Teología y espiritualidad del sacerdocio.
Lucas F. Mateo-Seco
(Almudí, marzo 2001)
Mis primeras palabras son, lógicamente, para
manifestar un agradecimiento grande y sincero. En primer lugar a mi prelado, el
Señor Arzobispo de Sevilla, Don Carlos, por estar aquí y compartir con nosotros
estas horas en las que reflexionamos sobre la naturaleza y la responsabilidad
de nuestro ser sacerdotal. En segundo lugar, a los organizadores de estos
Coloquios por la invitación a participar en el Ciclo, invitación que me permite
compartir con ustedes una misma fe y una misma esperanza. Finalmente, pero no
en último lugar, agradecer a ustedes su presencia y su amistad.
Mi aportación se centra en la "teología"
del sacerdocio. Esta consideración de la teología del sacerdocio, sin embargo,
está al servicio de las consideraciones que se puedan hacer en torno a la
espiritualidad sacerdotal. Busca destacar, por tanto, lo que podríamos llamar
señas de identidad. Y es que el mejor modo de facilitar el camino a una
auténtica espiritualidad sacerdotal es exponer y desarrollar una teología del
sacerdocio. Y es que, como se ha escrito con razón, la espiritualidad no es un
añadido piadoso, sino expresión del ser cristiano. De ahí que teología
espiritual y teología dogmática estén en estrecha conexión, de forma que la
dogmática es como el pórtico o introducción a la espiritualidad (1). Me ceñiré,
pues, a exponer aquellas líneas de fuerza de la teología del sacerdocio que
constituyen, por así decirlo, puntos necesarios de referencia para una correcta
espiritualidad sacerdotal.
Sacerdotes, ¿para qué?
Quizás no esté demás iniciar nuestra consideración
con una pregunta que, como algunos recordarán, estuvo muy presente en las
reuniones sacerdotales durante decenios: "en un mundo secularizado,
¿sacerdotes para qué?". En el fondo, se trata de la pregunta por la propia
identidad. De entre las diversas formulaciones posibles de esta pregunta que
atormentó a no pocos, he escogido esta de J. Anouilh por su belleza literaria y
porque plantea la cuestión en forma directa:
«¿Has oído ya a los sacerdotes de Tebas, cómo
recitan la fórmula? ¿Has visto esas pobres fachas de empleados fatigados, cómo
simplifican los gestos, engullen las palabras, despachando de prisa a este
muerto para encargarse de otro antes del almuerzo de mediodia...? ¿Es que no se
te ha ocurrido pensar que, si fuera un ser al que tú amabas verdaderamente eso
que está ahí, extendido en esa caja, romperías de golpe a aullar? ¿A gritarles
que se callasen, que se marchasen...? Ese pasaporte irrisorio, ese mascullar en
serie sobre sus despojos, esa pantomima de la que tú misma habrías sido la
primera en avergonzarte y en sufrir si se hubiese representado...¡Es absurdo!»
(2).
Lo que Anouilh dice de los sacerdotes de Tebas en
esta réplica existencialista a la Antígona de Sófocles, se está
diciendo de los sacerdotes de París o de Madrid. Se puede entender como dicho
de todo aquel que convierte lo sagrado en la triste tarea de un empleado
fatigado, de un rito vacío que se atropella, de un funcionario. Pero hay mucho
más en el párrafo: lo que se cuestiona con el pretexto de la forma atropellada
en que los sacerdotes de Tebas recitan sus oraciones sobre los difuntos, es el
mismo sacerdocio, cuando no responde a la realidad de las cosas, es decir,
cuando es mera charlatanería, pura pantomima. Y se critica sencillamente,
porque es absurdo un rito del que no se espera nada. Se comprende que, de una
forma u otra, sea esta la visión que tiene del sacerdote quien no cree en su
Dios. Así aparece ante los ojos de la desengañada Antígona de Anouilh el
sacerdocio de Tebas, en el que ya no cree, porque tampoco cree en sus dioses.
Si acaso, Antígona sólo cree en un destino ciego e implacable que, precisamente
por esto mismo, torna ridículo todo rezo sobre los despojos de su joven
hermano. Y con esto venimos a algo que debe tenerse en cuenta a la hora de la
teología del sacerdocio: el sacerdocio pertenece al ámbito de lo sagrado.
El sacerdote, hombre de lo sagrado
Siguiendo la conocida expresión paulina (cfr Tim
6,11), se ha insistido constantemente en que el sacerdote es y debe ser homo
Dei, hombre de Dios. Puede decirse también con toda razón que el sacerdote
es el hombre de lo sagrado. Así lo subraya el Concilio Vaticano II: «el mismo
Señor constituyó ministros a algunos (de los cristianos) que, ostentando la potestad
sagrada en la sociedad de los fieles, tuvieran el poder sagrado
del orden, para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados, y desempeñaran
públicamente, en nombre de Cristo, la función sacerdotal en favor de los
hombres, para que los fieles se fundieran en un solo cuerpo» (3).
Configurado sacramentalmente con Cristo de forma
que pueda impersonarle, es decir, actuar in persona Christi et
nomine Ecclesiae, el sacerdote tiene una misión de naturaleza
estrictamente sagrada. El es el hombre de lo sagrado: el hombre del sacrificio
y del perdón de los pecados; el que habla en nombre de Cristo con poder de
interpelar a los hombres en nombre de Dios, con poder también de "atar y
desatar" en el tribunal de la penitencia; él tiene como tarea edificar a
la Iglesia en una forma insustituible y única, pues ejerce su "función
sacerdotal en favor de los hombres, para que los fieles formen un solo
cuerpo". El sacerdote es un hombre poseído y envuelto de una forma
particular por el misterio de Cristo y de la Iglesia, él está inmerso en el
misterio de Cristo Cabeza de la Iglesia, insertado en este misterio como el
sarmiento en la vid.
La radical novedad cristiana
La respuesta por el sentido del sacerdocio
cristiano encuentra su contexto adecuado, cuando se tiene presente la radical
novedad cristiana con respecto a toda otra religión. Esta radical novedad
estriba en el hecho de la Encarnación. Es Dios mismo quien se ha hecho hombre y
en la noche suprema de la Última Cena habló de tenernos unidos a sí mismo como
el sarmiento a la vid (cfr Jn 15, 1-7). Como escribe, Mons. Del Portillo, «este
rasgo --este progresivo acercamiento de Dios al hombre, esta gratuita apertura
al hombre de la intimidad divina-- caracteriza de modo propio y singular la
religión proclamada por Jesucristo, y la distingue radicalmente de cualquier
otra: el cristianismo, efectivamente, no es una búsqueda de Dios por el hombre,
sino un descenso de la vida divina hasta el nivel del hombre» (4).
En la religión cristiana, la iniciativa divina es
lo primero. Es Dios quien busca al hombre hasta el punto de hacerse Él mismo
hombre. En la salvación del hombre, la iniciativa, en todos sus aspectos, es
siempre divina. De ahí que el concepto vocación sea un concepto clave en el
cristianismo. Aún la primera conversión es ya respuesta a una llamada: a la
vocación a la fe. En este contexto de iniciativa divina se sitúa el sacerdocio
cristiano en su propia naturaleza, en la razón de su existencia y en su
actividad: iniciativa divina de ofrecer la salvación a la humanidad haciéndose
presente por medio de unos hombres, iniciativa divina con la que, de entre el
pueblo sacerdotal, elige a esos mismos hombres para hacerse presente en la
comunidad a través de ellos.
El sacerdote, alter
Christus
La sacralidad del sacerdote está caracterizada por
su relación a Cristo en su sacerdocio. En realidad, es toda la Iglesia la que
está relacionada a Cristo, el cual es esencialmente Mediador y Sacerdote. El
sacerdocio ministerial está al servicio de un pueblo que es todo él "gente
santa y sacerdocio real". La relación del sacerdocio ministerial con
Cristo es tan estrecha que los textos del Magisterio hablan de una
configuración del sacerdote con Cristo gracias a la cual él puede actuar en la
persona de Cristo Cabeza. Los presbíteros --dice el Concilio Vaticano II
recogiendo una expresión teológica de tradición multisecular--, por el
sacramento del orden, «son sellados con un carácter especial, y se configuran
con Cristo Sacerdote de tal modo que pueden actuar en la persona de Cristo
Cabeza» (5). Se trata, pues, de una configuración por la que el sacerdote es
poseído, abrazado, envuelto --transformado-- por y en Cristo Sacerdote y Cabeza
de la Iglesia, para servir sacerdotalmente a esa misma Iglesia. Una
configuración que lleva consigo que se pueda decir con toda verdad que el
sacerdote es alter Christus.
La afirmación de que el sacerdote es alter
Christus tiene una larga tradición en la teología y en el Magisterio de la
Iglesia (6). El Cardenal Mercier calificó esta expresión como "una especie
de adagio teológico" con el que la tradición cristiana expresa sus
sentimientos hacia el sacerdocio (7), y basa en este axioma gran parte de su
argumentación en torno a la santidad sacerdotal. El Magisterio usa esta
expresión con relativa frecuencia: unas veces exhortando a imitar a Cristo de
modo profundo; otras, en el interior de una concepción del sacerdocio centrada
en la unción sacerdotal y en el carácter y, en consecuencia, en la noción aneja
agere in persona Christi (8). El Concilio Vaticano II, aún sin usar
exactamente la expresión alter Christus, también tiene muy presente la
afirmación de la identificación del sacerdote con Cristo:
«Siendo, pues, que todo sacerdote representa a
su modo la persona del mismo Cristo, tiene también la gracia singular de -al
mismo tiempo que sirve a la grey encomendada y a todo el pueblo de Dios- poder
conseguir más aptamente la perfección de Aquél, cuya función representa, y que
sane la debilidad de la carne humana, la santidad de quien se hizo por nosotros
Pontífice "santo, inocente, inmaculado, apartado de los pecadores"
(Heb, 7,26)».
Proposiciones capitales del Concilio Vaticano II
Los estudiosos convergen en recalcar la nueva
perspectiva teológica que introduce el Concilio Vaticano II en el tema del
sacerdocio ministerial. Podríamos decir que se trata de una amplísima
perspectiva, que abarca numerosos campos. Desde luego, el centro es la
consideración del misterio de la Iglesia, tal y como se hace en la Constitución
Lumen gentium. En esta Constitución, como es sabido, la Iglesia es
considerada ante todo como misterio y también como pueblo sacerdotal, en el
cual se inserta el sacerdocio ministerial. El célebre número 10 de Lumen
gentium reviste una gran importancia para nuestro estudio. También es de
una gran importancia para nuestro tema el aprecio que se hace en esa misma
Constitución de las tareas seculares como dimensión en la que el hombre se
encuentra con Dios.
Yendo específicamente a la consideración teológica
del sacerdocio ministerial, el Concilio introduce un nuevo planteamiento
teológico con respecto a la teología anterior. El Vaticano II, como hace notar
Ramón Arnau, toma como punto de partida la sacramentalidad del episcopado y
desde aquí considera la sacramentalidad del presbiterado. A su vez, tanto el
episcopado como el presbiterado son considerados desde la misión de Cristo y de
los Apóstoles (cfr nn. 18-21) en la que se engloba también la relación con la
Eucaristía. En consecuencia, «por la ordenación, bien sea la episcopal o
presbiteral, que confiere el sacramento del orden, el ordenado queda
incorporado a la misión de Cristo y es revestido con el poder del Espíritu
Santo» (10).
En el texto conciliar se habla de la fuerza del
Espíritu Santo, de la configuración con Cristo, de la participación en su
misión. Con respecto al episcopado queda bien clara la fuerza transformadora de
la consagración en el obispo: ella confiere la plenitud del sacramento del
orden. «Enseña el Santo Sínodo que con la consagración episcopal se confiere la
plenitud del sacramento del orden» (11). Con respecto al presbiterado nos salen
al paso con frecuencia descripciones de su sacramentalidad con párrafos como
éste: «Por el Sacramento del Orden, los presbíteros son configurados a Cristo
Sacerdote como miembro con su Cabeza para la estructuración y edificación de
todo su Cuerpo, que es la Iglesia, como cooperadores del orden episcopal» (12).
Configuración con Cristo, edificación de la Iglesia
en cuanto cooperadores del orden episcopal aparecen siempre estrechamente
unidos, tan unidos, que a veces se habla de esta configuración con Cristo como
configuración con su misión. Esto es lo lógico, sobre todo en la perspectiva
del Concilio Vaticano II, que no es otra que la de considerar el sacerdocio
desde la perspectiva del ministerio apostólico. He aquí una de las
formulaciones de este mismo asunto ofrecidas más tarde en la Exhortación
Apostólica Pastores dabo vobis:
«El ministerio ordenado surge con la Iglesia y
tiene en los obispos y en relación y comunión con ellos también en los
presbíteros, una referencia particular al ministerio originante de los
Apóstoles, al cual sucede realmente, aunque el mismo tenga modalidades diversas»
(13).
Tiene una gran intencionalidad teológica la
observación de que el ministerio ordenado surge con la
Iglesia, de forma que sin él la Iglesia no subsistiría y, al mismo tiempo, ese
ministerio dice una relación tan esencial a la Iglesia, que sin estar al
servicio de ella no tiene sentido. En esta perspectiva, se puede decir que la
teología de nuestra época incorpora en una síntesis armónica la perspectiva
eucarística en que el Concilio de Trento consideró el sacerdocio y la perspectiva
misional en que la considera el Vaticano II. He aquí un texto entre otros
muchos, tomado del Catecismo de la Iglesia Católica:
«Nadie se puede dar a sí mismo el mandato ni la
misión de anunciar el Evangelio. El enviado del Señor habla y obra no con
autoridad propia, sino en virtud de la autoridad de Cristo; no como miembro de
la comunidad, sino hablando a ella en nombre de Cristo. Nadie puede conferirse
a sí mismo la gracia, ella debe ser dada y ofrecida. Eso supone ministros de la
gracia autorizados y habilitados por parte de Cristo. De Él reciben la misión y
la facultad [el "poder sagrado"] de actuar "in persona Christi
Capitis» (14).
El servicio a la comunidad sacerdotal es hablarle a
ella en nombre de Cristo sacerdote, con la autoridad de Cristo. En este
contexto de misión y de distinción con respecto a la comunidad se encuentra la
configuración con Cristo que hace al sacerdote actuar "in persona Christi
Capitis"
La actuación in persona Christi
El sacerdote es enviado para actuar en la comunidad
en nombre o persona de Cristo. Para comprender la profundidad de esta expresión
y la radicalidad de sus consecuencias con respecto a la sacralidad del
sacerdocio, conviene recordar que la expresión in persona Christi no
ha nacido como una frase piadosa para exaltar la "dignidad del sacerdocio
católico", sino como ineludible exigencia teológica basada en la íntima
estructura de la Mediación de Cristo. En efecto, precisamente porque la
mediación, el sacerdocio y el sacrificio de Cristo son únicos, el sacerdocio
ministerial ni hereda, ni sucede, ni se suma al sacerdocio del único Mediador;
las acciones ministeriales no son acciones que se añaden o se yuxtaponen a la
acción con la que Cristo reúne y santifica a su Iglesia, sino que son acciones
instrumentales a través de las cuales Cristo mismo sigue ejerciendo su
sacerdocio (15). Podemos decir que impersonar a Cristo y ser enviado, que
consagración y misión, son las dos caras de una misma y única moneda. Es Cristo
el único sacerdote: participar en su misión de servicio a la Iglesia implica la
configuración sacramental con Él y, a su vez, esa consagración sacramental es
participación en su ministerio sacerdotal. Es Cristo el centro y la razón del
sacerdocio cristiano; también la razón de su identidad y de su peculiar novedad
con respecto a todo otro sacerdocio.
La sacramentalidad del ministerio ordenado es un
hecho radicado en la novedad de Cristo y en la perfección del culto tributado
por Cristo al Padre. Esta perfección consiste precisamente en que Cristo ha
sustituido las ceremonias de la Ley antigua con el ofrecimiento de su propia
vida en el Calvario. Este acto de infinita caridad y obediencia es el acto
supremo del Mediador, que anuda en sí los demás actos y ministerios a través de
los cuales el Mediador ejerce su mediación. En consecuencia, el sacerdocio
ministerial no añade, ni puede añadir nada, a la mediación o al sacerdocio de
Cristo; sencillamente presencializa a Cristo en su Iglesia,
sirviéndole de instrumento. La expresión in persona Christi Capitis
significa esa estrecha relación entre el sacerdote y el Mediador.
No se encuentran palabras para expresar con
suficiente fuerza la misteriosa unión que se da --sobre todo en el momento
supremo de la renovación del Sacrificio del Calvario-- entre Cristo Sacerdote,
que se ofrece por manos de sus sacerdotes, y el sacerdote que en ese momento le
sirve de instrumento libre y consciente. El carácter sacramental con que es
sellado el sacerdote, al configurarle con Cristo, tiene como finalidad
posibilitar esta impersonificación de Cristo (16). Como escribe J. H. Nicolas,
«Jesús no tiene sucesor. Si toda la salvación está en Cristo, no se podrá
encontrar en los otros más que en la conformación con El, como dependiendo de
El en acto, cosa que es particularmente verdadera del sacerdocio: Cristo es el
único sacerdote, porque es el único mediador. El sacerdocio en la Iglesia no
puede concebirse de otra forma más que en función del de Cristo (...) La
mediación que ejerce el sacerdote ordenado en la acción sacramental
--especialmente en la celebración de la Eucaristía--, es la mediación de Cristo
visibilizada» (17).
En consecuencia, la respuesta a la pregunta por el
sentido del sacerdocio en una sociedad secularizada no puede ser otra que esta:
hacer presente a Cristo de forma que sea el mismo Cristo quien, a través del
sacerdote, ofrezca a su Padre el culto perfecto; ofrezca también su perdón, su
cuerpo y su palabra a los hombres: «Cristo Pastor está presente en el sacerdote
para actualizar continuamente la llamada a la conversión y a la penitencia, que
prepara la llegada del Reino de los Cielos (cfr Mt 4, 17). Está presente para
hacer comprender a los hombres que el perdón de las faltas, la reconciliación
del alma con Dios, no podría ser el fruto de un monólogo --por aguda que sea la
capacidad personal de reflexión y de crítica--, que nadie puede autopacificarse
la conciencia, que el corazón contrito ha de someter sus pecados a la
Iglesia-institución, al hombre-sacerdote, permanente testigo histórico en el
sacramento de la penitencia, de la radical necesidad que la humanidad caída ha
tenido del Hombre-Dios, único Justo y Justificador» (18).
Conviene insistir en que el sacerdote es
configurado con Cristo para que pueda actuar en persona de Cristo,
Cabeza y Pastor de la Iglesia, en la variedad de tareas que comporta su
quehacer sacerdotal, es decir, en toda la variada amplitud de su ministerio: no
sólo en la celebración del Santo Sacrificio, sino también en el sacramento del
Perdón, en el ministerio de la palabra, en la edificación de la Iglesia. El
texto citado hace un momento, hace hincapié en el ministerio del perdón con
todo lo que ello lleva consigo: llamada a la conversión, haciendo comprender a
los hombres que nadie puede por sí solo autopacificarse la conciencia y, en
consecuencia, poniendo de relieve la radical necesidad que el hombre tiene de
la redención en Cristo, una redención que no es resultado de una conquista
personal, que no es autoredención, sino que es donación gratuita y graciosa.
Quizás sea este uno de los temas que más crispan a
la sociedad secularizada: la llamada de atención sobre la pecaminosidad del
hombre y la afirmación de la imposibilidad de autorredención. Puede decirse que
esta rebelión es esencial a lo que caracteriza al secularismo: la exaltación de
la autonomía del hombre frente a toda otra existencia, incluso frente a la
existencia de Dios. Hay algo diabólico en esto. El joven Marx lo expresó con
brillantez cuando dijo que el único pecado que el hombre puede cometer es el
del arrepentimiento (19). Se comprende que la injusticia sea inseparable de una
sociedad así. Una sociedad, en efecto, en la que el arrepentimiento es
considerado como claudicación de la propia dignidad humana no sólo es injusta,
sino que se presenta incapaz de reparar las injusticias que comete. La opción
preferencial por los pobres se hace entonces especialmente urgente, totalmente
necesaria.
Al impersonar a Cristo, el sacerdote da
respuesta a los más íntimos anhelos del corazón humano y, a su vez, interpela a
los hombres y a la sociedad actual hacia la conversión interior. El
cristianismo es una oferta de "plenitud gratuita" al hombre, una
oferta que responde a las exigencias más íntimas sembradas por el Creador en el
corazón humano y, al mismo tiempo, las sobrepasa. En este sentido, el
cristianismo es respuesta válida a todas las cuestiones que se plantea el
hombre de nuestra época. Pero el sentido del sacerdocio no se limita al hecho
de dar respuesta a los interrogantes que se plantea el hombre; es además --y
primordialmente-- llamada a la conversión, cuestionamiento de las falsas
seguridades con que se autoengaña el hombre, derribamiento de idolatrías,
actualización de la llamada dirigida por Dios al hombre para hacerle hijo suyo
en Cristo mediante la gracia. El sacerdote es permanente testigo histórico de
la necesidad de la redención; es "actualizador" de esa redención que
proviene de la Cruz.
El sacerdocio ministerial en la misión de la
Iglesia
La expresión in persona Christi Capitis Ecclesiae
nos lleva a la consideración de que la razón de ser del sacerdocio está
relacionada indisolublemente con su servicio a la Iglesia. El sacerdote, en
palabras del Sínodo de los Obispos de 1971, «es el patrocinador tanto de la
primera proclamación del Evangelio para reunir la Iglesia, como de la
incansable renovación de la Iglesia ya congregada. Faltando la presencia y la
acción de su ministerio, que se recibe por la imposición de las manos junto con
la oración, la Iglesia no puede tener plena certeza de su fidelidad y de su
continuidad visible» (20).
El sacerdote es hombre de lo sagrado; puede
describirse también como un "hombre de Iglesia". La expresión puede
parecer imprecisa, pero entraña gran riqueza de significados: implica todo lo
que comporta la vida de un hombre que no tiene otro sentido que el servicio
ministerial a la Iglesia. La expresión de la actuación del sacerdote in
persona Christi suele ir acompañada de otra expresión también de honda
raigambre teológica a la hora de referirse al ministerio sacerdotal o a la
oración sacredotal: in persona, o más frecuentemente, nomine
Ecclesiae. Tomás de Aquino aquilató su significado con las siguientes
palabras: «En las oraciones de la misa, el sacerdote habla ciertamente in
persona Ecclesiae, en cuya unidad permanece. Pero en la consagración del
sacramento habla in persona Christi cuyas veces hace en esto en virtud
de la potestad de orden. Y, por tanto, el sacerdote separado de la unidad de la
Iglesia celebra la misa, porque no pierde la potestad de orden, consagra el
verdadero cuerpo y sangre de Cristo; pero, como está separado de la unidad de
la Iglesia, sus oraciones no tienen eficacia» (21).
Nótese que no se está hablando de la santidad del
sacerdote sino de su communio con la Iglesia. El mismo Santo Tomás lo
puntualiza en otro lugar: «El sacerdote pronuncia la oración en la misa en la
persona de toda la Iglesia de la que es ministro. Y este ministerio permanece
también en los pecadores (...) Por ello, en este sentido, es fructuosa la
oración del sacerdote pecador en la misa» (22). Como quedó aclarado desde el
rechazo del donatismo, la santidad de la Iglesia reconoce la validez del actuar
de sus ministros, incluso aunque sean pecadores. Por eso, en este asunto, la
cuestión estriba en la communio, no en la falta de santidad del
sacerdote.
Por el sacramento del orden, el sacerdote es
configurado con Cristo, es asumido misteriosamente por Jesucristo hasta el
punto de poder actuar in persona Christi; también actúa en muchos de
esos actos in nomine totius Ecclesiae. Como escribe Marliangeas, «no
se trata de dos referencias yuxtapuestas al mismo nivel. Siguiendo los textos,
aparece que la acción in persona Ecclesiae se sitúa en el interior
mismo de la acción in persona Christi, si se considera al Cristo
total. En efecto, en la acción in persona Christi en sentido estricto
el sacerdote representa a Cristo, Cabeza y Señor de la Iglesia; y en la acción in
persona Ecclesiae representa el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia (...) Y
esto por el hecho de actuar como representante de Cristo--Cabeza, y no por
cualquier delegación que venga de abajo, de los miembros de la Iglesia» (23).
En el ser sacerdotal, la dimensión eclesiológica es
inseparable de la dimensión cristológica. Y ambas son inseparables de la
referencia a lo sobrenatural, a Dios. Mons. Blázquez lo ha expresado con frase
feliz: «El sacerdote por su acción in persona Cristi expresa el sí
irrevocable de Dios a los hombres; y el actuar in persona Ecclesiae
significa el sí fiel de los hombres a Dios. Los dos movimientos no son líneas
asíntotas; se han encontrado en Jesucristo» (24). En efecto, es Jesucristo
quien dice ese amén a través de su Iglesia, y es la Iglesia, precisamente por
su unión esponsal con Cristo la que dice a Dios ese mismo amén en Jesucristo.
En estos dos amén, que forman uno solo,
encuentra su sentido el sacerdocio. El sacerdote, en efecto, no tiene otra
razón de ser que servir de instrumento a Cristo, para que siga ejerciendo su
sacerdocio en el tiempo, y ofertando la salvación en un amén constante
de donación de lo divino a los hombres; él sirve también de instrumento a la
Iglesia para decir su amén de respuesta a Dios. De una forma u otra en que se
considere este asunto, inmediatamente nos sale al paso el misterio, lo
sobrenatural, lo trascendente como dimensión esencial del sacerdocio. En otras
palabras, el misterio de la comunión de Dios con los hombres, es decir, el
misterio de la conversión interior y de la santidad. «La Iglesia --escribía el
Cardenal Wojtyla--, es consciente de que la santidad es, por decirlo así, su
razón más profunda de ser, que es la consecuencia fundamental de su misterio
interior, es decir, de su constitución divina» (25).
La edificación de la Iglesia
«Los presbíteros --dice Presbyterorum ordinis--,
ejerciendo según su parte de autoridad el oficio de Cristo, Cabeza y Pastor,
reúnen, en nombre del obispo, a la familia de Dios (...) Para el ejercicio de
este ministerio, lo mismo que para las otras funciones del presbítero, se
confiere potestad espiritual, que ciertamente se da para la edificación» (26).
He aquí una tarea propia del presbítero: edificar
la Iglesia. Todos los cristianos, al ser partícipes de la única misión de la
Iglesia, contribuyen a su edificación, a su crecimiento. El sacerdote no sólo
contribuye al crecimiento de la Iglesia, sino que lo hace en un modo especial:
edifica la Iglesia en una forma única e insustituible. Por eso nació con la
misma Iglesia. Él es el que da forma a una auténtica comunidad
cristiana. Lo afirma expresamente Presbyterorum ordinis, al hablar de
los deberes pastorales de los presbíteros: «El deber de pastor no se limita al
cuidado particular de los fieles, sino que propiamente se extiende también a la
formación de la auténtica comunidad cristiana» (27). No hay comunidad cristiana
en el sentido riguroso de esta expresión, si no es por el ejercicio del
sacerdocio ministerial.
Al llegar aquí hemos de volver los ojos una vez más
al acto supremo del ministerio sacerdotal: la celebración eucarística, pues «no
se edifica ninguna comunidad cristiana, si no tiene como raíz y quicio la
celebración de la sagrada Eucaristía» (28). Puede decirse que no existe
edificación posible de la Iglesia si no es por la Eucaristía por la que Cristo
se ofrece a Sí mismo y a todo su Cuerpo como ofrenda grata a Dios. Es decir, no
hay edificación de la Iglesia, si no es mediante el acto supremo del amén
de Cristo, que entraña y envuelve en sí el amen de la Iglesia.
Poco antes de ser elegido sucesor de Pedro, el
Cardenal Wojtyla, establecía las coordenadas teológicas que le sirviesen de
pórtico para hablar de la santidad sacerdotal en estas dos proposiciones: 1) El
sacerdote, hombre abrazado por el misterio de Cristo; 2) el sacerdote, hombre
que de una forma particular edifica la comunidad del Pueblo de Dios.
La consideración de hombre poseído por el misterio
de Cristo -escribe el Cardenal en este artículo significativamente publicado en
el primer número de "Seminarium"-, aunque también se puede aplicar a
los laicos en razón del sacerdocio bautismal, se aplica directamente al
sacerdote. El sacerdote, en efecto, se encuentra, por así decirlo, en el centro
del misterio de Cristo, que abraza constantemente a la humanidad y al mundo. El
sacerdote actúa in persona Christi, sobre todo, cuando celebra la
Eucaristía. El sacerdote, además, edifica la Iglesia en forma única e
insustituible en el sentido de que él no es sólo un hombre para los otros,
sino que ayuda a los otros a convertirse en comunidad, a vivir la
dimensión social de su fe y de su cristianismo» (29).
El Cardenal Wojtyla no se está refiriendo aquí
exclusivamente al ejercicio del sacerdocio en la celebración de la Eucaristía,
que es la clave cuando se habla de la peculiar forma en que el sacerdote
edifica la Iglesia; se refiere además a las otras tareas sacerdotales derivadas
de este ministerio con las que el sacerdote también edifica la Iglesia en la
forma en que le es propia. Pensemos, p. e., en el ministerio de la palabra, que
el sacerdote ejercita también in persona Christi, un ministerio por el
que convoca a los hombres y los congrega en el pueblo de Dios. En consecuencia,
el sacerdote, cualesquiera que sean las circunstancias en las que se encuentre,
lleva siempre consigo la responsabilidad de ser representante de Jesucristo
Cabeza de la Iglesia, y no hay esfera de su vida o de su actividad que escape a
esta exigencia de totalidad (30).
Consagración y misión
En una conocida entrevista de la revista
"Palabra", P. Rodríguez preguntaba al fundador del Opus Dei qué rasgo
destacaría en la figura del presbítero tal y como es descrita en el Decreto Presbyterorum
ordinis: «Acentuaría un rasgo de la existencia sacerdotal que no
pertenece precisamente a la categoría de los elementos mudables y perecederos.
Me refiero a la perfecta unión que debe darse --y el Decreto Presbyterorum
ordinis lo recuerda repetidas veces-- entre consagración y
misión del sacerdote: o lo que es lo mismo, entre vida personal de piedad y
ejercicio del sacerdocio ministerial, entre las relaciones filiales del sacerdote
con Dios y sus relaciones pastorales y fraternas con los hombres. No creo en la
eficacia ministerial del sacerdote que no sea hombre de oración» (31).
La respuesta es directa. El rasgo elegido es la
"perfecta unión" que debe darse en la vida del sacerdote entre
consagración y misión ya que la unión de estas dos dimensiones caracteriza su
figura teológica. Se trata de dos dimensiones que resultan inseparables. La
respuesta muestra un profundo conocimiento del Decreto "Presbyterorum
ordinis". En él se dice ya desde el comienzo que Cristo eligió a algunos
para que tuvieran el poder sagrado del orden para ofrecer el sacrificio y
perdonar los pecados, haciéndoles partícipes de su consagración y misión (32).
Lo destacable es, pues, la unión entre estos dos elementos o estas dos
coordenadas del ser y de la existencia sacerdotal. Se trata de auténtica unión;
no de una simple yuxtaposición.
El orden del binomio tampoco es casual:
consagración y misión. La misión dimana de la consagración y a su vez la
consagración es ya misión, pues hace participar en la misión de Cristo. Es lo
que dice el decreto Presbyterorum ordinis: Ideo mittunur quia
consecrantur. Como se dice en Hbr 5, 1-6, el sacerdote, elegido entre
los miembros del Pueblo Sacerdotal de Dios, participa, por una nueva y peculiar
consagración, del sacerdocio ministerial del mismo Cristo. Y como consecuencia
de esa participación en el sacerdocio ministerial de Cristo, el presbítero es
destinado a la misión de evangelizar, santificar y gobernar, en comunión jerárquica
con los obispos, al Pueblo de Dios (33). El binomio consagración y misión se
destaca como clave de lectura del decreto Presbyterorum ordinis (34).
En Presbyterorum ordinis se responde con este binomio al interrogante
en torno a la naturaleza del presbiterado, planteado como consecuencia del
notable desarrollo simultáneo de la doctrina sobre el Episcopado y sobre el
sacerdocio común de los fieles. La pregunta que había que responder es la
siguiente: ¿cuál es exactamente el papel de los Presbíteros en la única misión
de la Iglesia, cual es el valor y el significado de su sacerdocio? Desarrollada
la teología del episcopado y del laicado, era necesario destacar la identidad
del sacerdocio ministerial, describiendo su situación eclesial en su concreta especificidad.
Esto es lo que hace el Concilio al destacar la consagración ministerial como el
origen y el marco de la identidad sacerdotal. Esta nueva configuración con
Cristo otorga al sacerdocio de los presbíteros su distinción del de los obispos
y su distinción del sacerdocio de los fieles. Su distinción y su unidad, ya que
su sacerdocio es, por propia naturaleza, cooperador del sacerdocio episcopal
-está religado a la plenitud sacerdotal y a la misión de los Obispos de los que
son cooperadores, y, al mismo tiempo está inserto y al servicio del sacerdocio
de los fieles.
Los sacerdotes, ministros de Cristo
Presbyterorum ordinis adopta
el tradicional esquema tripartito del ministerio sacerdotal --ministerio de la
palabra, de los sacramentos, y de gobierno--, adoptado ya en Lumen gentium.
Sin embargo, no conviene perder de vista la estrecha unidad en que son
contempladas por el Concilio estas tres funciones del presbítero: es en el
ejercicio del ministerio todo entero --en sus diversas funciones, no en una sola--,
donde el sacerdote encuentra su santidad. Para evitar falsas antinomias o
subrayados excesivos en alguna de estas funciones, conviene poner de relieve la
unidad del ministerio, unidad que se deriva de la misma unidad con que se
entrelazan en Cristo. También de la unidad de la misión de la Iglesia. Se trata
de una unidad tan estrecha que, para ponerla de relieve, algunos autores
utilizan la expresión un único ministerio y diversas funciones (36).
Cuando en el nº 14 presente Presbyterorum
ordinis cuál es la virtud que dará unidad a la vida del presbítero, la
definirá como la caritas pastoralis, por la que el sacerdote se
identifica al Corazón de quien es Pastor por su propia naturaleza. Presbyterorum
ordinis ha dado un ejemplo de equilibrio y precisión: ha mostrado con esta
sencilla frase la coincidencia del presbítero con todos sus hermanos
cristianos. Su perfección está en el amor, en la caridad. Y al mismo tiempo
pone de relieve lo que especifica esa caridad, lo que la individualiza
o personaliza en el sacerdote: el que se trata de un amor propio de
pastor.
Precisamente porque el ceñidor de la perfección
en el presbítero es la caridad pastoral, es decir, el amor cristiano matizado
con las irisaciones correspondientes a quien es pastor por consagración sacramental,
es lógico que el ministerio de los presbíteros sea visto no sólo como expresión
de ese amor, sino como el lugar en que ese amor aumenta. Se trata de un lugar
insustituible, de forma que, el cristiano identificado sacramentalmente
con Cristo Sacerdote mediante el Orden, encuentra en el ejercicio del
ministerio la expresión adecuada de su amor de pastor. Y, al mismo tiempo, su
caridad cristiana será falsa, si no tiene el matiz de pastoral, un
matiz que se expresa mediante el ministerio
La communio
También aquí aparece nuevamente la importancia de
una realidad que debe estar presente en todo el quehacer sacerdotal: la communio.
El sacerdote es el hombre de la unidad y reconciliación de los hombres
con Dios y de los hombres entre sí. Es, por eso, hombre de la communio;
el hombre que reúne, no el que dispersa; el hombre que
edifica la Iglesia en esa forma especial y única que hemos visto destacar al
Cardenal Wojtyla.
Se comprende la insistencia del Magisterio y muy
particularmente de Presbyterorum ordinis en la unión del sacerdote con
el obispo y con el propio presbiterio. Esta insistencia está fundada en
evidentes razones teológicas: en la íntima naturaleza del sacerdocio de Cristo,
al cual está configurado el presbítero; en la naturaleza del ministerio que
ejerce, el cual tiene como centro la celebración de la Santa Misa, en la que la
communio llega a su máxima realización; en las exigencias pastorales
que comporta la edificación de la Iglesia. La insistencia en la communio
no está basada en motivos de "eficacia" o de "orden
público", sino que viene exigida por la íntima naturaleza de la
consagración y de la misión, que tienen como sentido la edificación de la
comunión en la Iglesia (37). En este marco ha de entenderse que la unidad con
el obispo y la fraternidad sacerdotal tienen una importancia mayor de lo que
somos capaces de expresar. Las manifestaciones tangibles de esta communio
forman parte nuclear de la teología del sacerdocio y, en consecuencia, de la
espiritualidad del pastor (38). Y es que la Iglesia, en su núcleo esencial y
definitivo, es comunión con la vida íntima de Dios que es, en sí misma,
comunión interpersonal. De esta realidad divina, la Iglesia histórica es el
sacramento, el signo visible, lo que implica un deber ser en el ámbito
de las instituciones, de las normas jurídicas, de las estructuras pastorales
que la constituyen en su realidad concreta. El ser está asegurado por
su estructura fundamental de origen divino; el deber ser, en cambio,
es tarea y responsabilidad de los hombres de la Iglesia y, particularmente, de
aquellos que, en virtud de su ministerio edifican la Iglesia.
Notas
(1) Cfr J.L. Illanes, Identidad y
espiritualidad del sacerdocio ministerial, "Revista Católica
Internacional Communio" 12 (1990), 396.
(2) J. Anouilh, Antigone, en
"Nouvelles pièces noires", París 1946, 177.
(3) Conc. Vaticano II, Decr. Presbyterorum
ordinis, n. 2.
(4) A. Del Portillo, Escritos sobre el
sacerdocio, Madrid 1970, 108.
(5) Conc. Vaticano II, Decr. Presbyterorum
ordinis, n. 2.
(6) Cfr G. Rambaldi, "Alter
Christus", "in persona Christi", "personam Christi
agere". Note sull'uso di tali e simili espressioni nel magistero da Pio XI
al Vaticano II, e il loro riferimento al carattere, en "Teología del
sacerdocio", V, Burgos 1973, 211-264; R. Gerardi, "Alter
Christus": la Chiesa, il cristiano, il sacerdote,
"Lateranum" 47 (1981) 111-123; A. Elberti, Il sacerdozio regale
dei fedeli nei prodromi del Concilio Vaticano II (1903-1962) P.U.G., Roma,
1989. Cfr también E. Mersch, Le Corps mystique du Christ,
París-Bruselas 1936, p. 461. Cfr también D.J. Mercier, La vie interieur,
Lovaina 1934, p. 143.
(7) Cfr D.J. Mercier, La vida interior,
Ed. Políglota, Barcelona (sin fecha), 130; Antonio Aranda, El cristiano,
"alter Christus, ipse Christus" en el pensamiento del Beato Josemaría
Escrivá de Balaguer, cit., 151-156.
(8) He aquí algún ejemplo: "...alter Christus
est, cum eius gerat personam..." (Pío XI, Enc. Ad catholici sacerdotii,
AAS 28 (1936) 10). Más textos en A. Aranda, o.c., 138-156.
(9) Cfr PO, n. 12.
(10) R. Arnau, Orden y
ministerios, Madrid 1995, 162.
(11) Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium,
n. 21.
(12) Conc. Vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis,
n. 12.
(13) Juan Pablo II, Exh. Pastores dabo vobis,
n. 16.
(14) CEC, n. 875. El Catecismo continúa señalando
que se trata de un don de Dios al que la tradición de la Iglesia lo llama
sacramento.
(15) He estudiado esta cuestión con mayor
detenimiento, aduciendo la bibliografía al caso, en mi trabajo El
ministerio, fuente de espiritualidad sacerdotal, en VV. AA., La
formación de los sacerdotes en las circunstancias actuales, Pamplona,
1990, 383-428.
(16) Las frases del Concilio Vaticano II son
verdaderamente exactas: los sacerdotes, "speciali charactere signantur et
sic Christo Sacerdoti configurantur, ita ut in persona Christi Capitis agere
valeant" (Decr. Presbyterorum ordinis, n. 2).
(17) J.H. Nicolas, Synthèse
dogmatique, París 1986, 1077 y 1089.
(18) A. Del Portillo, Escritos sobre el
sacerdocio, cit., 114-115.
(19) En La sagrada familia, comentando la
célebre novela "Los misterios de París", cuando se llega a la
conversión de Flor de María, que se arrepiente de su vida de prostitución, dirá
Marx que cambió "la conciencia humana, soportable, de la degradación"
por la "conciencia cristiana, y, en consecuencia, insoportable, de una
abyección infinita". (cfr M.A. Tábet, A. Maier, K.Marx-F.Engeles: La
sagrada familia y la ideología alemana, Madrid 1976, 111-112).
(20) De sacedotio ministeriali, AAS, 68
(1971) 906.
(21) STh., III, q. 82, a. 7, ad
3.
(22) Ibid., II-II, q. 83, a. 16, ad 3.
(23) Cfr B.D. Marliangeas, Clés pour une
théologie du ministère. In persona Christi. In persona Ecclesiae, París
1975, 240.
(24) R. Blázquez, La relación del presbítero
con la comunidad, en VV. AA., Espiritualidad del presbítero diocesano
secular, Madrid 1987, 323.
(25) K. Wojtyla, La sainteté sacerdotale comme
carte d'identité, "Seminarium" 30 (1978) 171.
(26) Conc. Vaticano II, Decr. Presbyterorum
ordinis, n. 6.
(27) Ibid.
(28) Ibid.
(29) K. Wojtyla, l.c., 177.
(30) Cfr A. Del Portillo, l.c., 117.
(31) J. Escrivá de Balaguer, Conversaciones con
Mons. Escrivá de Balaguer, n. 3.
(32) Cfr Conc. Vat. II, Decr. Presbyterorum
ordinis (7.XII.1965), n. 2.
(33) Cfr A. del Portillo, Escritos sobre el
sacerdocio, Madrid 1970, 150-151.
(34) Dediqué a esos escritos una nota en
"Scripta Theologica". Cuando quise sintetizar el contenido no
encontré mejor título que el de consagración y misión. Cfr Consagración y
misión, ScrTh 3 (1971) 169-179.
(35) La frase conciliar es clara: "Per ipsas
enim cotidianas sacras actiones, sicut et per integrum suum ministerium, quod
cum Episcopo et Presbyteris communicantes exercent, ipsi ad vitae perfectionem
ordinantur" ( Presbyterorum ordinis, n. 12).
(36) "La función única del ministerio
--escribe Kasper-- se desdobla en numerosas funciones concretas. Estas
funciones concretas se derivan orgánicamente de la única misión fundamental: el
servicio a la unidad de la Iglesia (o la comunidad)" (W. Kasper, Nuevos
matices en la concepción dogmática del ministerio sacerdotal,
"Concilium" 43 (1969), 385.
(37) "La comunión eclesial --decía el Cardenal
Godfried Daneels-- no puede ser reducida a cualquier otra forma de comunidad:
familia, cultura, nación o simplemente comunidad humana (...) En la Escritura
la expresión commmunio sanctorum tiene un triple sentido. El primero es
místico: es la comunión con Dios; el segundo es sacramental y eucarístico: es
la comunión con Cristo; el tercer sentido es eclesiológico; es la comunión de
las Iglesias" (G. Daneels, Una eclesiología de comunión, en VV.
AA., Iglesia universal, Iglesias particulares, Pamplona 1990, 726).
(38) Cfr P. Rodríguez, La comunión dentro de la
Iglesia local, en VV. AA., Iglesia local, Iglesias particulares,
cit., 469-495.