La Formación de los catequistas

Prof. Stuart C. Bate OMI

(Congregação do Clero)

1ª Parte. Consideraciones generales

A comienzos de su pontificado, Juan Pablo II escribió estas palabras:

En nombre de toda la Iglesia quiero daros las gracias a vosotros, catequistas parroquiales, hombres y, en mayor número aún, mujeres, que en todo el mundo os habéis consagrado a la educación religiosa de numerosas generaciones de niños. Vuestras actividad, con frecuencia humilde y oculta, mas ejercida siempre con celo ardientes y generosos, en una forma eminente de apostolado seglar, particularmente importante, allí donde, por distintas razones, los niños y los jóvenes no reciben en sus hogares una formación religiosa conveniente. En efecto, ¿cuántos de nosotros hemos recibido de personas como vosotros las primeras nociones de catecismo y la preparación para el sacramentos de la reconciliación, para la primera comunión y para la confirmación? (CT 66).

El servicio de la catequesis, a menudo oculto y poco reconocido, es, de hecho, el centro de la misión de la Iglesia. Es en ella, donde un poderoso ejército del puedo de Dios, los que son la sal de la tierra, hacen su contribución cristiana que ayuda a transformarnos a todos nosotros. Los catequistas han sido llamados ‘especialistas, testigos directos y evangelizadores irremplazables que ... representan la fuerza básica de las comunidades cristianas especialmente entre los iglesias jóvenes’ (RM 46). Es una fuerza que la Iglesia necesita, ya que, en un mundo cada vez más multifacético e interconectado, la comunicación efectiva de la fe es una cuestión cada vez más compleja. De ahí la exacerbada necesidad de una formación sólida y adecuada de los catequistas en todos los niveles de la Iglesia. La ‘formación de los catequistas en las profundas riquezas de la fe’ es una ‘tarea primordial’ de la catequesis y la formación es uno de los elementos esenciales que permite a la catequesis ‘expresar su vitalidad y ser eficaz’ (GDC 33).

La Formación en la vida de la Iglesia

El Santo Padre nos recuerda que ‘el centro de la catequesis encontramos esencialmente una Persona, la de Jesús de Nazaret’ (CT 5). Siguiendo a Jesús a los largo del camino, el Espíritu Santo sigue abriéndonos su presencia y nos forma suavemente para ‘reflejar y gozar con plenitud’ de la imagen de Dios por la que hemos sido creados (Cfr. Catequesis para Adultos...11; RM 46). Los esfuerzos de la catequesis deben reflejar siempre la relación que tenemos con Jesús. Debe ayudarnos a todos nosotros a profundizar el conocimiento y la expresión de dicha relación.

La formación es un proceso que abarca todas las dimensiones de la vida. De hecho forma parte del proyecto de toda la vida de la comunidad cristiana en su seguimiento a Jesús. Sin embargo, seguir a Jesús no quiere decir necesariamente copiar exactamente su vida. Sino que significa hacer una elección de vida, comenzando por nuestro nuevo potencial y en el sitio en el que nos encontramos. Por este motivo la formación tiene que estar arraigada en un contexto humano y por ello la Iglesia local debe asumir la responsabilidad de la misma. Es una exigencia de la encarnación: un salvador que nos amó tanto que puso su morada entre nosotros (Jn 3:16; 1:14). La encarnación de la Palabra en Jesús es una garantía de que el cuerpo de Cristo es un cuerpo vivo de aquellos que han nacido ‘por la carne y el Espíritu’ (Jn 3:17). La formación afecta a la vida humana vivida en comunidad, redimida por Cristo y que camina en el Espíritu. El Directorio General para la Catequesis habla de esto refiriéndose a ‘camino hacia la perfección’ en el que los ‘bautizados, movidos siempre por el Espíritu, alimentados por los sacramentos, la oración y la práctica de la caridad y asistidos por múltiples formas de formación permanente en la fe, intentan realizar el deseo de Cristo: "Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto". Es esta la llamada a la plenitud de la perfección dirigida a todos los bautizados’ (DGC 56).

El Papel de la Iglesia local en la formación de catequistas

La formación de los catequistas es responsabilidad de las iglesias locales (Cfr. DGC 232; Catequesis Adultos... 80). Esta responsabilidad es una de las tantas tareas confiadas a la iglesia local para asegurar la pastoral adecuada de los catequistas. Otras de las tareas son, la promoción de las vocaciones para la catequesis, animar a los especialistas entre los catequistas y proporcionar animadores de catequesis a nivel diocesano, regional y parroquial. Se pide a los obispos que intenten mejorar la calidad y profundidad de las actividades de la iglesia local en cuanto a la catequesis, intentando asegurarse de que se emplea a algunos catequistas a tiempo completo. Además de estas responsabilidades para la pastoral, las iglesias locales debe asegurarse de que los catequistas están adecuadamente atendidos, lo que implica crear unos mecanismos para ‘atender las necesidades personales y espirituales de los catequistas así como al grupo de catequistas como tal’. Estas tareas se confían a menudo a los sacerdotes de las parroquias donde trabajan los catequistas (DGC 233).

Aunque a todos los cristianos se nos llama a ser responsables de la catequesis, algunos son llamados especialmente y reciben para ello una formación más activa para su servicio como catequistas. Estos catequistas son miembros de la iglesia local. Para ser reconocidos como catequistas, las personas deben seguir un curso de formación y recibir el mandato eclesial para este servicio (DGC 221). El obispo otorga este mandato, ya que los obispos son: ‘por encima de todos, los responsables primordiales de la catequesis, son los catequistas por excelencia’ (CT 63). Del mismo modo, el obispo es responsable fundamentalmente de asegurar la formación efectiva de los catequistas. Esto incluye el desarrollo de programas de formación así como la inclusión de las condiciones socioculturales locales.

La tarea de desarrollar y dirigir los programas de formación se confía a menudo a especialistas dentro del Iglesia local o la parroquia, aunque la responsabilidad de la dirección general sigue recayendo sobre el obispo. Los que organizan los programas y cursos de formación, los formadores, han de ser reconocidos, por lo tanto, como representantes del obispo. Esta relación significa el respeto mutuo y el compromiso son cuestiones importantes. El obispo no renuncia a su responsabilidad del programa cuando la delega en otros. Del mismo modo, los formadores ponen en juego sus propios dones y talentos para que el proceso de formación sea fructífero y no deben pensar que la formación es un esfuerzo o una misión personal. Esto ayuda a fomentar un sistema de responsabilidad mutua entre los que imparten la formación en la iglesia local y en la región eclesial y las autoridades eclesiásticas. Por lo tanto, es esencial que se mantengan contactos regulares entre las autoridades eclesiales y lo organizadores de los programas de formación. En esas reuniones, los formadores deben informar sobre los programas comenzados por ellos y esperan de los obispos que les hagan comentarios adecuados que les faciliten la aplicación práctica del programa (Cfr. DGC 223).

Las cualidades humanas de los catequistas

No todo el mundo es capaz de desempeñar la función de catequista en la comunidad. La comunidad cristiana, en particular, debe procurar discernir qué personas tienes las cualidades humanas y espirituales apropiadas para este servicio. La madurez y una fe activa son esenciales en aquellas personas que deseen catequizar a los demás. El motivo de esto es que la madurez humana y el compromiso espiritual son los cimientos esenciales sobre los que se asienta la formación cristiana. Por consiguiente, los catequistas han de ser elegidos entre aquellos que tienen una fe adulta y que viven esta fe en el contexto de la comunidad eclesial con la que estén comprometidos (Cat. Adult... 71-72). La primera forma de catequesis es el testimonio de una vida cristiana comprometida con la comunidad. De hecho, la esencia de la formación de catequistas es ‘idéntica a la del cristiano adulto’ (Cat. Adult... 78).

2ª Parte. Aspectos específicos de la formación como catequista

La formación específica de los catequistas comprende diferentes dimensiones. Me limitaré a hacer una mención breve a las dimensiones principales.

Una llamada al servicio

En el bautismo, todos los cristianos reciben la vocación a comunicar al fe en la que han sido recibidos. Esta llamada se refuerza mediante la confirmación. Durante la visita Ad limina de los obispos de los Estados Unidos en 1998, el Santo Padre les pidió que ‘animen a los catequistas a que consideren su trabajo como una vocación: como el privilegio de compartir la misión de traspasar la fe y la proclamación de la esperanza que están en nosotros’ (en Hoyos 1998). De hecho, como resultado de su relación con Jesús, muchos laicos experimentan la llamada a un servicio especial como catequistas en la Iglesia y desean comprometerse más de lleno como catequistas. Uno de los aspectos importantes de la formación es el de profundizar la relación con el Señor de modo para poder clarificar la naturaleza de la llamada. De esta manera, se puede expresar con más plenitud en el compromiso aceptado con la actividad misionera de la catequesis. Esto llevará a la profundización de otros aspectos de la formación como por ejemplo la formación inicial y los conocimientos requeridos para la catequesis y el ahondar permanente en la vocación para actualizarla (DGC 231).

El propósito de la formación

El propósito de la formación es ampliar la capacidad de los catequistas para comunicar la Buena Noticia de la salvación y las enseñanzas de la Iglesia (DGC 235-6). Comunicación no es simplemente la organización de ideas y enseñanzas. Implica igualmente que se oiga un mensaje, que sea recibido y aceptado de la forma en que fue concebido. Por este motivo, la verdadera comunicación incluye entablar relaciones y construir comunidades. La comunión es la base de la comunicación. La comunicación efectiva implica también que los catequistas deben ser líderes y animadores y no meros participantes. La formación debe ayudar a los formandos a desarrollar valores y capacidades. Ahora bien, el liderato no es la imposición de la propia voluntad a las personas sino más la capacidad de inspirar confianza en un grupo para que confíen en la visión del catequista y en su capacidad de llevarlos por la senda del Señor. Los catequistas deben ser también animadores con capacidad para delegar en otras personas de la comunidad. Los animadores ayudan a las personas a reconocer la presencia de Dios entre ellos y los animan a la participación activa en la vida de la Iglesia. Estos ejemplos demuestran que la comunicación del mensaje cristiano es una realidad compleja, con dimensiones espirituales, doctrinales, antropológicas y metodológicas y nos ayudan a entender por qué los programas de formación de catequistas deben abordarlas todas (Hoyos 1998).

Formación espiritual

El centro de la formación es el Espíritu Santo, que ‘continuará en el mundo, mediante la Iglesia, la obra que la Bueno noticia de la salvación’ (DeV 3). Es el maestro de ‘todas las cosas y les recordará todo lo que yo os he dicho’ (DeV 4). Por esta razón, la formación espiritual es esencial para el desarrollo de los catequistas, ya que están llamados a ser personas del Espíritu capaces de discernir su presencia mediante la oración y la devoción y dar frutos en sus relaciones interpersonales, el compromiso social, la enseñanza y la celebración de la vida cristiana en la liturgia. El fin de la formación cristiana es ‘reforzar la convicción, abrir nuevas perspectivas y animar a la perseverancia en la oración y en sus obligaciones de seguir a Cristo’ (DGC 71).

Formación intelectual y teórica

Una formación real ha de contener siempre componentes intelectuales y teóricos, porque los catequistas deben ser capaces de presentar las verdades de fe de modo convincente y amplio. Este componente es particularmente importante para ayudar a los catequistas a responder a los desafíos intelectuales que amenazan al cristianismo en la actualidad (Cat. Adultos... 79; DGC 240). El centro ha de ser la palabra de Dios y la teología, que ayuda a desarrollar sistemáticamente los temas cristianos y a mostrar su coherencia. El Catecismo para la Iglesia Católica constituye una herramienta muy valiosa para la investigación teológica. Además de esta formación teológica, es cada vez más importante proporcionar a los catequistas una sólida formación intelectual en humanidades, especialmente en psicología y ciencias sociales. Estas disciplinas, presentadas de manera práctica, pueden ser útiles para el desarrollo de enfoques adecuados para la inculturación de la fe y el desarrollo de respuestas pastorales a cuestiones sociales de nuestros tiempos como el SIDA y la pobreza (DGC 242).

Aspectos prácticos y metodológicos de la formación

Los programas de formación han de prestar atención a la metodología. En primer lugar, los programas deben ser sistemáticos. Se deben establecer objetivos claros para el programa en su conjunto y para los módulos. De esta manera, será mucho más claro adoptar un enfoque holístico. Los programas de formación no deben ser una serie de cursos académicos. La misión de los catequistas es un servicio práctico y pastoral en la Iglesia, y por este motivo gran parte de su formación debe centrarse en dotarlos de conocimientos prácticos para realizar su trabajo. Los obispos están obligados a asegurar ‘que los catequistas están bien preparados para esta tarea’ que exige, entre otras cosas, que posean ‘un conocimiento práctico y teórico de las leyes de la psicología y los métodos educativos’ (DGC 223). La formación de catequistas debe tener en cuenta los grupos específicos de personas a las que catequizarán y proporcionar formación sobre las diferencias de enfoque, por ejemplo, con los niños, adolescentes o adultos. La catequesis de adolescentes, por ejemplo, es de diferente en alguna medida de la de los niños más pequeños. Los adolescentes están pasando de la niñez a la edad adulta. En esta fase, hay cuestiones en este sentido que son importantes, como la autonomía, y el papel del catequista ha de ser más el de un mentor o animador y no tanto el de un profesor. Muchas culturas africanas exigen a los jóvenes pasar poderosos rituales de iniciación. Los programas de catequesis que tienen en cuenta, por ejemplo, el contexto sociocultural de los participantes, pueden toparse con dificultades o ser rechazados por los que reciben la catequesis.

Inculturación de la formación

‘El siembra sabe que la semilla cae en suelas determinados y que debe absorber todo los elementos que le permitan dar frutos’ (DGC 20). El lugar de la catequesis es una comunidad humana inmersa en el mundo de la cultura. Por consiguiente, la cuestión de la inculturación está siempre presente en la catequesis aunque se reconozca o no. Por este motivo, la inculturación de la formación es un componente siempre necesario en la formación de los catequistas. Esto significa que los formadores y los directores de los programas de formación deben tener en cuenta el medio social del que provienen los catequistas y en el que trabajarán. Y esto puede significar también algún tipo de inserción en el medio social y su realidad como parte integrante de la formación a nivel práctico o de trabajo de campo. En este sentido, reflexionar sobre estas experiencias puede formar parte de la adquisición práctica y efectiva de conocimientos sociales y culturales para la catequesis. El compartir entre catequistas formados y en formación estas cuestiones que provienen de la vida diaria de la comunidad cristiana pueden ser una buena herramienta para ayudar a que los catequistas aprendan como tratar estas cuestiones en un contexto eclesial local.

En África se han creado muchos centros de formación pastoral que incorporan programas de formación adaptados localmente. En Zimbabwe se está llevando a cabo un estudio para conseguir unos programas de formación de catequistas más efectivos. Este es también un signo de que la catequesis es un trabajo que no acaba nunca. Forma parte de la Misión encargada por Jesús de ir a hacer discípulos , en cuya misión el está con nosotros ‘hasta el final de los tiempos’ (Mt 28:20).

 

 

 

Obras consultadas

Catequesis para adultos en la comunidad cristiana; principios y pautas. Consejo Internacional para la Catequesis (COINCAT). Ediciones San Pablo, 1990.

CIC Catecismo de la Iglesia Católica.

CT Catechesi Tradendae. Exhortación apostólica de Juan Pablo II, 16 de octubre de 1979.

DeV Dominum et vivificantem Carta encíclica del Supremo Pontífice, Juan Pablo II, sobre el Espíritu Santo en la vida de la Iglesia y en el Mundo. 18 de mayo de 1986.

GDC Directorio General para la Catequesis. Congregación para el Clero, Ciudad del Vaticano, 1997.

Hoyos, D Castrillon. El Papel de los Sacerdotes en la Catequesis. 15 de noviembre de 1998.

R M Redemptoris Missio Carta encíclica del Papa Juan Pablo II, sobre la Validez permanente del mandato misionero de la Iglesia, 8 de diciembre de 1990.

 

 

 

Stuart C Bate OMI

Johannesburgo

Diciembre de 2003