341]
4. Igualmente lo
que dicen y creen los armenios, que el pecado de los primeros padres, personal
de ellos, fue tan grave, que todos los hijos de ellos, propagados de su semilla
hasta la pasión de Cristo, se condenaron por mérito de aquel pecado personal de
ellos y fueron arrojados al infierno después de la muerte, no porque ellos
hubieran contraído pecado original alguno de Adán, como quiera que dicen que
los niños no tienen absolutamente ningún pecado original, ni antes ni después
de la pasión de Cristo, sino que dicha condenación los seguía, antes de la
pasión de Cristo, por razón de la gravedad del pecado personal que cometieron
Adán y Eva, traspasando el precepto divino que les fue dado. Pero después de la
pasión del Señor en que fue borrado el pecado de los primeros padres, los niños
que nacen de los hijos de Adán no están destinados a la condenación ni han de
ser arrojados al infierno por razón de dicho pecado, porque Cristo, en su
pasión, borró totalmente el pecado de los primeros padres.
5. Igualmente, lo
que de nuevo introdujo y enseñó cierto maestro de los armenios, llamado
Mequitriz, que se interpreta paráclito, que el alma humana del hijo se propaga
del alma de su padre, como un cuerpo de otro, y un ángel también de otro;
porque como el alma humana, que es racional, y el ángel, que es de naturaleza
intelectual, son una especie de luces espirituales, de si mismos propagan otras
luces espirituales.
6. Igualmente dicen
los armenios que las almas de los niños que nacen de padres cristianos después
de la pasión de Cristo, si mueren antes de ser bautizados van al paraíso
terrenal en que estuvo Adán antes del pecado; mas las almas de los niños que
nacen de padres cristianos después de la pasión de Cristo y mueren sin el
bautismo, van a los lugares donde están las almas de sus padres.
17. Asimismo, lo
que comúnmente creen los armenios que en el otro mundo no hay purgatorio de las
almas porque, como dicen, si el cristiano confiesa sus pecados se le perdonan
todos los pecados y las penas de los pecados. Y no oran ellos tampoco por los
difuntos para que en el otro mundo se les perdonen los pecados, sino que oran
de modo general por todos los muertos, como por la bienaventurada María, los
Apóstoles...
18. Asimismo, lo
que creen y mantienen los armenios que Cristo descendió del cielo y se encarnó
por la salvación de los hombres, no porque los hijos propagados de Adán y Eva
después del pecado de éstos contraigan el pecado original, del que se salvan
por medio de la encarnación y muerte de Cristo, como quiera que dicen que no
hay ningún pecado tal en los hijos de Adán; sino que dicen que Cristo se
encarnó y padeció por la salvación de los hombres, porque los hijos de Adán que
precedieron a dicha pasión fueron librados del infierno, en el que estaban, no
por razón del pecado original que hubiera en ellos, sino por razón de la
gravedad del pecado personal de los primeros padres. Creen también que Cristo
se encarnó y padeció por la salvación de los niños que nacieron después de su
pasión, porque por su pasión destruyó totalmente el infierno...
19.... Hasta tal
punto dicen los armenios que dicha concupiscencia de la carne es pecado y mal,
que hasta los padres cristianos, cuando matrimonialmente se unen, cometen
pecado, porque dicen que el acto matrimonial es pecado, y lo mismo el
matrimonio...