MAGISTERIO DE LA IGLESIA
(523-681)
SAN JUAN I, 523-526
SAN JUAN I, 523-526
SAN FELIX m, 526-530
II CONCILIO DE ORANGE, 529 (en la Galia)
Confirmado por Bonifacio II (contra los
semipelagianos)
Sobre el pecado original, la gracia, la
predestinación
Nos ha parecido justo y razonable, según la
admonición v autoridad de la Sede Apostólica, que debíamos presentar para que
sean por todos observados, y firmar de nuestras manos unos pocos capítulos que
nos han sido trasmitidos por la Sede Apostólica, que fueron recogidos por los
santos Padres de los libros de las Sagradas Escrituras para esta causa
principalmente, a fin de enseñar a aquellos que sienten de modo distinto a como
deben.
[I. Sobre el pecado original.] Can. l. Si alguno
dice que por el pecado de prevaricación de Adán no “fue mudado” todo el hombre,
es decir, según el cuerpo y el alma en peor, sino que cree que quedando ilesa
la libertad del alma, sólo el cuerpo está sujeto a la corrupción, engañado por
el error de Pelagio, se opone a la Escritura, que dice: El alma que pecare,
ésa morirá [Ez. 18, 20], y: ¿No sabéis que si os entregáis a uno por
esclavos para obedecerle, esclavos sois de aquel a quien os sujetáis? [Rom.
6, 16] . Y: Por quien uno es vencido, para esclavo suyo es destinado [2
Petr. 2, 19].
Can. 2. Si alguno afirma que a Adán solo dañó su
prevaricación, pero no también a su descendencia, o que sólo pasó a todo el
género humano por un solo hombre la muerte que ciertamente es pena del pecado,
pero no también el pecado, que es la muerte del alma, atribuirá a Dios
injusticia, contradiciendo al Apóstol que dice: Por un solo hombre, el
pecado entró en el mundo y por el pecado la muerte, y así a todos los hombres
pasó la muerte por cuanto todos habían pecado [Rom. 5, 12] 3.
[II. Sobre la gracia.] Can. 3. Si alguno dice que la
gracia de Dios puede conferirse por invocación humana, y no que la misma gracia
hace que sea invocado por nosotros, contradice al profeta Isaías o al Apóstol,
que dice lo mismo: He sido encontrado por los que no me buscaban;
manifiestamente aparecí a quienes por mí no preguntaban [Rom. 10, 20; cf.
Is. 65, l].
Can. 4. Si alguno porfía que Dios espera nuestra
voluntad para limpiarnos del pecado, y no confiesa que aun el querer ser
limpios se hace en nosotros por infusión y operación sobre nosotros del
Espíritu Santo, resiste al mismo Espíritu Santo que por Salomón dice: Es
preparada la voluntad por el Señor [Prov. 8, 35: LXX], y al Apóstol que
saludablemente predica: Dios es el que obra en nosotros el querer y el
acabar, según su beneplácito [Phil. 2, 13].
Can. 5. Si alguno dice que está naturalmente en
nosotros lo mismo el aumento que el inicio de la fe y hasta el afecto de
credulidad por el que creemos en Aquel que justifica al impío y que llegamos a
la regeneración del sagrado bautismo, no por don de la gracia —es decir, por
inspiración del Espíritu Santo, que corrige nuestra voluntad de la infidelidad
a la fe, de la impiedad a la piedad—, se muestra enemigo de los dogmas
apostólicos, como quiera que el bienaventurado Pablo dice: Confiamos que
quien empezó en vosotros la obra buena, la acabará hasta el día de Cristo Jesús
[Phil. 1, 6]; y aquello: A vosotros se os ha concedido por Cristo, no
sólo que creáis en Él, sino también que por Él padezcáis [Phil. 1, 29]; y: De
gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, puesto
que es don de Dios [Eph. 2, 8]. Porque quienes dicen que la fe, por la que
creemos en Dios es natural, definen en cierto modo que son fieles todos
aquellos que son ajenos a la Iglesia de Dios.
Can 6. Si alguno dice que se nos confiere
divinamente misericordia cuando sin la gracia de Dios creemos, queremos,
deseamos, nos esforzamos, trabajamos, oramos, vigilamos, estudiamos, pedimos,
buscamos, llamamos, y no confiesa que por la infusión e inspiración del
Espíritu Santo se da en nosotros que creamos y queramos o que podamos hacer,
como se debe, todas estas cosas; y condiciona la ayuda de la gracia a la
humildad y obediencia humanas y no consiente en que es don de la gracia misma
que seamos obedientes y humildes, resiste al Apóstol que dice: ¿Qué tienes
que no lo hayas recibido? [1 Cor. 4, 7]; y: Por la gracia de Dios soy lo
que soy [1 Cor. 15, 10].
Can. 7. Si alguno afirma que por la fuerza de la
naturaleza se puede pensar, como conviene, o elegir algún bien que toca a la
salud de la vida eterna, o consentir a la saludable es decir, evangélica
predicación, sin la iluminación o inspiración del Espíritu Santo, que da a
todos suavidad en el consentir y creer a la verdad, es engañado de espíritu
herético, por no entender la voz de Dios que dice en el Evangelio: Sin mí
nada podéis hacer [Ioh. 15, 5]; y aquello del Apóstol: No que seamos
capaces de pensar nada por nosotros como de nosotros, sino que nuestra
suficiencia viene de Dios [2 Cor. 3, 5] 3.
Can. 8. Si alguno porfía que pueden venir a la
gracia del bautismo unos por misericordia, otros en cambio por el libre
albedrío que consta estar viciado en todos los que han nacido de la prevaricación
del primer hombre, se muestra ajeno a la recta fe. Porque ése no afirma que el
libre albedrío de todos quedó debilitado por el pecado del primer hombre o,
ciertamente, piensa que quedó herido de modo que algunos, no obstante, pueden
sin la revelación de Dios conquistar por sí mismos el misterio de la eterna
salvación. Cuán contrario sea ello, el Señor mismo lo prueba, al atestiguar que
no algunos, sino ninguno puede venir a Él, Sino aquel a quien el Padre
atrajere [Ioh. 6, 44]; así como al bienaventurado Pedro le dice: Bienaventurado
eres, Simón, hijo de Joná, porque ni la carne ni la sangre te lo ha revelado,
sino mi Padre que está en los cielos [Mt. 16, 17]; y el Apóstol: Nadie
puede decir Señor a Jesús, sino en el Espíritu Santo [1 Cor. 12, 3] 4.
Can. 9. “Sobre la ayuda de Dios. Don divino
es el que pensemos rectamente y que contengamos nuestros pies de la falsedad y
la injusticia; porque cuantas veces bien obramos, Dios, para que obremos, obra
en nosotros y con nosotros”.
Can. 10. Sobre la ayuda de Dios. La ayuda de
Dios ha de ser implorada siempre aun por los renacidos y sanados, para que
puedan llegar a buen fin o perseverar en la buena obra.
Can. 11. “Sobre la obligación de los votos. Nadie
haría rectamente ningún voto al Señor, si no hubiera recibido del mismo lo que
ha ofrecido en voto”, según se lee: Y lo que de tu mano hemos recibido, eso
te damos [1 Par. 29, 14].
Can. 12. “Cuáles nos ama Dios. Tales nos ama
Dios cuales hemos de ser por don suyo, no cuales somos por merecimiento
nuestro”.
Can. 18. De la reparación del libre albedrío. El
albedrío de la voluntad, debilitado en el primer hombre, no puede repararse
sino por la gracia del bautismo; lo perdido no puede ser devuelto, sino por el
que pudo darlo. De ahí que la verdad misma diga: Si el Hijo os liberare,
entonces seréis verdaderamente libres [Ioh. 8, 36] .
Can. 14. “Ningún miserable se ve libre de miseria
alguna, sino el que es prevenido de la misericordia de Dios” como dice el
salmista: Prontamente se nos anticipe, Señor, tu misericordia [Ps. 78,
8]; y aquello: Dios mío, su misericordia me prevendrá [Ps. 58, 11].
Can. 15. “Adán se mudó de aquello que Dios le formó,
pero se mudó en peor por su iniquidad; el fiel se muda de lo que obró la
iniquidad, pero se muda en mejor por la gracia de Dios. Aquel cambio, pues, fue
del prevaricador primero; éste, según el salmista, es cambio de la diestra
del Excelso [Ps. 76, 11].
Can. 16. “Nadie se gloríe de lo que parece tener,
como si no lo hubiera recibido, o piense que lo recibió porque la letra por
fuera apareció para ser leída o sonó para ser oída. Porque, como dice el
Apóstol: Si por medio de la ley es la justicia, luego de balde murió Cristo [Gal.
2, 21]; subiendo a lo alto, cautivó la cautividad, dio dones a los hombres [Eph.
4, 8; cf. Ps. 67, 19]. De ahí tiene, todo el que tiene; y quienquiera niega
tener de ahí, o es que verdaderamente no tiene, o lo que tiene, se le quita [Mt.
25, 29].
Can. 17. “Sobre la fortaleza cristiana. La
fortaleza de los gentiles la hace la mundana codicia; mas la fortaleza de los
cristianos viene de la caridad de Dios que se ha derramado en nuestros
corazones, no por el albedrío de la voluntad, que es nuestro, sino por
el Espíritu Santo que nos ha sido dado [Rom. 5, 5]”.
Can. 18. “Que por ningún merecimiento se previene
a la gracia. Se debe recompensa a las buenas obras, si se hacen; pero la
gracia, que no se debe, precede para que se hagan”.
Can. 19. “Que nadie se salva, sino por la
misericordia de Dios. La naturaleza humana, aun cuando hubiera permanecido
en aquella integridad en que fue creada, en modo alguno se hubiera ella
conservado a sí misma, si su Creador no la ayudara; de ahí que, si sin la
gracia de Dios, no hubiera podido guardar la salud que recibió, ¿cómo podrá,
sin la gracia de Dios, reparar la que perdió?
Can. 20. “Que el hombre no puede nada bueno sin
Dios. Muchos bienes hace Dios en el hombre, que no hace el hombre; ningún
bien, empero, hace el hombre que no otorgue Dios que lo haga el hombre”.
Can. 21. “De la naturaleza y de la gracia. A
la manera como a quienes queriendo justificarse en la ley, cayeron también de
la gracia, con toda verdad les dice el Apóstol: Si la justicia viene de la
ley, luego en vano ha muerto Cristo [Gal. 2, 21]; así a aquellos que
piensan que es naturaleza la gracia que recomienda y percibe la fe de Cristo,
con toda verdad se les dice: Si por medio de la naturaleza es la justicia, luego
en vano ha muerto Cristo. Porque ya estaba aquí la ley y no justificaba; ya
estaba aquí también la naturaleza, y tampoco justificaba. Por tanto, Cristo no
ha muerto en vano, sino para que la ley fuera cumplida por Aquel que dijo: No
he venido a destruir la ley, sino a darle cumplimiento [Mt. 5, 17]; y la
naturaleza, perdida por Adán, fuera reparada por Aquel que dijo haber venido a
buscar y salvar lo que se había perdido” [Lc. 19, 10] .
Can. 22. “De lo que es propio de los hombres. Nadie
tiene de suyo, sino mentira y pecado. Y si alguno tiene alguna verdad y
justicia, viene de aquella fuente de que debemos estar sedientos en este
desierto, a fin de que, rociados, como si dijéramos, por algunas gotas de ella,
no desfallezcamos en el camino”.
Can. 23. “De la voluntad de Dios y del hombre. Los
hombres hacen su voluntad y no la de Dios, cuando hacen lo que a Dios
desagrada; mas cuando hacen lo que quieren para servir a la divina voluntad,
aun cuando voluntariamente hagan lo que hacen; la voluntad, sin embargo, es de
Aquel por quien se prepara y se manda lo que quieren”.
Can. 24. “De los sarmientos de la vid. De tal
modo están los sarmientos en la vid que a la vid nada le dan, sino que de ella
reciben de qué vivir; porque de tal modo está la vid en los sarmientos que les
suministra el alimento vital, pero no lo toma de ellos. Y, por esto, tanto el
tener en si a Cristo permanente como el permanecer en Cristo, son cosas que
aprovechan ambas a los discípulos, no a Cristo. Porque cortado el sarmiento,
puede brotar otro de la raíz viva; mas el que ha sido cortado, no puede vivir
sin la raíz [cf. Ioh. 15, 5 ss]”.
Can 25. “Del amor con que amamos a Dios. Amar
a Dios es en absoluto un don de Dios. Él mismo, que, sin ser amado, ama, nos
otorgó que le amásemos. Desagradándole fuimos amados, para que se diera en
nosotros con que le agradáramos. En efecto, el Espíritu del Padre y del
Hijo, a quien con el Padre y el Hijo amamos, derrama en nuestros corazones
la caridad” [Rom. 5, 5].
Y así, conforme a las sentencias de las Santas
Escrituras arriba escritas o las definiciones de los antiguos Padres, debemos
por bondad de Dios predicar y creer que por el pecado del primer hombre, de tal
manera quedó inclinado y debilitado el libre albedrío que, en adelante, nadie
puede amar a Dios, como se debe, o creer en Dios u obrar por Dios lo que es
bueno, sino aquel a quien previniere la gracia de la divina misericordia. De
ahí que aun aquella preclara fe que el Apóstol Pablo [Hebr. 11] proclama en
alabanza del justo Abel, de Noé, Abraham, Isaac y Jacob, y de toda la
muchedumbre de los antiguos santos, creemos que les fue conferida no por el
bien de la naturaleza que primero fue dado en Adán sino por la gracia de Dios.
Esta misma gracia, aun después del advenimiento del Señor, a todos los que
desean bautizarse sabemos y creemos juntamente que no se les confiere por su
libre albedrío, sino por la largueza de Cristo, conforme a lo que muchas veces
hemos dicho ya y lo predica el Apóstol Pablo: A vosotros se os ha dado, por
Cristo, no sólo que creáis en Él, sino también que padezcáis por Él [Phil.
1, 29]; y aquello: Dios que empezó en vosotros la obra buena, la acabará
hasta el día de nuestro Señor [Phil. 1, 6]; y lo otro: De gracia habéis
sido salvados por la fe, y esto no de vosotros: porque don es de Dios [Eph.
2, 8]; y lo que de sí mismo dice el Apóstol: He alcanzado misericordia para
ser fiel [1 Cor. 7, 25; 1 Tim. 1, 13]; no dijo: “porque era”, sino “para
ser”. Y aquello: ¿Qué tienes que no lo hayas recibido? [1 Cor. 4, 7]. Y
aquello: Toda dádiva buena y todo don perfecto, de arriba es, y baja del Padre
de las luces [Iac. 1, 17]. Y aquello: Nadie tiene nada, si no le fuere
dado de arriba [Ioh. 3, 27]. Innumerables son los testimonios que podrían
alegarse de las Sagradas Escrituras para probar la gracia; pero se han omitido
por amor a la brevedad, porque realmente a quien los pocos no bastan, no
aprovecharán los muchos.
[III. De la predestinación.] También creemos según
la fe católica que, después de recibida por el bautismo la gracia, todos los
bautizados pueden y deben, con el auxilio y cooperación de Cristo con tal que
quieran fielmente trabajar, cumplir lo que pertenece a la salud del alma. Que
algunos, empero, hayan sido predestinados por el poder divino para el mal, no
sólo no lo creemos, sino que si hubiere quienes tamaño mal se atrevan a creer, con
toda detestación pronunciamos anatema contra ellos. También profesamos y
creemos saludablemente que en toda obra buena, no empezamos nosotros y luego
somos ayudados por la misericordia de Dios, sino que Él nos inspira primero
—sin que preceda merecimiento bueno alguno de nuestra parte— la fe y el amor a
Él, para que busquemos fielmente el sacramento del bautismo, y para que después
del bautismo, con ayuda suya, podamos cumplir lo que a Él agrada. De ahí que ha
de creerse de toda evidencia que aquella tan maravillosa fe del ladrón a quien
el Señor llamó a la patria del paraíso [Lc. 23, 43], y la del centurión
Cornelio, a quien fue enviado un ángel [Act. 10, 3] y la de Zaqueo, que mereció
hospedar al Señor mismo [Lc. 19, 6], no les vino de la naturaleza, sino que fue
don de la liberalidad divina.
BONIFACIO II, 530-532
Confirmación del II Concilio de Orange
[De la Carta Per filium nostrum, a Cesáreo de
Arlés, de 25 de enero de 531]
1... No hemos diferido dar respuesta católica a tu
pregunta que concebiste con laudable solicitud de la fe. Indicas, en efecto,
que algunos obispos de las Galias, si bien conceden que los demás bienes
provienen de la gracia de Dios, quieren que sólo la fe, por la que creemos en
Cristo, pertenezca a la naturaleza y no a la gracia; y que permaneció en el
libre albedrío de los hombres desde Adán —cosa que es crimen sólo decirla— no
que se confiere también ahora a cada uno por largueza de la misericordia
divina. Para eliminar toda ambigüedad nos pides que corfirmemos con la
autoridad de la Sede Apostólica vuestra confesión, por la que al contrario
vosotros definís que la recta fe en Cristo y el comienzo de toda buena
voluntad, conforme a la verdad católica, es inspirado en el alma de cada uno
por la gracia de Dios previniente.
2. Mas como quiera que acerca de este asunto han
disertado muchos Padres y más que nadie el obispo Agustín, de feliz memoria, y
nuestros mayores los obispos de la Sede Apostólica, con tan amplia y probada
razón que a nadie debía en adelante serle dudoso que también la fe nos viene de
la gracia; hemos creído que no es menester muy larga respuesta; sobre todo
cuando, según las sentencias que alegas del Apóstol: He conseguido
misericordia para ser fiel [1 Cor. 7, 25], y en otra parte: A vosotros
se os ha dado, por Cristo, no sólo que creáis en Él, sino también que padezcáis
por Él [Phil. 1, 29], aparece evidentemente que la fe, por la que creemos
en Cristo, así como también todos los bienes, nos vienen a cada uno de los hombres,
por don de la gracia celeste, no por poder de la naturaleza humana. Lo cual nos
alegramos que también tu Fraternidad lo haya sentido según la fe católica, en
la conferencia habida con algunos obispos de las Galias; en el punto, decimos,
en que con unánime asentimiento, como nos indicas, definieron que la fe por la
que creemos en Cristo, se nos confiere por la gracia previniente de la
divinidad, añadiendo además que no hay absolutamente bien alguno según Dios que
pueda nadie querer, empezar o acabar sin la gracia de Dios, pues dice el
Salvador mismo: Sin mí nada podéis hacer [Ioh. 15, 5]. Porque cierto y
católico es que en todos los bienes, cuya cabeza es la fe, cuando no queremos
aún nosotros, la misericordia divina nos previene para que perseveremos en la
fe, como dice David profeta: Dios mío, tu misericordia me prevendrá [Ps.
58, 11]. Y otra vez: Mi misericordia con Él está [Ps. 88, 25]; y
en otra parte: Su misericordia me sigue [Ps. 22, 6].
Igualmente también el bienaventurado Pablo dice: O, ¿quién le dio a Él
primero, y se le retribuirá? Porque de Él, por Él y en Él son todas las cosas [Rom.
11, 35 s]. De ahí que en gran manera nos maravillamos de aquellos que hasta
punto tal están aún gravados por las reliquias del vetusto error, que creen que
se viene a Cristo no por beneficio de Dios, sino de la naturaleza, y dicen que,
antes que Cristo, es autor de nuestra fe el bien de la naturaleza misma, el
cual sabemos quedó depravado por el pecado de Adán, y no entienden que están
gritando contra la sentencia del Señor que dice: Nadie viene a mí, si no le
fuere dado por mi Padre [Ioh. 6, 44]. Y no menos se oponen al
bienaventurado Pablo que grita a los Hebreos: Corramos al combate que
tenemos delante, mirando al autor y consumador de nuestra fe, Jesucristo [Hebr.
2, 1 s]. Siendo esto así, no podemos hallar qué es lo que atribuyen a la
voluntad humana para creer en Cristo sin la gracia de Dios, siendo Cristo autor
y consumador de la fe.
3. Por lo cual, saludándoos con el debido afecto,
aprobamos vuestra confesión suprascrita como conforme a las reglas católicas de
los Padres.
JUAN II, 533-535
Acerca de “Uno de la Trinidad ha padecido” y de la
B. V. M., madre de Dios
[De la carta 3 Olim quidem a los senadores de
Constantinopla, marzo de 534]
A la verdad, el emperador Justiniano, hijo nuestro,
como por el tenor de su carta sabéis, dio a entender que habían surgido
discusiones sobre estas tres cuestiones: si Cristo, Dios nuestro, se puede
llamar uno de la Trinidad, una persona santa de las tres personas de la Santa
Trinidad; si Cristo Dios, impasible por su divinidad, sufrió en la carne; si
María siempre Virgen, madre del Señor Dios nuestro Cristo, debe ser llamada
propia y verdaderamente engendradora de Dios y madre de Dios Verbo, encarnado
en ella. En estos puntos hemos aprobado la fe católica del emperador, y hemos
evidentemente mostrado que así es, con ejemplos de los Profetas, de los
Apóstoles o de los Padres. Que Cristo, efectivamente, sea uno de la Santa
Trinidad, es decir, una persona santa o subsistencia, que llaman los griegos
V7ró(rrQ~LS, de las tres personas de la santa Trinidad, evidentemente lo
mostramos por estos ejemplos [se alegan testimonios varios, como Gen. 3, 22; 1
Cor. 8, 6; Símbolo de Nicea, la Carta de Proclo a los occidentales, etc.]; y que
Dios padeció en la carne, no menos lo confirmamos por estos ejemplos [Deut. 28,
66; Ioh. 14, 6; Mal. 3, 8; Act. 3, 15; 20, 28; 1 Cor. 2, 8; anatematismo 12 de
Cirilo; San León a Flaviano, etc.].
En cuanto a la gloriosa santa siempre Virgen María,
rectamente enseñamos ser confesada por los católicos como propia y
verdaderamente engendradora de Dios y madre de Dios Verbo, de ella encarnado.
Porque propia y verdaderamente Él mismo, encarnado en los últimos tiempos, se
dignó nacer de la santa y gloriosa Virgen María. Así, pues, puesto que propia y
verdaderamente de ella se encarnó y nació el Hijo de Dios, por eso propia y
verdaderamente confesamos ser madre de Dios de ella encarnado y nacido; y
propiamente primero, no sea que se crea que el Señor Jesús recibió por honor o
gracia el nombre de Dios, como lo sintió el necio Nestorio; y verdaderamente
después, no se crea que tomó la carne de la Virgen sólo en apariencia o de
cualquier modo no verdadero, como lo afirmó el impío Eutiques.
SAN AGAPITO I, 535-536
SAN
SILVERIO, 536 (537)—540
VIGILIO,
(537) 540-555
Cánones contra Orígenes
[Del Liber adversus Origenes, del emperador
Justiniano, de 543]
Can. 1. Si alguno dice o siente que las almas de los
hombres preexisten, como que antes fueron inteligentes y santas potencias; que
se hartaron de la divina contemplación y se volvieron en peor y que por ello se
enfriaron en el amor de Dios, de donde les viene el nombre de 7lVXQ¿ (frías), y
que por castigo fueron arrojadas a los cuerpos, sea anatema.
Can. 2. Si alguno dice o siente que el alma del
Señor preexistía y que se unió con el Verbo Dios antes de encarnarse y nacer de
la Virgen, sea anatema.
Can. 3. Si alguno dice o siente que primero fue
formado el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo en el seno de la Santa Virgen y
que después se le unió Dios Verbo y el alma que preexistía, sea anatema.
Can. 4. Si alguno dice o siente que el Verbo de Dios
fue hecho semejante a todos los órdenes o jerarquías celestes, convertido para
los querubines en querubín y para los serafines en serafín, y, en una palabra,
hecho semejante a todas las potestades celestes, sea anatema.
Can. 5. Si alguno dice o siente que en la
resurrección de los cuerpos de los hombres resucitarán en forma esférica y no
confiesa que resucitaremos rectos, sea anatema.
Can. 6. Si alguno dice que el cielo y el sol y la
luna y las estrellas y las aguas que están encima de los cielos están animados
y que son una especie de potencias racionales, sea anatema.
Can. 7. Si alguno dice o siente que Cristo Señor ha de
ser crucificado en el siglo venidero por la salvación de los demonios, como lo
fue por la de los hombres, sea anatema.
Can. 8. Si alguno dice o siente que el poder de Dios
es limitado y que sólo obró en la creación cuanto pudo abarcar, sea anatema.
Can. 9. Si alguno dice o siente que el castigo de
los demonios o de los hombres impíos es temporal y que en algún momento tendrá
fin, o que se dará la reintegración de los demonios o de los hombres impíos,
sea anatema.
II CONCILIO DE CONSTANTINOPLA, 553
y ecuménico (sobre los tres capítulos)
Sobre la tradición eclesiástica
Confesamos mantener y predicar la fe dada desde el
principio por el grande Dios y Salvador nuestro Jesucristo a sus Santos
Apóstoles y por éstos predicada en el mundo entero; también los Santos Padres
y, sobre todo, aquellos que se reunieron en los cuatro santos concilios la
confesaron, explicaron y transmitieron a las santas Iglesias. A estos Padres
seguimos y recibimos por todo y en
todo... Y todo lo que no concuerda con lo que fue definido como fe recta por
los dichos cuatro concilios, lo juzgamos ajeno a la piedad, y lo condenamos y
anatematizamos.
Anatematismos sobre los tres capítulos
[En parte idénticos con la Homología del
Emperador, del año 551]
Can. 1. Si alguno no confiesa una sola naturaleza o
sustancia del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y una sola virtud y
potestad, Trinidad consustancial, una sola divinidad, adorada en tres
hipóstasis o personas; ese tal sea anatema. Porque uno solo es Dios y Padre, de
quien todo; y un solo Señor Jesucristo, por quien todo; y un solo Espíritu
Santo, en quien todo.
Can. 2. Si alguno no confiesa que hay dos
nacimientos de Dios Verbo, uno del Padre, antes de los siglos, sin tiempo e
incorporalmente; otro en los últimos días, cuando Él mismo bajó de los cielos,
y se encarnó de la santa gloriosa madre de Dios y siempre Virgen María, y nació
de ella; ese tal sea anatema.
Can. 3. Si alguno dice que uno es el Verbo de Dios
que hizo milagros y otro el Cristo que padeció, o dice que Dios Verbo está con
el Cristo que nació de mujer o que está en Él como uno en otro; y no que es uno
solo y el mismo Señor nuestro Jesucristo, el Verbo de Dios que se encarnó y se
hizo hombre, y que de uno mismo son tanto los milagros como los sufrimientos a
que voluntariamente se sometió en la carne, ese tal sea anatema.
Can. 4. Si alguno dice que la unión de Dios Verbo
con el hombre se hizo según gracia o según operación, o según igualdad de
honor, o según autoridad, o relación, o hábito, o fuerza, o según buena
voluntad, como si Dios Verbo se hubiera complacido del hombre, por haberle
parecido bien y favorablemente de Él, como Teodoro locamente dice; o según
homonimia, conforme a la cual los nestorianos llamando a Dios Verbo Jesús y
Cristo, y al hombre separadamente dándole nombre de Cristo y de Hijo, y
hablando evidentemente de dos personas, fingen hablar de una sola persona y de
un solo Cristo según la sola denominación y honor y dignidad y admiración; mas
no confiesa que la unión de Dios Verbo con la carne animada de alma racional e
inteligente se hizo según composición o según hipóstasis, como enseñaron los
santos Padres; y por esto, una sola persona de Él, que es el Señor Jesucristo,
uno de la Santa Trinidad; ese tal sea anatema. Porque, como quiera que la unión
se entiende de muchas maneras, los que siguen la impiedad de Apolinar y de
Eutiques, inclinados a la desaparición de los elementos que se juntan, predican
una unión de confusión. Los que piensan como Teodoro y Nestorio, gustando de la
división, introducen una unión habitual. Pero la Santa Iglesia de Dios,
rechazando la impiedad de una y otra herejía, confiesa la unión de Dios Verbo
con la carne según composición, es decir, según hipóstasis. Porque la unión
según composición en el misterio de Cristo, no sólo guarda inconfusos los
elementos que se juntan, sino que tampoco admite la división.
Can. 5. Si alguno toma la única hipóstasis de
nuestro Señor Jesucristo en el sentido de que admite la significación de muchas
hipóstasis y de este modo intenta introducir en el misterio de Cristo dos
hipóstasis o dos personas, y de las dos personas por él introducidas dice una
sola según la dignidad y el honor y la adoración, como lo escribieron locamente
Teodoro y Nestorio, y calumnia al santo Concilio de Calcedonia, como si en ese
impío sentido hubiera usado de la expresión “una sola persona”; pero no
confiesa que el Verbo de Dios se unió a la carne según hipóstasis y por eso es
una sola la hipóstasis de Él, o sea, una sola persona, y que así también el
santo Concilio de Calcedonia había confesado una sola hipóstasis de nuestro
Señor Jesucristo; ese tal sea anatema. Porque la santa Trinidad no admitió
añadidura de persona o hipóstasis, ni aun con la encarnación de uno de la santa
Trinidad, el Dios Verbo.
Can. 6. Si alguno llama a la santa gloriosa siempre
Virgen María madre de Dios, en sentido figurado y no en sentido propio, o por
relación, como si hubiera nacido un puro hombre y no se hubiera encarnado de
ella el Dios Verbo, sino que se refiriera según ellos el nacimiento del hombre
a Dios Verbo por habitar con el hombre nacido; y calumnia al santo Concilio de
Calcedonia, como si en este impío sentido, inventado por Teodoro, hubiera
llamado a la Virgen María madre de Dios; o la llama madre de un hombre o madre
de Cristo, como si Cristo no fuera Dios, pero no la confiesa propiamente y
según verdad madre de Dios, porque Dios Verbo nacido del Padre antes de los
siglos se encarnó de ella en los últimos días, y así la confesó piadosamente
madre de Dios el santo Concilio de Calcedonia, ese tal sea anatema.
Can. 7. Si alguno, al decir “en dos naturalezas”, no
confiesa que un solo Señor nuestro Jesucristo es conocido como en divinidad y
humanidad, para indicar con ello la diferencia de las naturalezas, de las que
sin confusión se hizo la inefable unión; porque ni el Verbo se transformó en la
naturaleza de la carne, ni la carne pasó a la naturaleza del Verbo (pues
permanece una y otro lo que es por naturaleza, aun después de hecha la unión
según hipóstasis), sino que toma en el sentido de una división en partes tal
expresión referente al misterio de Cristo; o bien, confesando el número de
naturalezas en un solo y mismo Señor nuestro Jesucristo, Dios Verbo encarnado,
no toma en teoría solamente la diferencia de las naturalezas de que se compuso,
diferencia no suprimida por la unión (porque uno solo resulta de ambas, y ambas
son por uno solo), sino que se vale de este número como si [Cristo] tuviese las
naturalezas separadas y con personalidad propia, ese tal sea anatema.
Can. 8. Si alguno, confesando que la unión se hizo
de dos naturalezas: divinidad y humanidad, o hablando de una sola naturaleza de
Dios Verbo hecha carne, no lo toma en el sentido en que lo ensenaron los Santos
Padres, de que de la naturaleza divina y de la humana, después de hecha la
unión según la hipóstasis, resultó un solo Cristo; sino que por tales
expresiones intenta introducir una sola naturaleza o sustancia de la divinidad
y de la carne de Cristo, ese tal sea anatema. Porque al decir que el Verbo
unigénito se unió según hipóstasis, no decimos que hubiera mutua confusión
alguna entre las naturalezas, sino que entendemos más bien que, permaneciendo
cada una lo que es, el Verbo se unió a la carne. Por eso hay un solo Cristo,
Dios y hombre, el mismo consustancial al Padre según la divinidad, y el mismo
consustancial a nosotros según la humanidad. Porque por modo igual rechaza y
anatematiza la Iglesia de Dios, a los que dividen en partes o cortan que a los
que confunden el misterio de la divina economía de Cristo.
Can. 9. Si alguno dice que Cristo es adorado en dos
naturalezas, de donde se introducen dos adoraciones, una propia de Dios Verbo y
otra propia del hombre; o si alguno, para destrucción de la carne o para
confusión de la divinidad y de la humanidad, o monstruosamente afirmando una
sola naturaleza o sustancia de los que se juntan, así adora a Cristo, pero no
adora con una sola adoración al Dios Verbo encarnado con su propia carne, según
desde el principio lo recibió la Iglesia de Dios, ese tal sea anatema.
Can. 10. Si alguno no confiesa que nuestro Señor
Jesucristo, que fue crucificado en la carne, es Dios verdadero y Señor de la
gloria y uno de la santa Trinidad, ese tal sea anatema.
Can. 11. Si alguno no anatematiza a Arrio, Eunomio,
Macedonio, Apolinar, Nestorio, Eutiques y Origenes, juntamente con sus impíos
escritos, y a todos los demás herejes, condenados por la santa Iglesia Católica
y Apostólica y por los cuatro antedichos santos Concilios, y a los que han
pensado o piensan como los antedichos herejes y que permanecieron hasta el fin
en su impiedad, ese tal sea anatema.
Can. 12. Si alguno defiende al impío Teodoro de
Mopsuesta, que dijo que uno es el Dios Verbo y otro Cristo, el cual sufrió las
molestias de las pasiones del alma y de los deseos de la carne, que poco a poco
se fue apartando de lo malo y así se mejoró por el progreso de sus obras, y por
su conducta se hizo irreprochable, que como puro hombre fue bautizado en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y por el bautismo recibió la
gracia del Espíritu Santo y fue hecho digno de la filiación divina; y que a
semejanza de una imagen imperial, es adorado como efigie de Dios Verbo, y que
después de la resurrección se convirtió en inmutable en sus pensamientos y
absolutamente impecable; y dijo además el mismo impío Teodoro que la unión de
Dios Verbo con Cristo fue como la de que habla el Apóstol entre el hombre y la
mujer: Serán dos en una sola carne [Eph. 5, 31]; y aparte otras
incontables blasfemias, se atrevió a decir que después de la resurrección,
cuando el Señor sopló sobre sus discípulos y les dijo: Recibid el Espíritu
Santo [Ioh. 20, 22], no les dio el Espíritu Santo, sino que sopló sobre
ellos sólo en apariencia ¡ éste mismo dijo que la confesión de Tomás al tocar
l,as manos y el costado del Señor, después de la resurrección: Señor mío y
Dios mío [Ioh. 20, 28], no fue dicha por Tomás acerca de Cristo, sino que
admirado Tomás de lo extraño de la resurrección glorificó a Dios que había
resucitado a Cristo.
Y lo que es peor, en el comentario que el mismo
Teodoro compuso sobre los Hechos de los Apóstoles, comparando a Cristo
con Platón, con Maniqueo, Epicuro y Marción dice que a la manera que cada uno
de ellos, por haber hallado su propio dogma, hicieron que sus discípulos se
llamaran platónicos, maniqueos, epicúreos y marcionitas; del mismo modo, por
haber Cristo hallado su dogma, nos llamamos de Él cristianos; si alguno, pues,
defiende al dicho impiísimo Teodoro y sus impíos escritos, en que derrama las
innumerables blasfemias predichas, contra el grande Dios y Salvador nuestro
Jesucristo, y no le anatematiza juntamente con sus impíos escritos, y a todos
los que le aceptan y vindican o dicen que expuso ortodoxamente, y a los que han
escrito en su favor y en favor de sus impíos escritos, o a los que piensan como
él o han pensado alguna vez y han perseverado hasta el fin en tal herejía, sea
anatema.
Can. 13. Si alguno defiende los impíos escritos de
Teodoreto contra la verdadera fe y contra el primero y santo Concilio de Éfeso,
y San Cirilo y sus doce capítulos (anatematismos, v. 113 ss), y todo lo que
escribió en defensa de los impíos Teodoro y Nestorio y de otros que piensan
como los antedichos Teodoro y Nestorio y que los reciben a ellos y su impiedad,
y en ellos llama impíos a los maestros de la Iglesia que admiten la unión de
Dios Verbo según hipóstasis, y no anatematiza dichos escritos y a los que han
escrito contra la fe recta o contra San Cirilo y sus doce Capítulos, y han
perseverado en esa impiedad, ese tal sea anatema.
Can. 14. Si alguno defiende la carta que se dice
haber escrito Ibas al persa Mares, en que se niega que Dios Verbo, encarnado de
la madre de Dios y siempre Virgen María, se hiciera hombre, y dice que de ella
nació un puro hombre, al que llama Templo, de suerte que uno es el Dios Verbo,
otro el hombre, y a San Cirilo que predicó la recta fe de los cristianos se le
tacha de hereje, de haber escrito como el impío Apolinar, y se censura al santo
Concilio primero de Éfeso, como si hubiera depuesto sin examen a Nestorio, y la
misma impía carta llama a los doce capítulos de San Cirilo impíos y contrarios
a la recta fe, y vindica a Teodoro y Nestorio y sus impías doctrinas y
escritos; si alguno, pues, defiende dicha carta y no la anatematiza juntamente
con los que la defienden y dicen que la misma o una parte de la misma es recta,
y con los que han escrito y escriben en su favor y en favor de las impiedades
en ella contenidas, y se atreven a vindicarla a ella o a las impiedades en
ellas contenidas en nombre de los Santos Padres o del santo Concilio de
Calcedonia, y en ello han perseverado hasta el fin, ese tal sea anatema.
Así, pues, habiendo de este modo confesado lo que
hemos recibido de la Divina Escritura y de la enseñanza de los Santos Padres y
de lo definido acerca de la sola y misma fe por los cuatro antedichos santos
Concilios; pronunciada también por nosotros condenación contra los herejes y su
impiedad, así como contra los que han vindicado o vindican los tres dichos
capítulos, y que han permanecido o permanecen en su propio error; si alguno
intentare transmitir o enseñar o escribir contra lo que por nosotros ha sido
piadosamente dispuesto, si es obispo o constituído en la clerecía, ese tal, por
obrar contra los obispos y la constitución de la Iglesia, será despojado del
episcopado o de la clerecía; si es monje o laico, será anatematizado.
PELAGIO I, 556-561
De los novísimos
[De la Fe de Pelagio, en la Carta Humani
generis a Childeberto I, de abril de 557]
Todos los hombres, en efecto, desde Adán hasta la
consumación del tiempo, nacidos y muertos con el mismo Adán y su mujer, que no
nacieron de otros padres, sino que el uno fue creado de la tierra y la otra de
la costilla del varón [Gen. 2, 7 y 22], confieso que entonces han de resucitar
y presentarse ante el tribunal de Cristo [Rom. 14, 10], a fin de
recibir cada uno lo propio de su cuerpo, según su comportamiento, ora bienes,
ora males [2 Cor. 5, 10]; y que a los justos, por su liberalísima gracia,
como vasos que son de misericordia preparados para la gloria [Rom. 9,
23], les dará los premios de la vida eterna, es decir, que vivirán sin fin en
la compañía de los ángeles, sin miedo alguno a la caída suya; a los inicuos,
empero, que por albedrío de su propia voluntad permanecen vasos de ira aptos
para la ruina [Rom. 9, 22], que o no conocieron el camino del Señor o,
conocido, lo abandonaron cautivos de diversas prevaricaciones, los entregará
por justísimo juicio a las penas del fuego eterno e inextinguible, para que
ardan sin fin. Esta es, pues, mi fe y esperanza, que está en mí por la
misericordia de Dios. Por ella sobre todo nos mandó el bienaventurado Apóstol
Pedro que hemos de estar preparados a responder a todo el que nos pida razón
[cf. 1 Petr. 3, 15].
De la forma del bautismo
[De la Carta Admonemus ut, a Gaudencio,
obispo de Volterra hacia el año 560]
Hay muchos que afirman que sólo se bautizan en el
nombre de Cristo y por una sola inmersión; pero el mandato evangélico, por
enseñanza del mismo Dios Señor y Salvador nuestro Jesucristo, nos advierte que
demos el santo bautismo a cada uno en el nombre de la Trinidad y también por
triple inmersión. Dice, en efecto, nuestro Señor Jesucristo a sus discípulos: Marchad,
bautizad a todas las naciones en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo [Mt. 28, 19].
Si, realmente, los herejes que se dice moran en los
lugares vecinos a tu dilección, confiesan tal vez que han sido bautizados sólo
en el nombre del Señor, cuando vuelvan a la fe católica, los bautizarás sin
vacilación alguna en el nombre de la santa Trinidad. Si, empero, por manifiesta
confesión apareciere claro que han sido bautizados en nombre de la Trinidad,
después de dispensarles la sola gracia de la reconciliación, te apresurarás a
unirlos a la fe católica, a fin de que no parezca se hace de otro modo que como
manda la autoridad del Evangelio.
Del primado del Romano Pontífice
[De la Carta 26 Adeone te a un obispo (Juan
?), hacia el año 560]
¿Hasta punto tal, puesto como estás en el supremo
grado del sacerdocio, te falló la verdad de la madre católica, que no te
consideraste inmediatamente cismático, al apartarte de las Sedes apostólicas?
Tú, que estás puesto para predicar a los pueblos, ¿hasta punto tal no habías
leido que la Iglesia fue fundada por Cristo Dios nuestro sobre el principe de
los Apóstoles, a fin de que las puertas del infierno no pudieran prevalecer
contra ella? [Mt. 16, 18]. Y si lo habías leido, ¿dónde creías que estaba
la Iglesia, fuera de aquel en quien —y en él solo— están todas las Sedes
apostólicas? ¿A quiénes, como a él, que había recibido las llaves, se
les concedió poder de atar y desatar? [Mt. 16, 19]. Pero por esto dio
primero a uno lo que había de dar a todos, a fin de que, según la sentencia del
bienaventurado mártir Cipriano que expone esto mismo, se muestre que la Iglesia
es una sola. ¿A dónde, pues, tú, carísimo ya en Cristo, andabas errante,
separado de ella, o qué esperanza tenias de tu salvación?
JUAN
III, 561-574
II
(I) CONCILIO DE BRAGA, 561
Anatematismos contra los herejes, especialmente
contra los priscilianistas
1. Si alguno no confiesa al Padre y al Hijo y al
Espíritu Santo como tres personas de una sola sustancia y virtud y potestad,
como enseña la Iglesia Católica y Apostólica, sino que dice no haber más que
una sola y solitaria persona, de modo que el Padre sea el mismo que el Hijo, y
Él mismo sea también el Espíritu Paráclito, como dijeron Sabelio y Prisciliano,
sea anatema.
2. Si alguno introduce fuera de la santa Trinidad no
sabemos qué otros nombres de la divinidad, diciendo que en la misma divinidad
hay una trinidad de la Trinidad, como dijeron los gnósticos y Prisciliano, sea
anatema.
3. Si alguno dice que el Hijo de Dios nuestro Señor,
no existió antes de nacer de la Virgen, como dijeron Pablo de Samosata, Fotino
y Prisciliano, sea anatema.
4. Si alguno no honra verdaderamente el nacimiento
de Cristo según la carne, sino que simula honrarlo, ayunando en el mismo día y
en domingo, porque no cree que Cristo naciera en la naturaleza de hombre, como
Cerdón, Marción, Maniqueo y Prisciliano, sea anatema.
5. Si alguno cree que las almas humanas o los
ángeles tienen su existencia de la sustancia de Dios, como dijeron Maniqueo y
Prisciliano, sea anatema.
6. Si alguno dice que las almas humanas pecaron
primero en la morada celestial y por esto fueron echadas a los cuerpos humanos
en la tierra, sea anatema.
7. Si alguno dice que el diablo no fue primero un
ángel bueno hecho por Dios, y que su naturaleza no fue obra de Dios, sino que
dice que emergió de las tinieblas y que no tiene autor alguno de si, sino que
él mismo es el principio y la sustancia del mal, como dijeron Maniqueo y
Prisciliano, sea anatema.
8. Si alguno cree que el diablo ha hecho en el mundo
algunas criaturas y que por su propia autoridad sigue produciendo los truenos,
los rayos, las tormentas y las sequías, como dijo Prisciliano, sea anatema.
9. Si alguno cree que las almas humanas están
ligadas a un signo fatal (v. l.: que las almas y cuerpos humanos están ligados
a estrellas fatales), como dijeron los paganos y Prisciliano, sea anatema.
10. Si algunos creen que los doce signos o astros
que los astrólogos suelen observar, están distribuídos por cada uno de los
miembros del alma o del cuerpo y dicen que están adscritos a los nombres de los
patriarcas, como dijo Prisciliano, sea anatema.
11. Si alguno condena las uniones matrimoniales
humanas y se horroriza de la procreación de los que nacen, conforme hablaron
Maniqueo y Prisciliano, sea anatema.
12. Si alguno dice que la plasmación del cuerpo
humano es un invento del diablo y que las concepciones en el seno de las madres
toman figura por obra del diablo, por lo que tampoco cree en la resurrección de
la carne, como dijeron Maniqueo y Prisciliano, sea anatema.
13. Si alguno dice que la creación de la carne toda
no es obra de Dios, sino de los ángeles malignos, como dijo Prisciliano, sea
anatema.
14. Si alguno tiene por inmundas las comidas de
carnes que Dios dio para uso de los hombres, y se abstiene de ellas, no por
motivo de mortificar su cuerpo, sino por considerarlas una impureza, de suerte
que no guste ni aun verduras cocidas con carne, conforme hablaron Maniqueo y
Prisciliano, sea anatema.
[15 y 16 se refieren únicamente a la disciplina
eclesiástica.]
17. Si alguno lee las Escrituras que Prisciliano
depravó según su error, o los tratados de Dictinio, que éste escribió antes de
convertirse, o cualquiera escrito de los herejes, que éstos inventaron bajo los
nombres de los patriarcas, de los profetas o de los apóstoles de acuerdo con su
error, y sigue y defiende sus ficciones, sea anatema.
BENEDICTO
I, 575 579
PELAGIO
II, 575-590
Sobre la uni(ci)dad de la Iglesia
[De la carta 1 Quod ad dilectionem, a los
obispos cismáticos de Istria, hacia el año 585]
Sabéis, en efecto, que el Señor clama en el
Evangelio: Simón, Simón, mira que Satanás os ha pedido para cribaros como
trigo; pero yo he rogado por ti a mi Padre, para que no desfallezca tu fe, y
tú, convertido, confirma a tus hermanos [Lc. 22, 31 s].
Considerad, carísimos, que la Verdad no pudo mentir,
ni la fe de Pedro podrá eternamente conmoverse o mudarse. Porque como el diablo
hubiera pedido a todos los discípulos para cribarlos, por Pedro solo atestigua
el Señor haber rogado y por él quiso que los demás fueran confirmados. A él
también, en razón del mayor amor que manifestaba al Señor en comparación de los
otros, le fue encomendado el cuidado de apacentar las ovejas [cf. Ioh. 21, 15
ss]; a él también le entregó las llaves del reino de los cielos, le
prometió que sobre él edificaría su Iglesia y le atestiguó que las
puertas del infierno no prevalecerían contra ella [Mt. 16, 16 ss]. Mas como
quiera que el enemigo del género humano no cesa hasta el fin del mundo de
sembrar la cizaña encima de la buena semilla para daño de la Iglesia de Dios
[Mt. 13, 25], de ahí que para que nadie, con maligna intención, presuma fingir
o argumentar nada sobre la integridad de nuestra fe y por ello tal vez parezca
que se perturban vuestros espíritus, hemos juzgado necesario, no sólo
exhortaros con lágrimas por la presente Carta a que volváis al seno de la madre
Iglesia, sino también enviaros satisfacción sobre la integridad de nuestra fe...
[Después de confirmar la fe de los Concilios de
Nicea, primero de Constantinopla, primero de Éfeso, y principalmente el de
Calcedonia, así como la Carta dogmática de León a Flaviano, continúa así:]
Y si alguno existe, o cree, o bien osa enseñar
contra esta fe, sepa que está condenado y anatematizado según la sentencia de
esos mismos Padres... Considerad, pues, que quien no estuviere en la paz y
unidad de la Iglesia, no podrá tener a Dios [Gal. 3, 7]...
De la necesidad de la unión con la Iglesia
[De la Carta 2 Dilectionis vestrae a los
obispos cismáticos de Istria, hacia el año 585]
...No queráis, pues, por amor a la jactancia, que
está siempre: muy cercana de la soberbia, permanecer en el vicio de la
obstinación, pues, en el día del juicio, ninguno de vosotros se podrá
excusar... Porque, si bien por la voz del Señor mismo en el Evangelio [cf. Mt.
16, 18] está manifiesto dónde esté constituída la Iglesia, oigamos, sin
embargo, qué ha definido el bienaventurado Agustín, recordando la misma
sentencia del Señor. Pues dice estar constituída la Iglesia en aquellos que por
la sucesión de los obispos se demuestra que presiden en las Sedes Apostólicas,
y cualquiera que se sustrajere a la comunión y autoridad de aquellas Sedes,
muestra hallarse en el cisma. Y después de otros puntos: “Puesto fuera, aun por
el nombre de Cristo estarás muerto. Entre los miembros de Cristo, padece por
Cristo; pegado al cuerpo, lucha por la cabeza”. Pero también el bienaventurado
Cipriano, entre otras cosas, dice lo siguiente: “El comienzo parte de la
unidad, y a Pedro se le da el primado para demostrar que la Iglesia y la
cátedra de Cristo es una sola; y todos son pastores, pero la grey es una, que
es apacentada por los Apóstoles con unánime consentimiento”. y poco después:
“El que no guarda esta unidad de la Iglesia, ¿cree guardar la fe? El que
abandona y resiste a la cátedra de Pedro, sobre la que está fundada la Iglesia,
¿confía estar en la Iglesia?”. Igualmente luego: “No pueden llegar al premio de
la paz del Señor porque rompieron la paz del Señor con el furor de la
discordia... No pueden permanecer con Dios los que no quisieron estar unánimes en
la Iglesia. Aun cuando ardieren entregados a las llamas de la hoguera; aun
cuando arrojados a las fieras den su vida, no será aquélla la corona de la fe,
sino el castigo de la perfidia; ni muerte gloriosa, sino perdición desesperada.
Ese tal puede ser muerto; coronado, no puede serlo... El pecado de cisma es
peor que el de quienes sacrificaron; los cuales, sin embargo, constituídos en
penitencia de su pecado, aplacan a Dios con plenísimas satisfacciones. Allí la
Iglesia es buscada o rogada; aquí se combate a la Iglesia. Allí el que cayó, a
sí solo se dañó; aquí el que intenta hacer un cisma, a muchos engaña
arrastrándolos consigo. Allí el daño es de una sola alma; aquí el peligro es de
muchísimas. A la verdad, éste entiende y se lamenta y llora de haber pecado;
aquél, hinchado en su mismo pecado y complacido de sus mismos crímenes, separa
a los hijos de la madre, aparta por solicitación las ovejas del pastor,
perturba los sacramentos de Dios, y siendo así que el caído pecó sólo una vez,
éste peca cada día. Finalmente, el caído, si posteriormente consigue el
martirio, puede percibir las promesas del reino; éste, si fuera de la Iglesia
fuere muerto, no puede llegar a los premios de la Iglesia”.
SAN GREGORIO I EL MAGNO, 590-604
De la ciencia de Cristo (contra los agnoetas)
[De la Carta Sicut aqua frigida a Eulogio,
patriarca de Alejandría, agosto de 600]
Sobre lo que está escrito que el día y la hora,
ni el Hijo ni los ángeles lo saben [cf. Mt. 13, 32], muy rectamente sintió
vuestra santidad que ha de referirse con toda certeza, no al mismo Hijo en
cuanto es cabeza, sino en cuanto a su cuerpo que somos nosotros... Dice también
Agustín... que puede entenderse del mismo Hijo, pues Dios omnipotente habla a
veces a estilo humano, como cuando le dice a Abraham: Ahora conozco que
temes a Dios [Gen. 22, 12]. No es
que Dios conociera entonces que era temido, sino que entonces hizo conocer al
mismo Abraham que temía a Dios. Porque a la manera como nosotros llamamos a un
día alegre, no porque el día sea alegre, sino porque nos hace alegres a
nosotros; así el Hijo omnipotente dice ignorar el día que Él hace que se
ignore, no porque no lo sepa, sino porque no permite en modo alguno que se
sepa. De ahí que se diga que sólo el Padre lo sabe, porque el Hijo consustancial
con Él, por su naturaleza que es superior a los ángeles, tiene el saber lo que
los ángeles ignoran. De ahí que se puede dar un sentido más sutil al pasaje; es
decir, que el Unigénito encarnado y hecho por nosotros hombre perfecto,
ciertamente en la naturaleza humana sabe el día y la hora del juicio; sin
embargo, no lo sabe por la naturaleza humana. Así, pues, lo que en ella sabe,
no lo sabe por ella, porque Dios hecho hombre, el día y hora del juicio lo sabe
por el poder de su divinidad... Así, pues, la ciencia que no tuvo por la
naturaleza de la humanidad, por la que fue criatura como los ángeles, ésta negó
tenerla como no la tienen los ángeles que son criaturas. En conclusión, el día
y la hora del juicio la saben Dios y el hombre; pero por la razón de que el
hombre es Dios. Pero es cosa bien manifiesta que quien no sea nestoriano,
no puede en modo alguno ser agnoeta. Porque quien confiesa haberse encarnado la
sabiduría misma de Dios ¿con qué razón puede decir que hay algo que la
sabiduría de Dios ignore? Escrito está: En el principio era el Verbo y el
Verbo estaba junto a Dios y el Verbo era Dios... todo fue hecho por Él [Ioh.
1, 1 y 3]. Si todo, sin género de duda también el día y la hora del juicio.
Ahora bien, ¿quién habrá tan necio que se atreva a decir que el Verbo del Padre
hizo lo que ignora? Escrito está también: Sabiendo Jesús que el Padre se lo
puso todo en sus manos [Ioh, 13, 3]. Si todo, ciertamente también el día y
la hora del juicio. ¿Quién será, pues, tan necio que diga que recibió el Hijo en
sus manos lo que ignora?
Del bautismo y ordenes de los herejes
[De la Carta Quia charitati a los obispos de
Hiberia hacia el 22 de junio de 601]
De la antigua tradición de los Padres hemos
aprendido que quienes en la herejía son bautizados en el nombre de la Trinidad,
cuando vuelven a la Santa Iglesia, son reducidos al seno de la Santa madre
Iglesia o por la unción del crisma, o por la imposición de las manos, o por la
sola profesión de la fe... porque el santo bautismo que recibieron entre los
herejes, entonces alcanza en ellos la fuerza de purificación, cuando se han
unido a la fe santa y a las entrañas de la Iglesia universal. Aquellos herejes,
empero, que en modo alguno se bautizan en el nombre de la Trinidad, son
bautizados cuando vienen a la Santa Iglesia, pues no fue bautismo el que no
recibieron en el nombre de la Trinidad, mientras estaban en el error. Tampoco
puede decirse que este bautismo sea repetido, pues, como queda dicho, no fue
dado en nombre de la Trinidad.
Así, [pues,] a cuantos vuelven del perverso error de
Nestorio, recíbalos sin duda alguna vuestra santidad en su grey, conservándoles
sus propias órdenes, a fin de que; no poniéndoles por vuestra mansedumbre
contrariedad o dificultad alguna en cuanto a sus propias órdenes, los arrebatéis
de las fauces del antiguo enemigo.
Del tiempo de la unión hipostática
[De la misma carta a los obispos de Hiberia]
Y no fue primero concebida la carne en el seno de la
Virgen y luego vino la divinidad a la carne; sino inmediatamente, apenas vino
el Verbo a su seno, inmediatamente, conservando la virtud de su propia
naturaleza, el Verbo se hizo carne... Ni fue primero concebido y luego ungido,
sino que el mismo ser concebido por obra del Espíritu Santo de la carne de la Virgen,
fue ser ungido por el Espíritu Santo.
Sobre el culto de las imágenes, v. Kch
1054 ss; sobre la autoridad de los cuatro concilios, v. R 2291; sobre
la crismación, ibid. 2294; el rito del bautismo, ibid. 2292; su efecto,
ibid. 2298; sobre la indisolubilidad del matrimonio, ibid. 2297.
SABINIANO, 604-606
SAN BONIFACIO IV, 608-615
BONIFACIO III, 607
SAN DEODATO, 615-618
BONIFACIO
V, 619-625
HONORIO
1, 625-638
De dos voluntades y operaciones en Cristo
[De la carta 1 Scripta fraternitatis vestrae a
Sergio, patriarca de Constantinopla, del año 634]
...Si Dios nos guía, llegaremos hasta la medida de
la recta fe, que los Apóstoles extendieron con la cuerda de la verdad de las
Santas Escrituras: Confesando al Señor Jesucristo, mediador de Dios y de los
hombres [1 Tim. 2, 8], que obra lo divino mediante la humanidad, naturalmente [griego:
hipostáticamente] unida al Verbo de Dios, y que el mismo obró lo humano, por la
carne inefable y singularmente asumida, quedando íntegra la divinidad de modo
inseparable, inconfuso e inconvertible...; es decir, que permaneciendo, por
modo estupendo y maravilloso, las diferencias de ambas naturalezas, se
reconozca que la carne pasible está unida a la divinidad... De ahí que también
confesamos una sola voluntad de nuestro Señor Jesucristo, pues ciertamente fue
asumida por la divinidad nuestra naturaleza, no nuestra culpa; aquella
ciertamente que fue creada antes del pecado, no la que quedó viciada después de
la prevaricación. Porque Cristo, sin pecado concebido por obra del Espíritu
Santo, sin pecado nació de la santa e inmaculada Virgen madre de Dios, sin
experimentar contagio alguno de la naturaleza viciada... Porque no tuvo el
Salvador otra ley en los miembros o voluntad diversa o contraria, como quiera
que nació por encima de la ley de la condición humana... Llenas están las
Sagradas Letras de pruebas luminosas de que el Señor Jesucristo, Hijo y Verbo
de Dios, por quien han sido hechas todas las cosas [Ioh. 1, 3],
es un solo operador de divinidad y de humanidad. Ahora bien, si por las obras
de la divinidad y la humanidad deben citarse o entenderse una o dos operaciones
derivadas, es cuestión que no debe preocuparnos a nosotros, y hay que dejarla a
los gramáticos que suelen vender a los niños exquisitos nombres derivados.
Porque nosotros no hemos percibido por las Sagradas Letras que el Señor
Jesucristo y su Santo Espíritu hayan obrado una sola operación o dos, sino que
sabemos que obró de modo multiforme.
[De la Carta 2 Scripta dilectissimi filii, al
mismo Sergio]
Por lo que toca al dogma eclesiástico, lo que
debemos mantener y predicar en razón de la sencillez de los hombres y para
cortar los enredos de las cuestiones inextricables, no es definir una o dos
operaciones en el mediador de Dios y de los hombres, sino que debemos confesar
que las dos naturalezas unidas en un solo Cristo por unidad natural operan y
son eficaces con comunicación de la una a la otra, y que la naturaleza divina
obra lo que es de Dios, y la humana ejecuta lo que es de la carne, no enseñando
que dividida ni confusa ni convertiblemente la naturaleza de Dios se convirtió
en el hombre ni que la naturaleza humana se convirtiera en Dios, sino
confesando íntegras las diferencias de las dos naturalezas... Quitando, pues,
el escándalo de la nueva invención, no es menester que nosotros proclamemos,
definiéndolas, una o dos operaciones; sino que en vez de la única operación que
algunos dicen, es menester que nosotros confesemos con toda verdad a un solo
operador Cristo Señor, en las dos naturalezas; y en lugar de las dos
operaciones, quitado el vocablo de la doble operación, más bien proclamar que
las dos naturalezas, es decir, la de la divinidad y la de la carne asumida,
obran en una sola persona, la del Unigénito de Dios Padre, inconfusa,
indivisible e inconvertiblemente, lo que les es propio.
[Más de esta carta en Kch 1065-1069.]
SEVERINO, 640
JUAN IV, 640-642
Del sentido de las palabras de Honorio acerca de las
dos voluntades
[De la Carta Dominus qui dixit, al emperador
Constantino, de 641]
...Uno solo es sin pecado, el mediador de Dios y
de los hombres el hombre Cristo Jesús [1 Tim. 2, 5], que fue concebido y
nació libre entre los muertos [Ps. 87, 6]. Así en la economía de su
santa encarnación, nunca tuvo dos voluntades contrarias, ni se opuso a la
voluntad de su mente la voluntad de su carne... De ahí que, sabiendo que ni al
nacer ni al vivir hubo en Él absolutamente ningún pecado, convenientemente
decimos y con toda verdad confesamos una sola voluntad en la humanidad de su
santa dispensación, y no predicamos dos contrarias, de la mente y de la carne,
como se sabe que deliran algunos herejes, como si fuera puro hombre. En este
sentido, pues, se ve que el ya dicho predecesor nuestro Honorio escribió al
antes nombrado Patriarca Sergio que le consultó, que no se dan en el Salvador,
es decir, en sus miembros, dos voluntades contrarias, pues ningún vicio
contrajo de la prevaricación del primer hombre... Y es que suele suceder que
donde está la herida, allí se aplica el remedio de la medicina. Y, en efecto,
también el bienaventurado Apóstol se ve que hizo esto muchas veces, adaptándose
a la situación de sus oyentes; y así a veces, enseñando de la suprema
naturaleza, se calla totalmente sobre la humana; otras, empero, disputando de la
dispensación humana, no toca el misterio de su divinidad... Así, pues, el
predicho predecesor mío decía del misterio de la encarnación de Cristo que no
había en Él, como en nosotros pecadores, dos voluntades contrarias de la mente
y de la carne. Algunos, acomodando esta doctrina a su propio sentido, han
sospechado que Honorio enseñó que la divinidad y la humanidad de Aquél no
tienen más que una sola voluntad, interpretación que es de todo punto contraria
a la verdad...
TEODORO I, 642-649
SAN MARTIN I, 649-653 (655)
CONClLlO DE LETRAN, 649
(Contra los monotelitas)
De la Trinidad, Encarnación, etc.
Can. 1. Si alguno no confiesa, de acuerdo con los
Santos Padres, propia y verdaderamente al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo,
la Trinidad en la unidad y la Unidad en la trinidad, esto es, a un solo Dios en
tres subsistencias consustanciales y de igual gloria, una sola y la misma
divinidad de los tres, una sola naturaleza, sustancia, virtud, potencia, reino,
imperio, voluntad, operación increada, sin principio, incomprensible,
inmutable, creadora y conservadora de todas las cosas, sea condenado [v. 78-82
y 213].
Can. 2. Si alguno no confiesa, de acuerdo con los
Santos Padres, propiamente y según la verdad que el mismo Dios Verbo, uno de la
santa, consustancial y veneranda Trinidad, descendió del cielo y se encarnó por
obra del Espíritu Santo y de María siempre Virgen y se hizo hombre, fue
crucificado en la carne, padeció voluntariamente por nosotros y fue sepultado,
resucitó al tercer día, subió a los cielos, está sentado a la diestra del Padre
y ha de venir otra vez en la gloria del Padre con la carne por Él tomada y
animada intelectualmente a juzgar a los vivos y a los muertos, sea condenado
[v. 2, 6, 65 y 215].
Can. 3. Si alguno no confiesa, de acuerdo con los
Santos Padres, propiamente y según verdad por madre de Dios a la santa y
siempre Virgen María, como quiera que concibió en los últimos tiempos sin semen
por obra del Espíritu Santo al mismo Dios Verbo propia y verdaderamente, que
antes de todos los siglos nació de Dios Padre, e incorruptiblemente le
engendró, permaneciendo ella, aun después del parto, en su virginidad
indisoluble, sea condenado [v. 218].
Can. 4. Si alguno no confiesa, de acuerdo con los Santos
Padres, propiamente y según verdad, dos nacimientos del mismo y único Señor
nuestro y Dios Jesucristo, uno incorporal y sempiternamente, antes de los
siglos, del Dios y Padre, y otro, corporalmente en los últimos tiempos, de la
santa siempre Virgen madre de Dios María, y que el mismo único Señor nuestro y
Dios, Jesucristo, es consustancial a Dios Padre según la divinidad y
consustancial al hombre y a la madre según la humanidad, y que el mismo es
pasible en la carne e impasible en la divinidad, circunscrito por el cuerpo e
incircunscrito por la divinidad, el mismo creado e increado, terreno y celeste,
visible e inteligible, abarcable e inabarcable, a fin de que quien era todo
hombre y juntamente Dios, reformara a todo el hombre que cayó bajo el pecado,
sea condenado [v. 21-1].
Can. 5. Si alguno no confiesa, de acuerdo con los
Santos Padres, propiamente y según verdad que una sola naturaleza de Dios Verbo
se encarnó, por lo cual se dice encarnada en Cristo Dios nuestra sustancia
perfectamente y sin disminución, sólo no marcada con el pecado, sea condenado
[v. 220].
Can. 6. Si alguno no confiesa, de acuerdo con los
Santos Padres, propiamente y según verdad que uno solo y el mismo Señor y Dios
Jesucristo es de dos y en dos naturalezas sustancialmente unidas sin confusión
ni división, sea condenado [v. 148].
Can. 7. Si alguno no confiesa, de acuerdo con los
Santos Padres, propiamente y según verdad que en Él se conservó la sustancial
diferencia de las dos naturalezas sin división ni confusión, sea condenado [v.
148].
Can. 8. Si alguno no confiesa, de acuerdo con los
Santos Padres, propiamente y según verdad, la unión sustancial de las
naturalezas, sin división ni confusión, en Él reconocida, sea condenado [v.
148].
Can. 9. Si alguno no confiesa, de acuerdo con los
Santos Padres, propiamente y según verdad, que se conservaron en Él las
propiedades naturales de su divinidad y de su humanidad, sin disminución ni
menoscabo, sea condenado.
Can. 10. Si alguno no confiesa, de acuerdo con los
Santos Padres, propiamente y según verdad, que las dos voluntades del único y
mismo Cristo Dios nuestro están coherentemente unidas, la divina y la humana,
por razón de que, en virtud de una y otra naturaleza suya, existe naturalmente
el mismo voluntario obrador de nuestra salud, sea condenado.
Can. 11. Si alguno no confiesa, de acuerdo con los
Santos Padres, propiamente y según verdad, dos operaciones, la divina y la
humana, coherentemente unidas, del único y el mismo Cristo Dios nuestro, en
razón de que por una y otra naturaleza suya existe naturalmente el mismo
obrador de nuestra salvación, sea condenado.
Can. 12. Si alguno, siguiendo a los criminales
herejes, confiesa una sola voluntad de Cristo Dios nuestro y una sola
operación, destruyendo la confesión de los Santos Padres y rechazando la
economía redentora del mismo Salvador, sea condenado.
Can. 13. Si alguno, siguiendo a los criminales
herejes, no obstante haberse conservado en Cristo Dios en la unidad
sustancialmente las dos voluntades y las dos operaciones, la divina y la
humana, y haber sido así piadosamente predicado por nuestros Santos Padres,
confiesa contra la doctrina de los Padres una sola voluntad y una sola
operación, sea condenado.
Can. 14. Si alguno, siguiendo a los criminales
herejes, con una sola voluntad y una sola operación que impíamente es confesada
por los herejes, niega y rechaza las dos voluntades y las dos operaciones, es
decir, la divina y la humana, que se conservan en la unidad en el mismo Cristo
Dios y por los Santos Padres son con ortodoxia predicadas en Él, sea condenado.
Can. 15. Si alguno, siguiendo a los criminales
herejes, toma neciamente por una sola operación la operación divino-humana, que
los griegos llaman teándrica, y no confiesa de acuerdo con los Santos Padres,
que es doble, es decir, divina y humana, o que la nueva dicción del vocablo
“teándrica” que se ha establecido significa una sola y no indica la unión
maravillosa y gloriosa de una y otra, sea condenado.
Can. 16. Si alguno, siguiendo para su perdición a
los criminales herejes, no obstante haberse conservado esencialmente en Cristo
Dios en la unión las dos voluntades y las dos operaciones, esto es, la divina y
la humana, y haber sido piadosamente predicadas por los Santos Padres, pone neciamente
disensiones y divisiones en el misterio de su economía redentora, y por eso las
palabras del Evangelio y de los Apóstoles sobre el mismo Salvador no las
atribuye a una sola y la misma persona y esencialmente al mismo Señor y Dios
nuestro Jesucristo, de acuerdo con el bienaventurado Cirilo, para demostrar que
el mismo es naturalmente Dios y hombre, sea condenado.
Can. 17. Si alguno, de acuerdo con los Santos
Padres, no confiesa propiamente y según verdad, todo lo que ha sido trasmitido
y predicado a la Santa, Católica y Apostólica Iglesia de Dios, e igualmente por
los Santos Padres y por los cinco venerables Concilios universales, hasta el
último ápice, de palabra y corazón, sea condenado.
Can. 18. Si alguno, de acuerdo con los Santos
Padres, a una voz con nosotros y con la misma fe, no rechaza y anatematiza, de
alma y de boca, a todos los nefandísimos herejes con todos sus impíos escritos
hasta el último ápice, a los que rechaza y anatematiza la Santa Iglesia de
Dios, Católica y Apostólica, esto es, los cinco santos y universales Concilios,
y a una voz con ellos todos los probados Padres de la Iglesia, esto es, a
Sabelio, Arrio, Eunomio, Macedonio, Apolinar, Polemón, Eutiques, Dioscuro,
Timoteo el Eluro, Severo, Teodosio, Coluto, Temistio, Pablo de Samosata,
Diodoro, Teodoro, Nestorio, Teodulo el Persa, Orígenes, Dídimo, Evagrio, y en
una palabra, a todos los demás herejes que han sido reprobados y rechazados por
la Iglesia Católica, y cuyas doctrinas son engendros de la acción diabólica;
con los cuales hay que condenar a los que sintieron de modo semejante a ellos
obstinadamente, hasta el fin de su vida, o a los que aún sienten o se espera
que sientan, y con razón, pues son a ellos semejantes y envueltos en el mismo
error; de los cuales se sabe que algunos dogmatizaron y terminaron su vida en
su propio error, como Teodoro, obispo antaño de Farán, Ciro de Alejandría,
Sergio de Constantinopla, o sus sucesores Pirro y Pablo, que permanecen en su
perfidia; y los impíos escritos de aquéllos y a aquellos que sintieron de modo
semejante a ellos obstinadamente hasta el fin, o aún sienten, o se espera que
sientan, es decir, que tienen una sola voluntad y una sola operación la
divinidad y la humanidad de Cristo; y la impiísima Ecthesis, que a
persuasión del mismo Sergio fue compuesta por Heraclio, en otro tiempo
emperador, en contra de la fe ortodoxa y que define que sólo se venera una
voluntad de Cristo y una operación por armonía; mas también todo lo que en
favor de la Ecthesis se ha escrito o hecho impíamente por aquellos, o a
quienes la reciben, o algo de lo que por ella se ha escrito o hecho; y junto
con todo esto también el criminal Typos, que a persuasión del predicho
Pablo ha sido recientemente compuesto por el serenísimo Principe, el emperador
Constantino [léase: Constancio] en contra de la Iglesia Católica, como quiera
que manda negar y que por el silencio se constriñan las dos naturales
voluntades y operaciones, la divina y la humana, que por los Santos Padres son
piadosamente predicadas en el mismo Cristo, Dios verdadero y Salvador nuestro,
con una sola voluntad y operación que impíamente es en Él venerada por los
herejes, y que por tanto define que a par de los Santos Padres, también los
criminales herejes han de verse libres de toda reprensión y condenación,
injustamente; con lo que se amputan las definiciones o reglas de la Iglesia
Católica.
Si alguno, pues, según se acaba de decir, no rechaza
y anatematiza a una voz con nosotros todas estas impiísimas doctrinas de la
herejía de aquéllos y todo lo que en favor de ellos o en su definición ha sido
escrito por quienquiera que sea, y a los herejes nombrados, es decir, a
Teodoro, Ciro y Sergio, Pirro y Pablo, como rebeldes que son a la Iglesia
Católica, o si a alguno de los que por ellos o por sus semejantes han sido
temerariamente depuestos o condenados por escrito o sin escrito, de cualquier
modo y en cualquier lugar y tiempo, por no creer en modo alguno como ellos,
sino confesar con nosotros la doctrina de los Santos Padres, lo tiene por
condenado o absolutamente depuesto, y no considera a ese tal, quienquiera que
fuere, obispo, presbítero o diácono, o de cualquier otro orden eclesiástico, o
monje o laico, como pío y ortodoxo y defensor de la Iglesia Católica y por más
consolidado en el orden en que fue llamado por el Señor, y no piensa por lo
contrario que aquéllos son impíos y sus juicios en esto detestables o sus
sentencias vacuas, inválidas y sin fuerza o, más bien, profanas y execrables o
reprobables, ese tal sea condenado.
Can. 19. Si alguno profesando y entendiendo
indubitablemente lo que sienten los criminales herejes, por vacua protervia
dice que estas son las doctrinas de la piedad que desde el principio enseñaron
los vigías y ministros de la palabra, es decir, los cinco santos y universales
Concilios, calumniando a los mismos Santos Padres y a los mentados cinco santos
Concilios, para engañar a los sencillos o para sustentación de su profana
perfidia, ese tal sea condenado.
Can. 20. Si alguno, siguiendo a los criminales
herejes, ilícitamente removiendo en cualquier modo, tiempo o lugar los
términos que con más firmeza pusieron los Santos Padres de la
Iglesia Católica [Prov 22, 28], es decir, los cinco santos y universales
Concilios, se dedica a buscar temerariamente novedades y exposiciones de otra
fe, o libros o cartas o escritos o firmas, o testimonios falsos, o sínodos o
actas de monumentos, u ordenaciones vacuas, desconocidas de la regla
eclesiástica, o conservaciones de lugar inconvenientes e irracionales, o, en
una palabra, hace cualquiera otra cosa de las que acostumbran los impiísimos
herejes, tortuosa y astutamente por operación del diablo en contra de las
piadosas, es decir, paternas y sinodales predicaciones de los ortodoxos de la
Iglesia Católica, para destrucción de la sincerísima confesión del Señor Dios
nuestro, y hasta el fin permanece haciendo esto impíamente, sin penitencia, ese
tal sea condenado por los siglos de los siglos y todo el pueblo diga: Amén,
amén [Ps. 105, 48].
SAN EUGENIO I, 664(655)-657
SAN VITALIANO, 657-672
ADEODATO, 672-676
XI CONClLlO DE TOLEDO, 675
Símbolo de la fe (sobre todo acerca de la Trinidad y
de la Encarnación)
[Expositio fidei contra los
priscilianistas]
[Sobre la Trinidad.] Confesamos y creemos
que la santa e inefable Trinidad, el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, es
naturalmente un solo Dios de una sola sustancia, de una naturaleza, de una sola
también majestad y virtud. Y confesamos que el Padre no es engendrado ni
creado, sino ingénito. Porque Él de ninguno trae su origen, y de Él recibió su
nacimiento el Hijo y el Espíritu Santo su procesión. Él es también Padre de su
esencia, que de su inefable sustancia engendró inefablemente al Hijo y, sin
embargo, no engendró otra cosa que lo que Él es (v. 1. el Padre, esencia
ciertamente inefable, engendró inefablemente al Hijo...) Dios a Dios, luz a la
luz; de Él, pues, se deriva toda paternidad en el cielo y en la
tierra [Eph. 3, 15].
Confesamos también que el Hijo nació de la sustancia
del Padre, sin principio antes de los siglos, y que, sin embargo, no fue hecho;
porque ni el Padre existió jamás sin el Hijo, ni el Hijo sin el Padre. Y, sin
embargo, no como el Hijo del Padre, así el Padre del Hijo, porque no recibió la
generación el Padre del Hijo, sino el Hijo del Padre. El Hijo, pues, es Dios procedente
del Padre; el Padre, es Dios, pero no procedente del Hijo; es ciertamente Padre
del Hijo, pero no Dios que venga del Hijo; Este, en cambio, es Hijo del Padre y
Dios que procede del Padre. Pero el Hijo es en todo igual a Dios Padre, porque
ni empezó alguna vez a nacer ni tampoco cesó. Este es creído ser de una sola
sustancia con el Padre, por lo que se le llama o,uooV~rLoS al Padre, es decir,
de la misma sustancia que el Padre, pues 8~1oS en griego significa uno solo y
ov~L~ sustancia, y unidos los dos términos suena “una sola sustancia”. Porque
ha de creerse que el mismo Hijo fue engendrado o nació no de la nada ni de
ninguna otra sustancia, sino del seno del Padre, es decir, de su sustancia.
Sempiterno, pues, es el Padre, sempiterno también el Hijo. Y si siempre fue
Padre, siempre tuvo Hijo, de quien fuera Padre; y por esto confesamos que el
Hijo nació del Padre sin principio. Y no, porque el mismo Hijo de Dios haya
sido engendrado del Padre, lo llamamos una porcioncilla de una naturaleza
seccionada; sino que afirmamos que el Padre perfecto engendró un Hijo perfecto
sin disminución y sin corte, porque sólo a la divinidad pertenece no tener un
Hijo desigual. Además, este Hijo de Dios es Hijo por naturaleza y no por
adopción, a quien hay que creer que Dios Padre no lo engendró ni por voluntad
ni por necesidad; porque ni en Dios cabe necesidad alguna, ni la voluntad
previene a la sabiduría. —También creemos que el Espíritu Santo, que es la
tercera persona en la Trinidad, es un solo Dios e igual con Dios Padre e Hijo;
no, sin embargo, engendrado y creado, sino que procediendo de uno y otro, es el
Espíritu de ambos. Además, este Espíritu Santo no creemos sea ingénito ni
engendrado; no sea que si le decimos ingénito, hablemos de dos Padres; y si
engendrado, mostremos predicar a dos Hijos; sin embargo, no se dice que sea
sólo del Padre o sólo del Hijo, sino Espíritu juntamente del Padre y del Hijo.
Porque no procede del Padre al Hijo, o del Hijo procede a la santificación de
la criatura, sino que se muestra proceder a la vez del uno y del otro; pues se
reconoce ser la caridad o santidad de entrambos. Así, pues, este Espíritu se
cree que fue enviado por uno y otro, como el Hijo por el Padre; pero no es
tenido por menor que el Padre o el Hijo, como el Hijo por razón de la carne
asumida atestigua ser menor que el Padre y el Espíritu Santo.
Esta es la explicación relacionada de la Santa
Trinidad, la cual no debe ni decirse ni creerse triple, sino Trinidad. Tampoco
puede decirse rectamente que en un solo Dios se da la Trinidad, sino que un
solo Dios es Trinidad. Mas en los nombres de relación de las personas, el Padre
se refiere al Hijo, el Hijo al Padre, el Espíritu Santo a uno y a otro; y
diciéndose por relación tres personas, se cree, sin embargo, una sola naturaleza
o sustancia. Ni como predicamos tres personas, así predicamos tres sustancias,
sino una sola sustancia y tres personas. Porque lo que el Padre es, no lo es
con relación a sí, sino al Hijo; y lo que el Hijo es, no lo es con relación a
Sí, sino al Padre; y de modo semejante, el Espíritu Santo no a Sí mismo, sino
al Padre y al Hijo se refiere en su relación: en que se predica Espíritu del
Padre y del Hijo. Igualmente, cuando decimos “Dios”, no se dice con relación a
algo, como el Padre al Hijo o el Hijo al Padre o el Espíritu Santo al Padre y
al Hijo, sino que se dice Dios con relación a sí mismo especialmente. Porque si
de cada una de las personas somos interrogados, forzoso es la confesemos Dios.
Así, pues, singularmente se dice Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo;
sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios. Igualmente, el Padre se
dice omnipotente y el Hijo omnipotente y el Espíritu Santo omnipotente; y, sin
embargo, no se predica a tres omnipotentes, sino a un solo omnipotente, como
también a una sola luz y a un solo principio. Singularmente, pues, cada persona
es confesada y creída plenamente Dios, y las tres personas un solo Dios. Su
divinidad única o indivisa e igual, su majestad o su poder, ni se disminuye en
cada uno, ni se aumenta en los tres; porque ni tiene nada de menos cuando
singularmente cada persona se dice Dios, ni de más cuando las tres personas se
enuncian un solo Dios. Así, pues, esta santa Trinidad, que es un solo y
verdadero Dios, ni se aparta del número ni cabe en el número.
Porque el número se ve en la relación de ]as
personas; pero en la sustancia de la divinidad, no se comprende qué se haya
numerado. Luego sólo indican número en cuanto están relacionadas entre sí; y
carecen de número, en cuanto son para sí. Porque de tal suerte a esta santa
Trinidad le conviene un solo nombre natural, que en tres personas no puede
haber plural. Por esto, pues, creemos que se dijo en las Sagradas Letras: Grande
el Señor Dios nuestro y grande su virtud, y su sabiduría no tiene número [Ps.
146, 5]. Y no porque hayamos dicho que estas tres personas son un solo Dios,
podemos decir que el mismo es Padre que es Hijo, o que es Hijo el que es Padre,
o que sea Padre o Hijo el que es Espíritu Santo. Porque no es el mismo el Padre
que el Hijo, ni es el mismo el Hijo que el Padre, ni el Espíritu Santo es el
mismo que el Padre o el Hijo, no obstante que el Padre sea lo mismo que el
Hijo, lo mismo el Hijo que el Padre, lo mismo el Padre y el Hijo que el
Espíritu Santo, es decir: un solo Dios por naturaleza. Porque cuando decimos
que no es el mismo Padre que es Hijo, nos referimos a la distinción de
personas. En cambio, cuando decimos que el Padre es lo mismo que el Hijo, el
Hijo lo mismo que el Padre, lo mismo el Espíritu Santo que el Padre y el Hijo,
se muestra que pertenece a la naturaleza o sustancia por la que es Dios, pues
por sustancia son una sola cosa; porque distinguimos las personas, no separamos
la divinidad.
Reconocemos, pues, a la Trinidad en la distinción de
personas; profesamos la unidad por razón de la naturaleza o sustancia. Luego
estas tres cosas son una sola cosa, por naturaleza, claro está, no por persona.
Y, sin embargo, no ha de pensarse que estas tres personas son separables, pues
no ha de creerse que existió u obró nada jamás una antes que otra, una después
que otra, una sin la otra. Porque se halla que son inseparables tanto en lo que
son como en lo que hacen; porque entre el Padre que engendra y el Hijo que es
engendrado y el Espíritu Santo que procede, no creemos que se diera intervalo
alguno de tiempo, por el que el engendrador precediera jamás al engendrado, o
el engendrado faltara al engendrador, o el Espíritu que procede apareciera
posterior al Padre o al Hijo. Por esto, pues, esta Trinidad es predicada y
creída por nosotros como inseparable e inconfusa. Consiguientemente, estas tres
personas son afirmadas, como lo definen nuestros mayores, para que sean
reconocidas, no para que sean separadas. Porque si atendemos a lo que la
Escritura Santa dice de la Sabiduría: Es el resplandor de la luz eterna [Sap.
7, 26]; como vemos que el resplandor está inseparablemente unido a la luz, así
confesamos que el Hijo no puede separarse del Padre. Consiguientemente, como no
confundimos aquellas tres personas de una sola e inseparable naturaleza, así
tampoco las predicamos en manera alguna separables. Porque, a la verdad, la
Trinidad misma se ha dignado mostrarnos esto de modo tan evidente, que aun en
los nombres por los que quiso que cada una de las personas fuera
particularmente reconocida, no permite que se entienda la una sin la otra; pues
no se conoce al Padre sin el Hijo ni se halla al Hijo sin el Padre. En efecto,
la misma relación del vocablo de la persona veda que las personas se separen, a
las cuales, aun cuando no las nombra a la vez, a la vez las insinúa. Y nadie
puede oír cada uno de estos nombres, sin que por fuerza tenga que entender
también el otro: Así, pues, siendo estas tres cosas una sola cosa, y una sola,
tres; cada persona, sin embargo, posee su propiedad permanente. Porque el Padre
posee la eternidad sin nacimiento, el Hijo la eternidad con nacimiento, y el
Espíritu Santo la procesión sin nacimiento con eternidad.
[Sobre la Encarnación.] Creemos
que, de estas tres personas, sólo la persona del Hijo, para liberar al género
humano, asumió al hombre verdadero, sin pecado, de la santa e inmaculada María
Virgen, de la que fue engendrado por nuevo orden y por nuevo nacimiento. Por
nuevo orden, porque invisible en la divinidad, se muestra visible en la carne;
y por nuevo nacimiento fue engendrado, porque la intacta virginidad, por una
parte, no supo de la unión viril y, por otra, fecundada por el Espíritu Santo,
suministró la materia de la carne. Este parto de la Virgen, ni por razón se
colige, ni por ejemplo se muestra, porque si por razón se colige, no es
admirable; si por ejemplo se muestra, no es singular.
No ha de creerse, sin embargo, que el Espíritu Santo
es Padre del Hijo, por el hecho de que María concibiera bajo la sombra del
mismo Espíritu Santo, no sea que parezca afirmamos dos padres del Hijo, cosa
ciertamente que no es lícito decir. En esta maravillosa concepción al
edificarse a sí misma la Sabiduría una casa, el Verbo se hizo carne y habitó
entre nosotros [Ioh. 1, 19]. Sin embargo, el Verbo mismo no se convirtió y
mudó de tal manera en la carne que dejara de ser Dios el que quiso ser hombre;
sino que de tal modo el Verbo se hizo carne que no sólo esté allí el Verbo de
Dios y la carne del hombre, sino también el alma racional del hombre; y este
todo, lo mismo se dice Dios por razón de Dios, que hombre por razón del hombre.
En este Hijo de Dios creemos que hay dos naturalezas: una de la divinidad, otra
de la humanidad, a las que de tal manera unió en sí la única persona de Cristo,
que ni la divinidad podrá jamás separarse de la humanidad, ni la humanidad de
la divinidad. De ahí que Cristo es perfecto Dios y perfecto hombre en la unidad
de una sola persona. Sin embargo, no porque hayamos dicho dos naturalezas en el
Hijo, defenderemos en Él dos personas, no sea que a la Trinidad —lo que Dios no
permita— parezca sustituir la cuaternidad. Dios Verbo, en efecto, no tomó la
persona del hombre, sino la naturaleza, y en la eterna persona de la divinidad,
tomó la sustancia temporal de la carne.
Igualmente, de una sola sustancia creemos que es el
Padre y el Hijo y el Espíritu Santo; sin embargo, no decimos que María Virgen
engendrara la unidad de esta Trinidad, sino solamente al Hijo que fue el solo
que tomó nuestra naturaleza en la unidad de su persona. También ha de creerse
que la encarnación de este Hijo de Dios fue obra de toda la Trinidad, porque
las obras de la Trinidad son inseparables. Sin embargo, sólo el Hijo tomó
la forma de siervo [Phil. 2, 7] en la singularidad de la persona, no en
la unidad de la naturaleza divina, para aquello que es propio del Hijo, no lo
que es común a la Trinidad; y esta forma se le adaptó a Él para la unidad de
persona, es decir, para que el Hijo de Dios y el Hijo del hombre sea un solo
Cristo. Igualmente el mismo Cristo, en estas dos naturalezas, existe en tres
sustancias: del Verbo, que hay que referir a la esencia de solo Dios, del
cuerpo y del alma, que pertenecen al verdadero hombre.
Tiene, pues, en sí mismo una doble sustancia: la de
su divinidad y la de nuestra humanidad. Éste, sin embargo, en cuanto salió de
su Padre sin comienzo, sólo es nacido, pues no se toma por hecho ni por
predestinado; mas, en cuanto nació de María Virgen, hay que creerlo nacido,
hecho y predestinado. Ambas generaciones, sin embargo, son en Él maravillosas,
pues del Padre fue engendrado sin madre antes de los siglos, y en el fin de los
siglos fue engendrado de la madre sin padre. Y el que en cuanto Dios creó a
María, en cuanto hombre fue creado por María: Él mismo es padre e hijo de su
madre María. Igualmente, en cuanto Dios es igual al Padre; en cuanto hombre es
menor que el Padre.
Igualmente hay que creer que es mayor y menor que sí mismo: porque en la forma de Dios, el mismo Hijo es también mayor que sí mismo, por razón de la humanidad asumida, que es menor que la divinidad; y en la forma de siervo es menor que sí mismo, es decir, en la humanidad, que se toma por menor que la divinidad. Porque a la manera que por la carne asumida no sólo se toma como menor al Padre sino también a sí mismo; así por razón de la divinidad es igual con el Padre, y Él y el Padre son mayores que el hombre, a quien sólo asumió la persona del Hijo. Igualmente, en la cuestión sobre si podría ser igual o menor que el Espíritu Santo, al modo como unas veces se cree igual, otras menor que el Padre, respondemos: Según la forma de Dios, es igual al Padre y al Espíritu Santo; según la forma de siervo, es menor que el Padre y que el Espíritu Santo, porque ni el Espíritu Santo ni Dios Padre, sino sola la persona del Hijo, tomó la carne, por la que se cree menor que las otras dos personas. Igualmente, este Hijo es creído inseparablemente distinto del Padre y del Espíritu Santo por razón de su persona; del hombre, empero (v. l. asumido), por la naturaleza asumida. Igualmente, con el hombre está la persona; mas con el Padre y el Espíritu Santo, la naturaleza de la divinidad o sustancia. Sin embargo, hay que creer que el Hijo fue enviado no sólo por el Padre, sino también por el Espíritu Santo, puesto que Él mismo dice por el Profeta: Y ahora el Señor me ha enviado, y también su Espíritu [Is. 48, 16]. También se toma como enviado de sí mismo, pues se reconoce que no sólo la voluntad, sino la operación de toda la Trinidad es inseparab