MAGISTERIO DE LA IGLESIA
(1823-1869)
LEON XII, 1823-1829
Sobre las versiones de la
Sagrada Escritura
[De la Encíclica Ubi primum, de 5 de mayo de 1824]
...La iniquidad de nuestros enemigos llega a tanto
que, aparte el aluvión de libros perniciosos, por sí mismo hostil a la
religión, se esfuerzan también en convertir en detrimento de la religión las
Sagradas Letras, que nos fueron divinamente dadas para edificación de la
religión misma. No se os oculta, Venerables Hermanos, que cierta Sociedad
vulgarmente llamada bíblica recorre audazmente todo el orbe y, despreciadas las
tradiciones de los santos Padres, contra el conocidísimo decreto del Concilio
Tridentino [v. 786], juntando para ello sus fuerzas y medios todos, intenta que
los Sagrados Libros se viertan o más bien se perviertan en las lenguas vulgares
de todas las naciones...
Para alejar esta calamidad, nuestros predecesores
publicaron varias Constituciones... [por ejemplo: Pío VII; V. 1602 ss]
...Nosotros también, conforme a nuestro cargo apostólico, os exhortamos,
Venerables Hermanos, a que os esforcéis a todo trance por apartar a vuestra
grey de estos mortíferos pastos. Argüid, rogad, instad oportuna e
importunamente, con toda paciencia y doctrina [2 Tim. 4, 2] a fin de que
vuestros fieles, adheridos al pie de la letra a las reglas de nuestra
Congregación del Indice, se persuadan que si los Sagrados Libros se permiten
corrientemente y sin discernimiento en lengua vulgar, de ello ha de resultar
por la temeridad de los hombres más daño que provecho”. Esta verdad la
demuestra la experiencia y, aparte otros Padres, la declaró San Agustín por
estas palabras: “Porque...” [v. 1604].
PIO VIII, 1829-1830
Sobre la usura
[Resp. de Pío VIII al obispo de Rennes (Francia)
dada en audiencia el 18 de agosto de 1830]
El obispo de Rennes en Francia expone..., que no
todos los confesores de su diócesis son de la misma opinión acerca del lucro
percibido por el dinero dado en préstamo a los negociadores, para que con él se
enriquezcan.
Se disputa vivamente sobre el sentido de la carta
Vix pervenit [v. 1475 ss]. De ambas partes se alegan motivos para defender la
opinión que cada uno ha abrazado en pro o en contra de tal lucro. De ahí
querellas, disensiones, denegación de los sacramentos a los negociadores que
siguen este modo de enriquecerse e innumerables daños de las almas.
Para remediar los daños de las almas, algunos
confesores opinan que pueden seguir un camino medio entre una y otra sentencia.
Si alguien les consulta sobre dicho lucro, se esfuerzan en apartarlo de él. Si
el penitente persevera en su designio de dar dinero prestado a los negociantes
y objeta que la sentencia que favorece a tal préstamo tiene muchos defensores y
que además no ha sido condenada por la Santa Sede, más de una vez consultada
sobre este asunto, entonces estos confesores exigen que el penitente prometa
obedecer con filial obediencia el juicio del Sumo Pontífice, si se interpone,
cualquiera que él sea; y obtenida esta promesa, no niegan la absolución, aun
cuando crean más probable la opinión contraria a tal lucro. Si el penitente no
se confiesa del lucro del dinero prestado y parece de buena fe, estos
confesores, aun cuando por otra parte conozcan que el penitente ha percibido o
sigue todavía percibiendo semejante lucro, le absuelven sin preguntarle nada
sobre ello, por miedo de que, avisado el penitente, rehuse restituir o
abstenerse de dicho lucro.
Pregunta, pues, dicho obispo de Rennes:
I. Si puede aprobar la manera de obrar de estos
últimos confesores.
II. Si puede exhortar a los otros confesores más
rígidos que acuden a consultarle, que sigan el modo de obrar de aquéllos, hasta
que la Santa Sede pronuncie juicio expreso sobre el asunto
Respondió Pío VIII:
A I. Que no se les debe inquietar.
A II. Provisto en I.
GREGORIO XVI, 1831-1846
De la usura
[Declaraciones acerca de una Respuesta de Pío VIII]
A. A las dudas del obispo de Viviers [Francia]:
1. “Si el juicio predicho del Santísimo Pontífice ha
de ser entendido tal como suenan sus palabras, y separadamente del título de la
ley del príncipe, del que hablan los Emmos. Cardenales en estas respuestas, de
modo que sólo se trate del préstamo hecho a los negociantes”.
2. “Si el título de la ley del príncipe, de que hablan
los Eminentísimos Cardenales, hay que entenderlo de modo que baste que la ley
del principe declare ser lícito a cada uno convenir sobre el lucro por el solo
préstamo hecho, como se hace en el código civil de los franceses, sin que diga
conceder derecho a percibir tal lucro”.
La Congregación del Santo Oficio respondió el día 31
de agosto de 1831:
Provisto en los decretos del miércoles, día 18 de
agosto de 1830, y dénse los decretos.
B. A la duda del obispo de Nicea:
“Si los penitentes que percibieron con dudosa o mala
fe un lucro moderado del préstamo por el solo título de la ley, pueden ser
absueltos sacramentalmente, sin imponérseles carga alguna de restitución, con
tal de que sinceramente se arrepientan del pecado cometido por la dudosa o mala
fe, y estén dispuestos a acatar con filial obediencia los mandatos de la Santa
Sede”.
La Congregación del Santo Oficio respondió el 17 de
enero de 1838:
Afirmativamente, con tal de que estén dispuestos a
acatar los mandatos de la Santa Sede.
Del indiferentismo (contra Felicidad de Lamennais)
[De la Encíclica Mirari vos arbitramur, de 16 de
agosto de 1832]
Tocamos ahora otra causa ubérrima de males, por los
que deploramos la presente aflicción de la Iglesia, a saber: el indiferentismo,
es decir, aquella perversa opinión que, por engaño de hombres malvados, se ha
propagado por todas partes, de que la eterna salvación del alma puede
conseguirse con cualquier profesión de fe, con tal que las costumbres se
ajusten a la norma de lo recto y de lo honesto... Y de esta de todo punto
pestífera fuente del indiferentismo, mana aquella sentencia absurda y errónea,
o más bien, aquel delirio de que la libertad de conciencia ha de ser afirmada y
reivindicada para cada uno.
A este pestilentísimo error le prepara el camino
aquella plena e ilimitada libertad de opinión, que para ruina de lo sagrado y
de lo civil está ampliamente invadiendo, afirmando a cada paso algunos con sumo
descaro que de ella dimana algún provecho a la religión. Pero “¿qué muerte peor
para el alma que la libertad del error?”, decía San Agustín (Epist. 1661) y es
así que roto todo freno con que los hombres se contienen en las sendas de la
verdad, como ya de suyo la naturaleza de ellos se precipita, inclinada como
está hacia el mal, realmente decimos que se abre el pozo del abismo [Apoc. 9,
3], del que vio Juan que subía una humareda con que se oscureció el sol, al
salir de él langostas sobre la vastedad de la tierra...
Tampoco pudiéramos augurar más fausto suceso tanto
para la religión como para la autoridad civil de los deseos de aquellos que
quieren a todo trance la separación de la Iglesia y del Estado y que se rompa
la mutua concordia del poder y el sacerdocio. Consta, en efecto, que es
sobremanera temida por los amadores de la más descarada libertad aquella
concordia que siempre fue fausta y saludable a lo sagrado y a lo civil...
Abrazando en primer lugar con paterno afecto a los
que han aplicado su mente sobre todo a las disciplinas sagradas y a las cuestiones
filosóficas, exhortadlos y haced que no se desvíen imprudentemente, fiados en
las fuerzas de su solo ingenio, de las sendas de la verdad al camino de los
impíos. Acuérdense que Dios es el guía de la sabiduría y enmendador de los
sabios [cf. Sap. 7, 15], y que es imposible que sin Dios aprendamos a Dios,
quien por el Verbo enseña a los hombres a conocer a Dios, Propio es de hombre
soberbio o, más bien, insensato, pesar por balanzas humanas los misterios de la
fe, que superan todo sentido [Phil. 4, 7], y confiarlos a la consideración de
nuestra mente, que, por condición de ]a humana naturaleza, es débil y enferma.
De las falsas doctrinas de Felicidad de Lamennais
[De la Encíclica Singulari nos affecerant gaudio a
los obispos de Francia, de 25 de junio de 1834]
Por lo demás, es mucho de deplorar a dónde van a
parar los delirios de la razón humana, apenas alguien se entrega a las
novedades y, contra el aviso del Apóstol, se empeña en saber más de lo que
conviene saber [cf. Rom. 12, 3] y, confiando demasiado en sí mismo, se imagina
que debe buscarse la verdad fuera de la Iglesia Católica, en la que se halla
sin la más leve mancha de error, y que por esto se llama y es columna y sostén
de la verdad [1 Tim. 3, 15]. Pero bien comprenderéis, Venerables Hermanos, que
Nos hablamos aquí también de aquel falaz sistema de filosofía, ciertamente
reprobable, no ha mucho introducido, en el que por temerario y desenfrenado
afán de novedades, no se busca la verdad donde ciertamente se halla, y,
desdeñadas las santas y apostólicas tradiciones, se adoptan otras doctrinas
vanas, fútiles, inciertas y no aprobadas por la Iglesia, en las que hombres
vanísimos equivocadamente piensan que se apoya y sustenta la verdad misma.
Condenación de las obras de
Jorge Hermes
[Del Breve Dum acerbissimas, de 26 de septiembre de
1835]
Para aumentar las angustias que día y noche nos
oprimen por ello [por las persecuciones de la Iglesia], añádese otro hecho
calamitosísimo y sobremanera deplorable y es que, entre aquellos que luchan a
favor de la religión con la publicación de obras, hay algunos que se atreven a
introducirse simuladamente, los cuales igualmente quieren parecer y hacen
ostentación de que combaten por la misma, a fin de que, sostenida la apariencia
de religión, pero despreciada la verdad, más fácilmente puedan seducir y
pervertir a los incautos por medio de la filosofía, es decir, por medio de sus
vanas fantasías filosóficas, y de la vacía falacia [Col. 2, 8}, y por ahí
engañar a los pueblos y con más confianza tender las manos en ayuda de los
enemigos que a cara descubierta la persiguen. Por lo cual, apenas nos fueron
conocidas las impías e insidiosas maquinaciones de algunos de esos escritores,
no tardamos en denunciar, por medio de nuestras Encíclicas y otras Letras
apostólicas, sus astutos y depravados intentos, ni en condenar sus errores y
poner de manifiesto sus perniciosos engaños, por los que pretenden con extrema
astucia derrocar desde sus cimientos la constitución divina de la Iglesia, la
disciplina eclesiástica y hasta el mismo orden civil, en su totalidad. Y,
ciertamente, por un hecho tristísimo se ha comprobado que, quitándose por fin
la máscara de la simulación, han levantado ya en alto la bandera de rebelión
contra toda potestad constituída por Dios.
Mas no tenemos esa sola causa gravísima de llanto.
Pues aparte de los que, con escándalo de todos los católicos, se entregaron a
los rebeldes, para colmo de nuestras amarguras, vemos que se meten también en
el estudio teológico quienes por el afán v el ardor de la novedad, aprendiendo
siempre y sin llegar jamás al conocimiento de la verdad [2 Tim. 3, 7], son
maestros del error, porque no fueron discípulos de la verdad. Y es así que
ellos inficionan con peregrinas y reprobables doctrinas los sagrados estudios y
no dudan en profanar el público magisterio, si alguno desempeñan en las
escuelas y academias, y en fin, es patente que adulteran el mismo depósito
sacratísimo de la fe que se jactan de defender. Ahora bien, entre tales
maestros del error, por la fama constante y casi común extendida por Alemania,
hay que contar a Jorge Hermes, como quiera que, desviándose audazmente del real
camino que la tradición universal y los Santos Padres abrieron en la exposición
y defensa de las verdades de la fe, es más, despreciándolo y condenándolo con
soberbia, inventa una tenebrosa vía hacia todo género de errores en la duda
positiva, como base de toda disquisición teológica, y en el principio, por él
establecido, de que la razón es la norma principal y medio único por el que
pueda el hombre alcanzar el conocimiento de las verdades sobrenaturales...
Así, pues, mandamos que estos libros fueran
entregados a teólogos peritísimos en la lengua alemana para que fueran
diligentísimamente examinados en todas sus partes... Por fin (los Emmos. Cardenales
Inquisidores), considerando con todo empeño, como la gravedad del asunto pedía,
todos y cada uno de sus puntos... juzgaron que el autor se desvanece en sus
pensamientos [Rom. 1, 21], y que teje en dichas obras muchas sentencias
absurdas, ajenas a la doctrina de la Iglesia Católica; señaladamente, acerca de
la naturaleza de la fe y la regla de creer; acerca de la Sagrada Escritura, de
la tradición, la revelación y el magisterio de la Iglesia; acerca de los
motivos de credibilidad, de los argumentos con que suele establecerse y
confirmarse la existencia de Dios, de la esencia de Dios mismo, de su santidad,
justicia, libertad y finalidad en las obras que los teólogos llaman ad extra,
así como acerca de la necesidad de la gracia, de la distribución de ésta y de
los dones, la retribución de los premios y la inflicción de las penas; acerca
del estado de los primeros padres, el pecado original y las fuerzas del hombre
caído; y determinaron que dichos libros debían ser prohibidos y condenados por
contener doctrinas y proposiciones respectivamente falsas, temerarias,
capciosas, inducentes al escepticismo y al indiferentismo, erróneas,
escandalosas, injuriosas para las escuelas católicas, subversivas de la fe
divina, que saben a herejía y otras veces fueron condenadas por la Iglesia.
Nos, pues..., a tenor de las presentes, condenamos y
reprobamos los libros predichos, dondequiera y en cualquier idioma, o en
cualquier edición o versión hasta ahora impresos o que en adelante, lo que Dios
no permita, hayan de imprimirse, y mandamos que sean puestos en el índice de
libros prohibidos.
De la fe y la razón (contra Luis
Eug. Bautain)
[Tesis firmadas por Bautain, por mandato de su
obispo, el 8 de septiembre de 1840]
1. El razonamiento puede probar con certeza la
existencia de Dios y la infinitud de sus perfecciones. La fe, don del cielo, es
posterior a la revelación; de ahí que no puede ser alegada contra un ateo para
probar la existencia de Dios [cf. 1650].
2. La divinidad de la religión mosaica se prueba con
certeza por la tradición oral y escrita de la sinagoga y del cristianismo.
3. La prueba tomada de los milagros de Jesucristo,
sensible e impresionante para los testigos oculares, no ha perdido su fuerza y
su fulgor para las generaciones siguientes. Esta prueba la hallamos con toda
certeza en la autenticidad del Nuevo Testamento, en la tradición oral y escrita
de todos los cristianos. Por esta doble tradición debemos demostrar la
revelación a aquellos que la rechazan o que, sin admitirla todavía, la buscan.
4. No tenemos derecho a exigir de un incrédulo que
admita la resurrección de nuestro divino Salvador, antes de haberle propuesto
argumentos ciertos; y estos argumentos se deducen de la misma tradición por
razonamiento.
5. En cuanto a estas varias cuestiones, la razón
precede a la fe y debe conducirnos a ella [cf. 1651].
6. Aunque la razón quedó debilitada y oscurecida por
el pecado original, quedó sin embargo en ella bastante claridad y fuerza para
conducirnos con certeza al conocimiento de la existencia de Dios y de la
revelación hecha a los judíos por Moisés y a los cristianos por nuestro
adorable Hombre-Dios.
De la materia de la
extremaunción
[Del Decreto del Santo Oficio bajo Paulo V, de 13 de
enero de 1611, y Gregorio XVI, de 14 de septiembre de 1842]
1. La proposición: “Que el sacramento de la
extremaunción puede válidamente ser administrado con óleo no consagrado con la
bendición episcopal”, el S. Oficio declaró el 13 de enero de 1611 que es
temeraria y próxima a error.
2. Igualmente, sobre la duda: “Si en caso de
necesidad puede el párroco para la validez del sacramento de la extremaunción
usar de óleo bendecido por él mismo”, el S. Oficio, con fecha 14 de septiembre
de 1842 respondió negativamente, conforme a la forma del Decreto de la feria
quinta [jueves] delante del SS. el día 18 de enero de 1611, resolución que
Gregorio XVI aprobó el mismo día.
De las versiones de la Sagrada
Escritura
[De la Encíclica Inter praecipuas, de 16 de mayo de
1844]
... Cosa averiguada es para vosotros que ya desde la
edad primera del nombre cristiano, fue traza propia de los herejes, repudiada
la palabra divina recibida y la autoridad de la Iglesia, interpolar por su
propia mano las Escrituras o pervertir la interpretación de su sentido. Y no
ignoráis, finalmente, cuánta diligencia y sabiduría son menester para trasladar
fielmente a otra lengua las palabras del Señor; de suerte que nada por ello
resulta más fácil que el que en esas versiones, multiplicadas por medio de las
sociedades bíblicas, se mezclen gravísimos errores por inadvertencia o mala fe
de tantos intérpretes; errores, por cierto, que la misma multitud y variedad de
aquellas versiones oculta durante largo tiempo para perdición de muchos. Poco o
nada, en absoluto, sin embargo, les importa a tales sociedades bíblicas que los
hombres que han de leer aquellas Biblias interpretadas en lengua vulgar caigan
en estos o aquellos errores, con tal de que poco a poco se acostumbren a
reivindicar para sí mismos el libre juicio sobre el sentido de las Escrituras,
a despreciar las tradiciones divinas que tomadas de la doctrina de los Padres,
son guardadas en la Iglesia Católica y a repudiar en fin el magisterio mismo de
la Iglesia.
A este fin, esos mismos socios bíblicos no cesan de
calumniar a la Iglesia y a esta Santa Sede de Pedro, como si de muchos siglos
acá estuviera empeñada en alejar al pueblo fiel del conocimiento de las
Sagradas Escrituras; siendo así que existen muchísimos y clarísimos documentos
del singular empeño que aun en los mismos tiempos modernos han mostrado los
Sumos Pontífices y, siguiendo su guía, los demás prelados católicos porque los
pueblos católicos fueran más intensamente instruídos en la palabra de Dios, ora
escrita, ora legada por tradición...
En las reglas que fueron escritas por los Padres
designados por el Concilio Tridentino, aprobadas por Pío IV y puestas al frente
del índice de los libros prohibidos, se lee por sanción general que no se
permita la lectura de la Biblia publicada en lengua vulgar más que a aquellos
para quienes se juzgue ha de servir para acrecentamiento de la fe y piedad. A
esta misma regla, estrechada más adelante con nueva cautela a causa de los
obstinados engaños de los herejes, se añadió finalmente por autoridad de Benedicto
XIV la declaración de que se tuviera en adelante por permitida la lectura de
aquellas versiones vulgares que hubieran sido aprobadas por la Sede Apostólica
o publicadas con notas tomadas de los Santos Padres de la Iglesia o de varones
doctos y católicos... Todas las antedichas sociedades bíblicas, ya de antiguo
reprobadas por nuestros antecesores, las condenamos nuevamente por autoridad
apostólica...
Por tanto, sepan todos que se harán reos de
gravísimo crimen delante de Dios y de la Iglesia todos aquellos que osaren dar
su nombre a alguna de dichas sociedades o prestarles su trabajo o de modo
cualquiera favorecerlas.
PIO IX 1846-1878
De la fe y la razón
[De la Encíclica Qui pluribus, de 9 de
noviembre de 1846]
Porque sabéis, venerables Hermanos, que estos
enconadísimos enemigos del nombre cristiano, míseramente arrebatados de cierto
ímpetu ciego de loca impiedad, han llegado a punto tal de temeridad de opinión
que abriendo sus bocas con audacia totalmente inaudita para blasfemar
contra Dios [cf. Apoc. 13, 6] no se avergüenzan de enseñar manifiesta y
públicamente que los misterios sacrosantos de nuestra religión son ficciones y
pura invención de los hombres, que la doctrina de la Iglesia se opone al bien y
provecho de la sociedad humana [v. 1740], y no tiemblan de renegar de Cristo
mismo y de Dios. Y para más fácilmente burlarse de los pueblos y engañar
principalmente a los incautos e ignorantes y arrebatarlos consigo al error,
fantasean que sólo a ellos les son conocidos los caminos de la prosperidad, y
no dudan de arrogarse el nombre de filósofos, como si la filosofía, que versa
toda entera en la investigación de la verdad de la naturaleza, tuviera que
rechazar aquellas cosas que el mismo supremo y clementísimo autor de toda la
naturaleza, Dios, se ha dignado manifestar a los hombres por singular beneficio
y misericordia, para que alcancen la verdadera felicidad y salvación.
De ahí que con un género de argumentaciones
ciertamente retorcido y falacísimo, no paran jamás de apelar a la fuerza y
excelencia de la razón humana y de exaltarla contra la fe santísima de Cristo y
audacísimamente gritan que ésta se opone a la razón humana [v. 1706]. Nada
ciertamente puede inventarse o imaginarse más demente, nada más impío, nada que
más repugne a la razón misma. Porque, si bien la fe está por encima de la
razón, no puede, sin embargo, hallarse jamás entre ellas verdadera disención
alguna ni verdadero conflicto, como quiera que ambas nacen de una y misma
muente, la de la verdad inmutable y eterna, que es Dios óptimo y máximo, y de
tal manera se prestan mutua ayuda que la recta razón demuestra, protege y
defiende la verdad de la fe, y la fe libra a la razón de todos los errores y
maravillosamente la ilustra, confirma y perfecciona con el conocimiento de las
cosas divinas [v. 1799].
Ni es menor ciertamente la falacia, Venerables
Hermanos, con que estos enemigos de la divina revelación, exaltando con sumas
alabanzas el progreso humano, con atrevimiento de todo punto temerario y
sacrílego querrían introducirlo en la religión católica, como si la religión
misma no fuera obra de Dios, sino de los hombres o algún invento filosófico que
pueda perfeccionarse por procedimientos humanos [cf. 1705]. A éstos que tan
míseramente deliran, se aplica muy oportunamente lo que Tertuliano echaba en
cara a los filósofos de su tiempo: “Que presentaron un cristianismo estoico o
platónico o dialéctico” y a la verdad, como quiera que nuestra santísima
religión no fue inventada por la razón humana, sino manifestada clementísimamente
por Dios a los hombres, a cualquiera se le alcanza fácilmente que la religión
misma toma toda su fuerza de la autoridad del mismo Dios que habla, y que no
puede jamás ser guiada ni perfeccionada de la razón humana.
Ciertamente, la razón humana, para no ser engañada
ni errar en asunto de tanta importancia, es menester que inquiera
diligentemente el hecho de la revelación, para que le conste ciertamente que
Dios ha hablado, y prestarle, como sapientísimamente enseña el Apóstol, un obsequio
razonable [Rom. 12, 1]. Porque ¿quién ignora o puede ignorar que debe darse
toda fe a Dios que habla y que nada es más conveniente a la razón que asentir y
firmemente adherirse a aquellas cosas que le consta han sido reveladas por
Dios, el cual no puede engañarse ni engañarnos?
Pero, ¡cuántos, cuán maravillosos, cuán espléndidos
argumentos tenemos a mano, por los cuales la razón humana se ve sobradamente
obligada a reconocer que la religión de Cristo es divina “y que todo principio
de nuestros dogmas tomó su raíz de arriba, del Señor de los cielos” y que por
lo mismo nada hay más cierto que nuestra fe, nada más seguro, nada más santo y
que se apoye en más firmes principios. Como es sabido, esta fe, maestra de la
vida, indicadora de la salvación, expulsadora de todos los vicios y madre
fecunda y nutridora de las virtudes, confirmada por el nacimiento, vida,
muerte, resurrección, sabiduría, prodigios, profecías de su divino autor y
consumador Jesucristo, brillando por doquier por la luz de la celeste doctrina
y enriquecida por los tesoros de los dones celestes, clara e insigne sobre todo
por las predicciones de tantos profetas, por el esplendor de tantos milagros,
por la constancia de tantos mártires, por la gloria de tantos santos, llevando
delante las saludables leyes de Cristo, y adquiriendo fuerzas cada día mayores
por las mismas persecuciones, invadió con solo el estandarte de Cristo el orbe
universo por tierra y mar, desde oriente a occidente y, desbaratada la falacia
de los ídolos, alejada la niebla de los errores y triunfando de los enemigos de
toda especie, ilustró con la lumbre del conocimiento divino a todos los
pueblos, gentes y naciones, por bárbaros que fueran en su inhumanidad, por
divididos que estuvieran por su índole, costumbres, leyes e instituciones, y
sometiólos al suavísimo yugo del mismo Cristo, anunciando a todos la
paz, anunciando los bienes [Is. 52, 7]. Todos estos hechos brillan
ciertamente por doquiera con tan grande fulgor de la sabiduría y del poder
divino que cualquier mente y pensamiento puede con facilidad entender que la fe
cristiana es obra de Dios.
Así, pues, conociendo clara y patentemente por estos
argumentos, a par luminosísimos y firmísimos, que Dios es el autor de la misma
fe, la razón humana no puede ir más allá, sino que rechazada y alejada
totalmente toda dificultad y duda, es menester que preste a la misma fe toda
obediencia, como quiera que tiene por cierto que ha sido por Dios enseñado
cuanto la fe misma propone a los hombres para creer y hacer.
Sobre el matrimonio civil
De la Alocución Acerbissimum vobiscum, de 27
de septiembre de 1852]
Nada decimos de aquel otro decreto por el que,
despreciado totalmente el misterio, la dignidad y santidad del sacramento del
matrimonio e ignorando y trastornando absolutamente su institución y naturaleza,
desechada de todo en todo la potestad de la Iglesia sobre el mismo sacramento,
se proponía, según los errores ya condenados de los herejes y contra la
doctrina de la Iglesia Católica, que se tuviera el matrimonio sólo como
contrato civil y se sancionaba en varios casos el divorcio propiamente dicho
[cf. 1767], a par que todas las causas matrimoniales se sometían a los
tribunales laicos y por ellos eran juzgadas [v. 1774]. Pero ningún católico
ignora o puede ignorar que el matrimonio es verdadera y propiamente uno de los
siete sacramentos de la ley evangélica, instituído por Cristo Señor, y que, por
tanto, no puede darse el matrimonio entre los fieles sin que sea al mismo
tiempo sacramento, y, consiguientemente, cualquier otra unión de hombre y mujer
entre cristianos, fuera del sacramento, sea cualquiera la ley, aun la civil, en
cuya virtud esté hecha, no es otra cosa que torpe y pernicioso concubinato tan
encarecidamente condenado por la Iglesia; y, por tanto, el sacramento no puede
nunca separarse del contrato conyugal [v. 1773], y pertenece totalmente a la
potestad de la Iglesia determinar todo aquello que de cualquier modo pueda
referirse al mismo matrimonio.
Definición de la Inmaculada
Concepción de la Bienaventurada Virgen María
[De la Bula Ineffabilis Deus, de 8 de
diciembre de 1854]
... Para honor de la santa e indivisa Trinidad, para
gloria y ornamento de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe
católica y acrecentamiento de la religión cristiana, con la autoridad de
nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados Apóstoles Pedro y Pablo y con
la nuestra declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que
la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa
original en el primer instante de su concepción por singular gracia y
privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús
Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y
constantemente creída por todos los fieles. Por lo cual, si alguno, lo que Dios
no permita, pretendiere en su corazón sentir de modo distinto a como por Nos ha
sido definido, sepa y tenga por cierto que está condenado por su propio juicio,
que ha sufrido naufragio en la fe y se ha apartado de la unidad de la Iglesia,
y que además, por el mismo hecho, se somete a si mismo a las penas establecidas
por el derecho, si, lo que en su corazón siente, se atreviere a manifestarlo de
palabra o por escrito o de cualquiera otro modo externo.
Del racionalismo e
indiferentismo
[De la Alocución Singulari quadam, de 9 de
diciembre de 1854]
Hay, además, Venerables Hermanos, varones
distinguidos por su erudición que confiesan ser con mucho la religión el don
más excelente hecho por Dios a los hombres, pero que tienen en tanta estima la
razón humana, la exaltan en tanto grado, que piensan muy neciamente ha de ser
equiparada con la religión misma. De ahí que, según su vana opinión, las
disciplinas teológicas habrían de ser tratadas de la misma manera que las
filosóficas, siendo así que aquéllas se apoyan en los dogmas de la fe, a los
que nada supera en firmeza, nada en estabilidad; y éstas se explican e ilustran
por la razón humana, lo más incierto que pueda darse, como quiera que es varia
según la variedad de los ingenios y está expuesta a innumerables falacias e
ilusiones. Y así, rechazada la autoridad de la Iglesia, quedó abierto campo
anchísimo a todas las más difíciles y recónditas cuestiones, y la razón humana,
confiada en sus débiles fuerzas, corriendo con demasiada licencia, resbaló en torpísimos
errores que no tenemos ni tiempo ni ganas de referir aquí, mas que os son bien
conocidos y averiguados, y que han redundado en daño, y daño grandísimo, para
la religión y el estado. Por lo cual es menester mostrar a esos hombres que
exaltan más de lo justo las fuerzas de la razón humana, que ello es llanamente
contrario a aquella verdaderísima sentencia del Doctor de las gentes: Si
alguno piensa que sabe algo, no sabiendo nada, a sí mismo se engaña [Gal.
6, 3]. Hay que demostrarles cuánta arrogancia sea investigar hasta el fondo
misterios que el Dios clementísimo se ha dignado revelarnos, y atreverse a
alcanzarlos y abarcarlos con la flaqueza y estrecheces de la mente humana,
cuando ellos exceden con larguísima distancia las fuerzas de nuestro entendimiento
que, conforme al dicho del mismo Apóstol, debe ser cautivado en obsequio de la
fe [cf. 2 Cor. 10, 5].
Y estos seguidores o, por decir mejor, adoradores de
la razón humana, que se la proponen como maestra cierta y que por ella guiados
se prometen toda clase de prosperidades, han olvidado ciertamente cuán grave y
dolorosa herida fue infligida a la naturaleza humana por la culpa del primer
padre, como que las tinieblas se difundieron en la mente, y la voluntad quedó inclinada
al mal. De ahí que los más célebres filósofos de la más remota antigüedad, si
bien escribieron muchas cosas de modo preclaro; contaminaron, sin embargo, sus
doctrinas con gravísimos errores. De ahí aquella continua lucha que
experimentamos en nosotros, de que habla el Apóstol: Siento en mis miembros
una ley que combate contra la ley de mi mente [Rom. 7, 23].
Ahora bien, cuando consta que la luz de la razón
está extenuada por la culpa de origen propagada a todos los descendientes de
Adán, y cuando el género humano ha caído misérrimamente de su primitivo estado
de justicia e inocencia, ¿quién tendrá la razón por suficiente para alcanzar la
verdad? ¿Quién, entre tan grandes peligros y tan grande flaqueza de fuerzas
para resbalar y caer, negará serle necesarios para la salvación los auxilios de
la religión divina y de la gracia celeste? Auxilios que ciertamente concede
Dios con gran benignidad a aquellos que con humilde oración se los piden, como
quiera que está escrito: Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a
los humildes [Iac. 4, 6]. Por eso, volviéndose antaño Cristo Señor al
Padre, afirmó que los altísimos arcanos de las verdades no fueron manifiestos a
los prudentes y sabios de este siglo que se engríen de su talento y
doctrina y se niegan a prestar obediencia a la fe, sino a los hombres humildes
y sencillos que se apoyan en el oráculo de la fe divina y a él dan su
asentimiento [cf. Mt. 11, 25; Lc. 10, 21].
Este saludable documento es menester que lo
inculquéis en los ánimos de aquellos que hasta punto tal exageran las fuerzas
de la razón humana, que se atreven con ayuda de ella a escudriñar y explicar
los misterios mismos. Nada más inepto, nada más insensato. Esforzaos en
apartarlos de tamaña perversión de mente, exponiéndoles para ello que nada más
excelente ha sido dado por Dios a los hombres que la autoridad de la fe divina;
que ésta es para nosotros como una antorcha en las tinieblas, ésta el guía que
hemos de seguir para la vida, ésta nos es necesaria absolutamente para la
salvación, pues que sin la fe... es imposible agradar a Dios [Hebr. 11,
6] y: El que no creyere se condenará [Mc. 16,16].
Otro error y no menos pernicioso hemos sabido, y no
sin tristeza, que ha invadido algunas partes del orbe católico y que se ha
asentado en los ánimos de muchos católicos que piensan ha de tenerse buena
esperanza de la salvación de todos aquellos que no se hallan de modo alguno en
la verdadera Iglesia de Cristo [v. 1717]. Por eso suelen con frecuencia
preguntar cuál haya de ser la suerte y condición futura, después de la muerte,
de aquellos que de ninguna manera están unidos a la fe católica y, aduciendo
razones de todo punto vanas, esperan la respuesta que favorece a esta perversa
sentencia. Lejos de nosotros, Venerables Hermanos, atrevernos a poner limites a
la misericordia divina, que es infinita; lejos de nosotros querer escudriñar
los ocultos consejos y juicios de Dios que son abismo grande [Ps. 35, 7]
y no pueden ser penetrados por humano pensamiento. Pero, por lo que a nuestro
apostólico cargo toca, queremos excitar vuestra solicitud y vigilancia
pastoral, para que, con cuanto esfuerzo podáis, arrojéis de la mente de los
hombres aquella a par impía y funesta opinión de que en cualquier religión es
posible hallar el camino de la eterna salvación. Demostrad, con aquella
diligencia y doctrina en que os aventajáis, a los pueblos encomendados a
vuestro cuidado cómo los dogmas de la fe católica no se oponen en modo alguno a
la misericordia y justicia divinas.
En efecto, por la fe debe sostenerse que fuera de la
Iglesia Apostólica Romana nadie puede salvarse; que ésta es la única arca de
salvación; que quien en ella no hubiere entrado, perecerá en el diluvio. Sin
embargo, también hay que tener por cierto que quienes sufren ignorancia de la
verdadera religión, si aquélla es invencible, no son ante los ojos del Señor
reos por ello de culpa alguna. Ahora bien, ¿quién será tan arrogante que sea
capaz de señalar los limites de esta ignorancia, conforme a la razón y variedad
de pueblos, regiones, caracteres y de tantas otras y tan numerosas
circunstancias? A la verdad, cuando libres de estos lazos corpóreos, veamos
a Dios tal como es [1 Ioh. 3, 2], entenderemos ciertamente con cuán
estrecho y bello nexo están unidas la misericordia y la justicia divinas; mas
en tanto nos hallamos en la tierra agravados por este peso mortal, que embota
el alma, mantengamos firmísimamente según la doctrina católica que hay un
solo Dios, una sola fe, un solo bautismo [Eph. 4, 5]: Pasar más allá en
nuestra inquisición, es ilícito.
Por lo demás, conforme lo pide la razón de la
caridad, hagamos asiduas súplicas para que todas las naciones de la tierra se
conviertan a Cristo; trabajemos, según nuestras fuerzas, por la común salvación
de los hombres, pues no se ha acortado la mano del Señor [Is. 59,
1] y en modo alguno han de faltar los dones de la gracia celeste a aquellos que
con ánimo sincero quieran y pidan ser recreados por esta luz. Estas verdades
hay que fijarlas profundamente en las mentes de los fieles, a fin de que no
puedan ser corrompidos por doctrinas que tienden a fomentar la indiferencia de
la religión, que para ruina de las almas vemos se infiltra y robustece con
demasiada amplitud.
Del falso tradicionalismo
(contra Agustín Bonnetty)
[Del Decreto de la S. Congr. del Indice de 11 (15)
de junio de 1855]
1. “Aun cuando la fe está por encima de la razón;
sin embargo, ninguna verdadera disensión, ningún conflicto puede jamás darse
entre ellas, como quiera que ambas proceden de la única y misma fuente inmutable
de la verdad, Dios óptimo máximo, y así se prestan mutua ayuda” [cf. 1635 y
1799].
2. El razonamiento puede probar con certeza la
existencia de Dios, la espiritualidad del alma y la libertad del hombre. La fe
es posterior a la revelación y, por tanto, no puede convenientemente alegarse
para probar la existencia de Dios contra el ateo ni la espiritualidad y
libertad del alma racional contra el seguidor del naturalismo y fatalismo [cf.
1622 y 1625].
3. El uso de la razón precede a la fe y a ella
conduce al hombre con ayuda de la revelación y de la gracia [cf. 1626].
4. El método de que usaron Santo Tomás y San
Buenaventura, y los demás escolásticos después de ellos, no conduce al
racionalismo ni fue causa de que en las modernas escuelas la filosofía haya ido
a dar en el naturalismo y panteísmo. Por tanto, no es licito reprochar a
aquellos doctores y maestros que hayan usado este método, sobre todo cuando la
Iglesia lo aprueba o, por lo menos, se calla.
Del abuso del magnetismo
[De la Encíclica del S. Oficio de 4 de agosto de
1856]
...Sobre esta materia se han dado ya por la Santa
Sede algunas respuestas a casos particulares, en que se reprueban como ilícitos
aquellos experimentos que se ordenen a conseguir un fin no natural, no honesto,
no por los medios debidos; por lo que en casos semejantes fue decretado el
miércoles 21 de abril de 1841: El uso del magnetismo, tal como se expone, no
es lícito: Igualmente, la Sagrada Congregación juzgó que debían ser
prohibidos ciertos libros que pertinazmente diseminaban estos errores. Mas como
aparte los casos particulares, había que tratar del uso del magnetismo en
general, de ahí que a modo de regla fue estatuido el miércoles, 28 de julio de
1847: “Alejado todo error, sortilegio, implícita o explicita invocación del
demonio, el uso del magnetismo, es decir, el mero acto de aplicar medios
físicos por otra parte lícitos, no está moralmente vedado, con tal de que no
tienda a un fin ilícito o de cualquier modo malo. La aplicación, empero, de
principio y medios puramente físicos a cosas y efectos verdaderamente
sobrenaturales para explicarlos físicamente, no es sino un engaño totalmente
ilícito y herético”.
Aun cuando por este decreto general se explica
suficientemente la licitud o ilicitud en el uso o abuso del magnetismo; sin
embargo, hasta tal punto ha crecido la malicia de los hombres que, descuidando
el estudio lícito de la ciencia, buscando más bien lo curioso, con gran
quebranto de las almas y daño de la misma sociedad civil, se glorían de haber
alcanzado cierto principio de vaticinar y adivinar. De ahí que con los embustes
del sonambulismo y de la que llaman clara intuición, unas mujerzuelas,
arrebatadas en gesticulaciones no siempre honestas, charlatanean que ven
cualquier cosa invisible y con temerario atrevimiento presumen pronunciar
palabras sobre la religión misma, evocar las almas de los muertos, recibir
respuestas, descubrir cosas lejanas y desconocidas, y practicar otras
supersticiones por el estilo, con el fin de conseguir ganancia ciertamente
pingue para sí y para sus señores. En todo esto, sea el que fuere el arte o
ilusión de que se valgan, como quiera que se ordenan medios físicos para fines
no naturales, hay decepción totalmente ilícita y herética, y escándalo contra
la honestidad de las costumbres.
De la falsa doctrina de Antonio
Günther
[Del Breve Eximiam tuam al Cardenal de
Geissel, arzobispo de Colonia, de 15 de junio de 1857]
...Y, en efecto, no sin dolor nos damos
perfectamente cuenta que en esas obras domina ampliamente el sistema del
racionalismo, erróneo y perniciosísimo, y muchas veces condenado por esta Sede
Apostólica; y también sabemos que en los mismos libros se leen, entre otras, no
pocas cosas que se desvían en no pequeña medida de la fe católica y de la
genuina explicación de la unidad de la divina Sustancia en tres Personas
distintas y sempiternas. Averiguado tenemos igualmente que no es mejor ni más
exacto lo que se enseña del misterio del Verbo encarnado y de la unidad de la
persona divina del Verbo en dos naturalezas divina y humana. Sabemos que en los
mismos libros se hiere el sentir y la enseñanza católica acerca del hombre, el
cual de tal modo se compone únicamente de cuerpo y alma, que el alma (que es
racional), es por si verdadera e inmediata forma del cuerpo. Tampoco ignoramos
que en los mismos libros se enseñan y establecen cosas que se oponen claramente
a la doctrina católica sobre la libertad de Dios, libre de toda necesidad en la
creación de las cosas.
Hay también que reprobar y condenar con la mayor
energía el hecho de que en los libros de Günther se atribuya temerariamente el
derecho de magisterio a la razón humana y a la filosofía que en las materias de
religión no deben en absoluto mandar, sino servir, y se perturban, por ende,
todas aquellas cosas que han de permanecer firmísimas, ora sobre la distinción
entre la ciencia y la fe, ora sobre la perenne inmutabilidad de la fe, que es
siempre una y la misma, mientras la filosofía y las enseñanzas humanas ni
siempre son consecuentes consigo mismas ni se ven libres de múltiple variedad
de errores.
Añádese que tampoco los Santos Padres son tenidos en
aquella reverencia que prescriben los cánones de los Concilios y que
absolutamente merecen las más espléndidas lumbreras de la Iglesia; ni se
abstiene el autor de aquellos dicterios contra las escuelas católicas que
nuestro predecesor Pío Vl, de feliz memoria, condenó solemnemente [v. 1576].
Tampoco pasaremos en silencio que en los libros
güntherianos se viola de modo extremo la sana forma de hablar, como si
fuera lícito olvidarse de las palabras del Apóstol Pablo [2 Tim. 1, 13] o de
éstas en que gravísimamente nos advierte Agustín: “Es menester que hablemos
conforme a regla cierta, no sea que la licencia en las palabras engendre
también impía opinión sobre las cosas que con las palabras son significadas”
[V, 1714 a].
Errores de los ontologistas
[Según el decreto del S. Oficio de 18 de septiembre
de 1861, no pueden enseñarse con seguridad]
1. El conocimiento inmediato de Dios, por lo menos
habitual, es esencial al entendimiento humano, de suerte que sin él nada puede
conocer: como que es la misma luz intelectual.
2. Aquel ser que en todo y sin el cual nada
entendemos es el Ser divino.
3. Los universales considerados objetivamente, no se
distinguen realmente de Dios.
4. La congénita noticia de Dios como ser simpliciter,
envuelve de modo eminente todo otro conocimiento, de suerte que por ella
tenemos conocido implícitamente todo ser bajo cualquier aspecto que sea
conocible.
5. Todas las demás ideas no son sino modificaciones
de la idea por la que Dios es entendido como ser simpliciter.
6. Las cosas creadas están en Dios como la parte en
el todo, no ciertamente en el todo formal, sino en el todo infinito,
simplicísimo, que pone fuera de sí sus cuasipartes sin división ni disminución
alguna de sí.
7. La creación puede explicarse de la siguiente
manera: Dios, por el acto especial mismo con que se entiende y quiere a sí
mismo como distinto de una criatura determinada, v. gr., el hombre, produce la
criatura.
De la falsa libertad de la
ciencia (contra Jacobo Frohschammer)
[De la Carta Gravísimas inter, al arzobispo
de Munich-Frisinga, de 11 de diciembre de 1862]
Entre las gravísimas amarguras con que de todas
partes nos sentimos oprimidos en tan grande perturbación e impiedad de los
tiempos, nos dolemos vehementemente al saber que en varias regiones de Alemania
se hallan hombres, aun entre los católicos, que, al enseñar la sagrada teología
y la filosofía, no dudan en modo alguno en introducir una libertad de enseñar y
escribir inaudita hasta ahora en la Iglesia ni en profesar pública y
abiertamente opiniones nuevas y de todo punto reprobables, que diseminan entre
el vulgo.
De ahí, Venerable Hermano, que sentimos tristeza no
leve, cuando a Nos llegó la infaustísima nueva de que el presbítero Jacobo
Frohschammer, maestro de filosofía en esa Universidad de Munich, emplea más que
nadie semejante licencia de enseñar y escribir, y defiende en sus obras
publicadas perniciosísimos errores. Así, pues, sin tardanza ninguna, mandamos a
nuestra Congregación, encargada de la censura de los libros, que cuidadosamente
y con la mayor diligencia examinara los principales volúmenes que corren bajo
el nombre del mismo presbítero Frohschammer, y nos informara de todo. Estos
volúmenes escritos en alemán llevan por título: Introducción a la filosofía,
De la libertad de la ciencia, Athenaeum, de los cuales el primero salió a
luz ahí en Munich el año 1858, el segundo el año 1861, el tercero en el curso
del presente año de 1862. Así, pues, la misma Congregación ... juzgó que el
autor no siente rectamente en muchos puntos y que su doctrina se aparta de la
verdad católica.
Y esto principalmente por doble motivo: primero
porque el autor atribuye a la razón humana tales fuerzas, que en manera alguna
competen a la misma razón; y segundo, porque concede a la misma razón tal
libertad de opinar de todo y de atreverse siempre a todo, que totalmente quedan
suprimidos los derechos, el deber y la autoridad de la Iglesia misma.
Porque este autor enseña en primer lugar que la
filosofía, si se tiene su verdadera noción, no sólo puede percibir y entender
aquellos dogmas cristianos que la razón natural tiene comunes con la fe (es
decir, como objeto común de percepción); sino aquellos también que de modo más
particular y propio constituyen la religión y fe cristianas; es decir, que el
mismo fin sobrenatural del hombre y todo lo que a este fin se refiere, y el
sacratísimo misterio de la Encarnación del Señor pertenecen al dominio de la
razón y de la filosofía, y que la razón, dado este objeto, puede llegar a ellos
científicamente por sus propios principios. Y si bien es cierto que el autor
introduce alguna distinción entre unos y otros dogmas y atribuye estos últimos
con menor derecho a la razón; sin embargo, clara y abiertamente enseña que
también éstos se contienen entre los que constituyen la verdadera y propia
materia de la ciencia o de la filosofía. Por lo cual, de la sentencia del mismo
autor pudiera y debiera absolutamente concluirse que la razón, aun propuesto el
objeto de la revelación, puede por sí misma, no ya por el principio de la
divina autoridad, sino por sus mismos principios y fuerzas naturales, llegar a
la ciencia o certeza incluso en los más ocultos misterios de la divina
sabiduría y bondad, más aún, hasta en los de su libre voluntad. Cuán falsa y
errónea sea esta doctrina del autor, nadie hay que no lo vea inmediatamente y
llanamente lo sienta, por muy ligeramente instruído que esté en los rudimentos
de la doctrina cristiana.
Porque si estos cultivadores de la filosofía
defendieran los verdaderos y solos principios y derechos de la razón y de la
disciplina filosófica, habría que rendirles alabanzas ciertamente debidas.
Puesto que la verdadera y sana filosofía ocupa su notabilísimo lugar, como
quiera que a la misma filosofía incumbe inquirir diligentemente la verdad,
cultivar recta y cuidadosamente e ilustrar a la razón humana, que, si bien
oscurecida por la culpa del primer hombre, no quedó en modo alguno extinguida;
percibir, entender bien y promover el objeto de su conocimiento y muchísimas
verdades, y demostrar, vindicar y defender por argumentos tomados de sus
propios principios muchas de las qué también la fe propone para creer, como la
existencia de Dios, su naturaleza y atributos, preparando de este modo el
camino para que estos dogmas sean más rectamente mantenidos por la fe, y aun
para que de algún modo puedan ser entendidos por la razón aquellos otros dogmas
más recónditos que sólo por la fe pueden primeramente ser percibidos. Esto debe
tratar, en esto debe ocuparse la severa y pulquérrima ciencia de la verdadera
filosofía. Si en alcanzar esto se esfuerzan los doctos varones en las
universidades de Alemania, siguiendo la singular propensión de aquella ínclita
nación para el cultivo de las más severas y graves disciplinas, Nos aprobamos y
recomendamos su empeño, como quiera que convertirán en provecho y utilidad de
las cosas sagradas lo que ellos encontraren para sus usos.
Mas lo que en este asunto, a la verdad gravísimo,
jamás podemos tolerar es que todo se mezcle temerariamente y que la razón ocupe
y perturbe aun aquellas cosas que pertenecen a la fe, siendo así que son
certísimos y a todos bien conocidos los límites, más allá de los cuales jamás
pasó la razón por propio derecho, ni es posible que pase. Y a tales dogmas se
refieren de modo particular y muy claro todas aquellas cosas que miran a la
elevación sobrenatural del hombre y a su sobrenatural comunicación con Dios y
cuanto se sabe que para este fin ha sido revelado. Y a la verdad, como quiera que
estos dogmas están por encima de la naturaleza, de ahí que no puedan ser
alcanzados por la razón natural y los naturales principios. Nunca, en efecto,
puede la razón hacerse idónea por sus naturales principios para tratar
científicamente estos dogmas. Y si esos filósofos se atreven a afirmarlo temerariamente,
sepan ciertamente que se apartan no de la opinión de cualesquiera doctores,
sino de la común y jamás cambiada doctrina de la Iglesia.
Porque consta por las Divinas Letras y por la
tradición de los Santos Padres, que la existencia de Dios y muchas otras
verdades son conocidas con la luz natural de la razón aun para aquellos que
todavía no han recibido la fe; mas aquellos dogmas más ocultos, sólo Dios los
ha manifestado, al querer dar a conocer el misterio que estuvo escondido
desde los siglos y las generaciones [Col. 1, 26], y ello por cierto de modo
que después de que antaño en ocasiones varias y de muchos modos habló a los
padres por los profetas, últimamente nos ha hablado a nosotros por su Hijo...
por quien hizo también los siglos [Hebr. 1, 1 s]... Porque a Dios, nadie
le vio jamás: El Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, El mismo nos lo
contó [Ioh. 1, 18]. Por eso el Apóstol, que atestigua que las gentes
conocieron a Dios por las cosas creadas, al tratar de la gracia y de la
verdad que fue hecha por Jesucristo [Ioh. 1,17], hablamos —dice—de
la sabiduría de Dios en el misterio; sabiduría que está oculta... y que ninguno
de los príncipes de este mundo ha conocido... A nosotros, empero, nos lo reveló
Dios por medio de su Espíritu: Porque el Espíritu lo escudriña todo, aun las
profundidades de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe lo que es del hombre,
sino el espíritu del hombre que está dentro de él? Por la misma manera, tampoco
lo que es de Dios lo conoce nadie, sino el Espíritu de Dios [1 Cor. 2, 7
ss].
Siguiendo estos y otros casi innumerables oráculos
divinos, al enseñar la doctrina de la Iglesia, los Santos Padres tuvieron
continuamente cuidado de distinguir el conocimiento de las cosas divinas, que
por la fuerza de la inteligencia natural es a todos común, de aquel
conocimiento de las cosas que se recibe por la fe por medio del Espíritu Santo,
y constantemente enseñaron que por ésta se nos revelan en Cristo aquellos
misterios que no sólo transcienden la filosofía humana, sino la misma
inteligencia natural de los ángeles, y que, aun después de ser conocidos por la
revelación divina y recibidos por la fe misma, siguen, sin embargo, cubiertos
por el sagrado velo de la misma fe y envueltos en oscura tiniebla, mientras
peregrinamos en esta vida mortal lejos del Señor.
De todo esto se sigue en forma patente, ser
totalmente ajena a la doctrina de la Iglesia Católica la sentencia por la que
el mismo Frohschammer no duda en afirmar que todos los dogmas de la religión
cristiana son indistintamente objeto de la ciencia natural o filosofía y que la
razón humana, con sólo que esté histórica mente cultivada, si se proponen estos
dogmas como objeto a la razón misma, por sus fuerzas y principios naturales,
puede llegar a verdadera ciencia sobre todos los dogmas, aun los más recónditos
[v. 1709].
Además, en los citados escritos del mismo autor,
domina otra sentencia que manifiestamente se opone a la doctrina y sentir de la
Iglesia Católica. Porque atribuye a la filosofía tal libertad, que no debe ya
ser llamada libertad de la ciencia, sino reprobable e intolerable licencia de
la filosofía. En efecto, establecida cierta distinción entre el filósofo y la
filosofía, al filósofo atribuye el derecho y el deber de someterse a la
autoridad que haya reconocido por verdadera; pero uno y otro se lo niega a la filosofía,
de tal suerte que, sin tener para nada en cuenta la doctrina revelada,
afirma que la filosofía no debe ni puede jamás someterse a la autoridad. Lo
cual debería tolerarse y acaso admitirse, si se dijera sólo del derecho que
tiene la filosofía, como también las demás ciencias, de usar de sus principios
o métodos y de sus conclusiones, y si su libertad consistiera en usar de este
su derecho, de suerte que nada admita en sí misma que no haya sido adquirido
por ella con sus propias condiciones o fuere ajeno a la misma. Pero esta justa
libertad de la filosofía debe conocer y sentir sus propios límites. Porque
jamás será licito, no sólo al filósofo, sino a la filosofía tampoco, decir nada
contrario a lo que la revelación divina y la Iglesia enseñan, o poner algo de
ello en duda por la razón de que no lo entiende, o no aceptar el juicio que la
autoridad de la Iglesia determina proferir sobre alguna conclusión de la
filosofía que hasta entonces era libre.
Añádese a esto que el mismo autor tan enérgica y
temerariamente propugna la libertad o, por decir mejor, la desenfrenada
licencia de la filosofía, que no se recata en modo alguno de afirmar que la
Iglesia no sólo no debe reprender jamás a la filosofía, sino que debe
tolerar los errores de la misma filosofía y dejar que ella misma se corrija [v.
1711]; de donde resulta que también los filósofos participan
necesariamente de esta libertad de la filosofía y que también ellos se
ven libres de toda ley. ¿Quién no ve con cuanta vehemencia haya de ser rechazada,
reprobada y absolutamente condenada semejante sentencia y doctrina de
Frohschammer? Porque la Iglesia, por su divina institución, debe custodiar
diligentísimamente íntegro e inviolado el depósito de la fe y vigilar
continuamente con todo empeño por la salvación de las almas, y con sumo cuidado
ha de apartar y eliminar todo aquello que pueda oponerse a la fe o de cualquier
modo pueda poner en peligro la salud de las almas.
Por lo tanto, la Iglesia, por la potestad que le fue
por su Fundador divino encomendada, tiene no sólo el derecho, sino
principalmente el deber de no tolerar, sino proscribir y condenar todos los
errores, si así lo reclamaren la integridad de la fe y la salud de las almas; y
a todo filósofo que quiera ser hijo de la Iglesia, y también a la filosofía, le
incumbe el deber de no decir jamás nada contra lo que la Iglesia enseña y
retractarse de aquello de que la Iglesia le avisare. La sentencia, empero, que
enseña lo contrario, decretamos y declaramos que es totalmente errónea, y en
sumo grado injuriosa a la fe misma, a la Iglesia y a la autoridad de ésta.
Del indiferentismo
[De la Encíclica Quanto conficiamur moerore, a
los obispos de Italia, de 10 de agosto de 1863]
Y aquí, queridos Hijos nuestros y Venerables
Hermanos, es menester recordar y reprender nuevamente el gravísimo error en que
míseramente se hallan algunos católicos, al opinar que hombres que viven en el
error y ajenos a la verdadera fe y a la unidad católica pueden llegar a la
eterna salvación [v. 1717]. I,o que ciertamente se opone en sumo grado a la
doctrina católica. Notoria cosa es a Nos y a vosotros que aquellos que sufren
ignorancia invencible acerca de nuestra santísima religión, que cuidadosamente
guardan la ley natural y sus preceptos, esculpidos por Dios en los corazones de
todos y están dispuestos a obedecer a Dios y llevan vida honesta y recta,
pueden conseguir la vida eterna, por la operación de la virtud de la luz divina
y de la gracia; pues Dios, que manifiestamente ve, escudriña y sabe la mente,
ánimo, pensamientos y costumbres de todos, no consiente en modo alguno, según
su suma bondad y clemencia, que nadie sea castigado con eternos suplicios, si
no es reo de culpa voluntaria. Pero bien conocido es también el dogma católico,
a saber, que nadie puede salvarse fuera de la Iglesia Católica, y que los
contumaces contra la autoridad y definiciones de la misma Iglesia, y los
pertinazmente divididos de la unidad de la misma Iglesia y del Romano
Pontífice, sucesor de Pedro, “a quien fue encomendada por el Salvador la guarda
de la viña”, no pueden alcanzar la eterna salvación.
Lejos, sin embargo, de los hijos de la Iglesia
Católica ser jamás en modo alguno enemigos de los que no nos están unidos por
los vínculos de la misma fe y caridad; al contrario, si aquéllos son pobres o
están enfermos o afligidos por cualesquiera otras miserias, esfuércense más
bien en cumplir con ellos todos los deberes de la caridad cristiana y en
ayudarlos siempre y, ante todo, pongan empeño por sacarlos de las tinieblas del
error en que míseramente yacen y reducirlos a la verdad católica y a la madre
amantísima, la Iglesia, que no cesa nunca de tenderles sus manos maternas y
llamarlos nuevamente a su seno, a fin de que, fundados y firmes en la fe,
esperanza y caridad y fructificando en toda obra buena [Col. 1, 10],
consigan la eterna salvación.
De los congresos de teólogos en
Alemania
[De la carta Tuas libenter, al arzobispo de
Murlich-Frisinga, de 21 de diciembre de 1863]
... Sabíamos también, Venerable Hermano, que algunos
de los católicos que se dedican al cultivo de las disciplinas más severas
confiados demasiado en las fuerzas del ingenio humano, no temieron, ante los
peligros de error, al afirmar la falaz y en modo alguno genuina libertad de la
ciencia, fueran arrebatados más allá de los límites que no permite traspasar la
obediencia debida al magisterio de la Iglesia, divinamente instituído para
guardar la integridad de toda la verdad revelada. De donde ha resultado que
esos católicos, míseramente engañados, llegan a estar frecuentemente de acuerdo
hasta con quienes claman y chillan contra los Decretos de esta Sede Apostólica
y de nuestras Congregaciones, en que por ellos se impide el libre progreso de
la ciencia [v. 1712], y se exponen al peligro de romper aquellos sagrados lazos
de la obediencia con que por voluntad de Dios están ligados a esta misma Sede
Apostólica, que fue constituída por Dios mismo maestra y vengadora de la verdad.
Tampoco ignorábamos que en Alemania ha cobrado
fuerza la opinión falsa en contra de la antigua Escuela y contra la doctrina de
aquellos sumos Doctores [v. 1713] que por su admirable sabiduría y santidad de
vida venera la Iglesia universal. Por esta falsa opinión, se pone en duda la
autoridad de la Iglesia misma, como quiera que la misma Iglesia no sólo
permitió durante tantos siglos continuos que se cultivara la ciencia teológica
según el método de los mismos doctores y según los principios sancionados por
el común sentir de todas las escuelas católicas; sino que exaltó también muy
frecuentemente con sumas alabanzas su doctrina teológica y vehementemente la
recomendó como fortísimo baluarte de la fe y arma formidable contra sus enemigos...
A la verdad, al afirmar todos los hombres del mismo
congreso, como tú escribes, que el progreso de las ciencias y el éxito en la
evitación y refutación de los errores de nuestra edad misérrima depende de la
íntima adhesión a las verdades reveladas que enseña la Iglesia Católica, ellos
mismos han reconocido y profesado aquella verdad que siempre sostuvieron y
enseñaron los verdaderos católicos entregados al cultivo y desenvolvimiento de
las ciencias. Y apoyados en esta verdad, esos mismos hombres sabios y
verdaderamente católicos pudieron con seguridad cultivar, explicar y convertir
en útiles y ciertas las mismas ciencias. Lo cual no puede ciertamente
conseguirse, si la luz de la razón humana, circunscrita en sus propios límites,
aun investigando las verdades que están al alcance de sus propias fuerzas y
facultades, no tributa la máxima veneración, como es debido, a la luz infalible
e increada del entendimiento divino que maravillosamente brilla por doquiera en
la revelación cristiana. Porque, si bien aquellas disciplinas naturales se
apoyan en sus propios principios conocidos por la razón; es menester, sin
embargo, que sus cultivadores católicos tengan la revelación divina ante sus
ojos, como una estrella conductora, por cuya luz se precavan de las sirtes y
errores, apenas adviertan que en sus investigaciones y exposiciones pueden ser
conducidos por ellos, como muy frecuentemente acontece, a proferir algo que en
mayor o menor grado se oponga a la infalible verdad de las cosas que han sido
reveladas por Dios.
De ahí que no queremos dudar de que los hombres del
mismo congreso, al reconocer y confesar la mentada verdad, han querido al mismo
tiempo rechazar y reprobar claramente la reciente y equivocada manera de
filosofar, que si bien reconoce la revelación divina como hecho histórico,
somete, sin embargo, a las investigaciones de la razón humana las inefables
verdades propuestas por la misma revelación divina, como si aquellas verdades
estuvieran sujetas a la razón, o la razón pudiera por sus fuerzas y principios
alcanzar inteligencia y ciencia de todas las más altas verdades y misterios de
nuestra fe santísima, que están tan por encima de la razón humana, que jamás
ésta podrá hacerse idónea para entenderlos o demostrarlos por sus fuerzas y por
sus principios naturales [v. 1709]. A los hombres, empero, de ese congreso les
rendimos las debidas alabanzas, porque rechazando, como creemos, la falsa
distinción entre el filósofo y la filosofía, de que te hablamos en otra carta a
ti dirigida [v. 1674], han reconocido y afirmado que todos los católicos deben
en conciencia obedecer en sus doctas disquisiciones a los decretos dogmáticos
de la infalible Iglesia Católica.
Mas al tributarles las debidas alabanzas por haber
profesado una verdad que necesariamente nace de la obligación de la fe
católica, queremos estar persuadidos de que no han querido reducir la
obligación que absolutamente tienen los maestros y escritores católicos, sólo a
aquellas materias que son propuestas por el juicio infalible de la Iglesia para
ser por todos creídas como dogmas de fe [v. 1722]. También estamos persuadidos
de que no han querido declarar que aquella perfecta adhesión a las verdades
reveladas, que reconocieron como absolutamente necesaria para la consecución
del verdadero progreso de las ciencias y la refutación de los errores, pueda
obtenerse, si sólo se presta fe y obediencia a los dogmas expresamente
definidos por la Iglesia. Porque aunque se tratara de aquella sujeción que debe
prestarse mediante un acto de fe divina; no habría, sin embargo, que limitarla
a las materias que han sido definidas por decretos expresos de los Concilios
ecuménicos o de los Romanos Pontífices y de esta Sede, sino que habría también
de extenderse a las que se enseñan como divinamente reveladas por el magisterio
ordinario de toda la Iglesia extendida por el orbe y, por ende, con universal y
constante consentimiento son consideradas por los teólogos católicos como
pertenecientes a la fe.
Mas como se trata de aquella sujeción a que en
conciencia están obligados todos aquellos católicos que se dedican a las
ciencias especulativas, para que traigan con sus escritos nuevas utilidades a
la Iglesia; de ahí que los hombres del mismo congreso deben reconocer que no es
bastante para los sabios católicos aceptar y reverenciar los predichos dogmas
de la Iglesia, sino que es menester también que se sometan a las decisiones
que, pertenecientes a la doctrina, emanan de las Congregaciones pontificias, lo
mismo que a aquellos capítulos de la doctrina que, por común y constante sentir
de los católicos, son considerados como verdades teológicas y conclusiones tan
ciertas, que las opiniones contrarias a dichos capítulos de la doctrina, aun
cuando no puedan ser llamadas heréticas, merecen, sin embargo, una censura
teológica de otra especie.
De la uni(ci)dad de la Iglesia
[De la Carta del Santo Oficio a los obispos de
Inglaterra, de 16 de septiembre de 1864]
Se ha comunicado a la Santa Sede que algunos
católicos y hasta varones eclesiásticos han dado su nombre a la sociedad para
procurar, como dicen, la unidad de la cristiandad —erigida en
Londres el año 1857— y que se han publicado ya varios artículos de revistas,
firmados por católicos que aplauden a dicha sociedad o que se dicen compuestos
por varones eclesiásticos que la recomiendan. Y a la verdad, qué tal sea la
índole de esta sociedad y a qué fin tienda, fácilmente se entiende no sólo por
los artículos de la revista que lleva por título The Union Review, sino
por la misma hoja en que se invita e inscribe a los socios. En efecto, formada
y dirigida por protestantes, está animada por el espíritu que expresamente
profesa, a saber, que las tres comuniones cristianas: la romano-católica, la
greco-cismática y la anglicana, aunque separadas y divididas entre sí, con
igual derecho reivindican para si el nombre católico. La entrada, pues, a ella
está abierta para todos, en cualquier lugar que vivieren, ora católicos, ora
grecocismáticos, ora anglicanos, pero con esta condición: que a nadie sea
lícito promover cuestión alguna sobre los varios capítulos de doctrina en que
difieren, y cada uno pueda seguir tranquilamente su propia confesión religiosa.
Mas a los socios todos, ella misma manda recitar preces y a los sacerdotes
celebrar sacrificios según su intención, a saber: que las tres mencionadas
comuniones cristianas, puesto que, según se supone, todas juntas constituyen ya
la Iglesia Católica, se reúnan por fin un día para formar un solo cuerpo...
El fundamento en que la misma se apoya es tal que
trastorna de arriba abajo la constitución divina de la Iglesia. Toda ella, en
efecto, consiste en suponer que la verdadera Iglesia de Jesucristo consta parte
de la Iglesia Romana difundida y propagada por todo el orbe, parte del cisma de
Focio y de la herejía anglicana, para las que, al igual que para la Iglesia
Romana, hay un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo [cf. Eph. 4,
5]... Nada ciertamente puede ser de más precio para un católico que arrancar de
raíz los cismas y disensiones entre los cristianos, y que los cristianos todos
sean solícitos en guardar la unidad del espíritu en el vínculo de la paz [Eph.
4, 3]... Mas que los fieles de Cristo y los varones eclesiásticos oren por la
unidad cristiana, guiados por los herejes y, lo que es peor, según una
intención en gran manera manchada e infecta de herejía, no puede de ningún modo
tolerarse. La verdadera Iglesia de Jesucristo se constituye y reconoce por
autoridad divina con la cuádruple nota que en el símbolo afirmamos debe
creerse; y cada una de estas notas, de tal modo está unida con las otras, que
no puede ser separada de ellas; de ahí que la que verdaderamente es y se llama
Católica, debe juntamente brillar por la prerrogativa de la unidad, la santidad
y la sucesión apostólica. Así, pues, la Iglesia Católica es una con unidad
conspicua y perfecta del orbe de la tierra y de todas las naciones, con aquella
unidad por cierto de la que es principio, raíz y origen indefectible la suprema
autoridad y más excelente principalía” del bienaventurado Pedro, príncipe de
los Apóstoles, y de sus sucesores en la cátedra romana. Y no hay otra Iglesia
Católica, sino la que, edificada sobre el único Pedro, se levanta por la unidad
de la fe y la caridad en un solo cuerpo conexo y compacto [Eph. 4, 16].
Otra razón por que deben los fieles aborrecer en gran
manera esta sociedad londinense es que quienes a ella se unen favorecen el
indiferentismo y causan escándalo.
Del naturalismo, comunismo y
socialismo
[De la
Encíclica Quanta cura, de 8 de diciembre de 1864]
Pero si bien no hemos dejado de proscribir y
reprobar muchas veces estos importantísimos errores; sin embargo, la causa de
la Iglesia Católica y la salud de las almas a Nos divinamente encomendada y
hasta el bien de la misma sociedad humana nos piden imperiosamente que
nuevamente excitemos vuestra solicitud pastoral para combatir otras depravadas
opiniones que brotan, como de sus fuentes, de los mismos errores.
Estas falsas y perversas opiniones son tanto más de
detestar cuanto principalmente apuntan a impedir y eliminar aquella saludable
influencia que la Iglesia Católica, por institución y mandamiento de su divino
Fundador, debe libremente ejercer hasta la consumación de los siglos [Mt.
28, 20], no menos sobre cada hombre que sobre las naciones, los pueblos y sus
príncipes supremos, y a destruir aquella mutua unión y concordia de designios
entre el sacerdocio y el imperio, “que fue siempre fausta y saludable lo mismo
a la religión que al Estado”. Porque bien sabéis, Venerables Hermanos, que hay
no pocos en nuestro tiempo, que aplicando a la sociedad civil el impío y
absurdo principio del llamado naturalismo, se atreven a enseñar que “la
óptima organización del estado y progreso civil exigen absolutamente que la
sociedad humana se constituya y gobierne sin tener para nada en cuenta la religión,
como si ésta no existiera, o, por lo menos, sin hacer distinción alguna entre
la verdadera y las falsas religiones”. Y contra la doctrina de las Sagradas
Letras, de la Iglesia y de los Santos Padres, no dudan en afirmar que “la mejor
condición de la sociedad es aquella en que no se le reconoce al gobierno el
deber de reprimir con penas establecidas a los violadores de la religión
católica, sino en cuanto lo exige la paz pública.”
Partiendo de esta idea, totalmente falsa, del
régimen social, no temen favorecer la errónea opinión, sobremanera perniciosa a
la Iglesia Católica y a la salvación de las almas, calificada de “delirio” por
nuestro antecesor Gregorio XVI, de feliz memoria, de que “la libertad de
conciencia y de cultos es derecho propio de cada hombre, que debe ser
proclamado y asegurado por la ley en toda sociedad bien constituida, y que los
ciudadanos tienen derecho a una omnímoda libertad, que no debe ser coartada por
ninguna autoridad eclesiástica o civil, por el que puedan manifestar y declarar
a cara descubierta y públicamente cualesquiera conceptos suyos, de palabra o
por escrito o de cualquier otra forma”. Mas al sentar esa temeraria afirmación,
no piensan ni consideran que están proclamando una libertad de perdición, y
que “si siempre fuera libre discutir de las humanas persuasiones, nunca podrán
faltar quienes se atrevan a oponerse a la verdad y a confiar en la locuacidad
de la sabiduría humana (v. 1.: mundana); mas cuánto haya de evitar la fe y
sabiduría cristiana esta dañosísima vanidad, entiéndalo por la institución
misma de nuestro Señor Jesucristo”.