Relación
anterior a la discusión de la asamblea sinodal
Pronunciada por el
cardenal Scola, relator general
CIUDAD DEL VATICANO, lunes, 3 octubre 2005
(ZENIT.org).- Publicamos la «relación anterior a la discusión» de la asamblea
del Sínodo pronunciada en latín en la mañana de este lunes por el cardenal
Angelo Scola, relator general de esta asamblea sinodal sobre
INTRODUCCIÓN
Eucaristía: la libertad de Dios va al encuentro
de la libertad del hombre.
I. Asombro eucarístico
II.
III.
CAPÍTULO PRIMERO
El novum del culto cristiano
I. La “logikē latreia” (Rm 12, 1)
II. El valor del rito eucarístico
III. La celebración eucarística hace
1. Una primera confirmación: el Obispo,
liturgo por excelencia
2. Una segunda confirmación: la naturaleza
del templo cristiano
3. Una tercera confirmación:
¿“Intercomunión”?
CAPÍTULO SEGUNDO
La acción eucarística
I. Elementos distintivos de la celebración
eucarística
1. Inseparable unidad de liturgia de la
palabra y liturgia eucarística
a. El don eucarístico: ni derecho ni posesión
a1. Asambleas dominicales en espera de
sacerdote
a2. Viri probati?
2. Adoración
3. Actitud de confesión y penitencia
a. Los divorciados y casados nuevamente y la
comunión eucarística
4. Ite missa est
II. Ars celebrandi y actuosa participatio
CAPÍTULO TERCERO
Dimensión antropológica, cosmológica y social
de
I. Dos premisas
1. Eucaristía y evangelización
2. Eucaristía, interculturalidad e
inculturación
II. Dimensión antropológica de
III. Dimensión cosmológica de
IV. Dimensión social de
CONCLUSIÓN
La existencia eucarística en los sufrimientos
contemporáneos
I. Exposición sintética
II. Un auspicio final
INTRODUCCIÓN
Eucaristía: la libertad de Dios va al
encuentro de la libertad del hombre
I. Asombro eucarístico
Cuando celebramos
(Lc 24, 31) [1]. Por esto Juan Pablo II
afirma que la acción eucarística suscita asombro [2]. El asombro es la
respuesta inmediata del hombre a la realidad que lo interpela. Manifiesta el
reconocimiento que la realidad le es amiga, es un positivo que encuentra sus
mismas expectativas constitutivas. San Pablo, escribiendo a los Romanos, explica
la razón: la realidad custodia el designio bueno del Creador. A tal punto que
el Apóstol ha podido decir sobre los hombres que “se ofuscan en sus
razonamientos y su insensato corazón se entenebreció” que son “inexcusables”
porque “habiendo conocido a Dios” desde el momento en que “desde la creación
del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno
y su divinidad”, “no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias” (cfr. Rm
1, 19-21)
Incertidumbre y temor, en cambio, pueden
presentarse en un segundo tiempo en la experiencia del hombre, cuando, a causa
de la finitud y del mal, en él se abre paso el miedo a que la positividad de la
realidad no permanezca.
Así, por una parte, la acción eucarística,
como además todo el cristianismo en cuanto fuente de asombro [3], se inscriben
en la experiencia humana como tal. Sin embargo, por otra parte, Ella se
manifiesta como un acontecimiento inesperado y totalmente gratuito. En
Como los dos de Emaús, regenerados por el
asombro eucarístico, retomaron el propio camino (cfr. Lc 24, 32-33) así
también, el pueblo de Dios, abandonándose a la fuerza del sacramento, es
impulsado a compartir la historia de los hombres.
Juan Pablo II con gran visión de futuro, que
Benedicto XVI hizo inmediatamente suya, quiso prolongar los benéficos frutos
del Gran Jubileo en el especial Año de
¿Por qué
“El misterio del hombre sólo se esclarece en
el misterio del Verbo encarnado”[6]: en
En el don eucarístico se le consiente al
creyente el acceso a
En Ella,
Fuente y cumbre de la vida y de la misión de
Por esto desde hace dos mil años el pueblo
santo de Dios, a cualquier generación, clase social, raza o cultura pertenezca,
se reúne cada domingo en la eclessia eucarística, confesando públicamente su
propia fe.
Son estos, en extrema síntesis, los motivos
que pueden suscitar el asombro eucarístico en hombres y mujeres de todo tiempo
y de todo lugar. La presente Relatio ante disceptationem se propone ilustrarlos
un poco. En el cuadro preparatorio trazado por los Lineamenta antes y por el
Instrumentum laboris después, sin tener la pretensión de que sea completo, pero
sin evitar los principales problemas, ella tiene solamente la finalidad de
abrir el diálogo entre los Padres Sinodales.
Para mayor comodidad, anticipo las
articulaciones. Después de haber hecho referencia al asombro eucarístico,
II.
Los datos recogidos de el Instrumentum
laboris, preparado en vista de esta Asamblea Sinodal, muestran que la práctica
eucarística es muy variada en las grandes áreas del globo. Esto ciertamente
tiene que ver con sus significativas diferencias culturales, que se manifiestan
de manera evidente en la calidad de la participación a
Un relevamiento general, sin embargo, es
necesario. El apagarse del asombro eucarístico depende, en último análisis, de
la finitud y del pecado del sujeto. Frecuentemente esto encuentra un terreno de
cultura en el hecho que la comunidad cristiana que celebra
III.
El Concilio Vaticano II, sobre todo en
El evento único e irrepetible del Tridiuum
Paschale ha sido Cristo mismo anticipado en
En la acción eucarística, por lo tanto, la
libertad de Dios encuentra afectivamente la libertad del hombre. A partir de
este encuentro de libertad el cristiano, signado por el reconocimiento del don
de Dios y de la comunión con Él y con los hermanos, se ve impulsado a dar a
toda su vida una forma eucarística[17]. Y esto porque en
(Mt 28, 20). Por esto Él asegura a la comunidad
cristiana Su amorosa presencia: “donde están dos o tres reunidos en mi nombre,
allí estoy yo en medio de ellos”. (Mt 18, 20).
Así ha vivido desde el comienzo la comunidad
primitiva: “Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión,
a la fracción del pan y a las oraciones.” (Hch 2, 42). Y sobre la vida de este
pueblo de Dios que atraviesa la historia, arroja una luz fulgurante la
perspectiva escatológica en la cual Jesús ha colocado, desde su institución, la
acción eucarística: “Y os digo que desde ahora no beberé de este producto de la
vid hasta el día aquel en que lo beba con vosotros, nuevo, en el Reino de mi
Padre”. (Mt 26, 29; Mc 14, 25; Lc 22, 18).
La ratio sacramentalis implicada en el
misterio de la encarnación, muerte y resurrección de Jesucristo, muestra que la
vida de todo hombre es objetivamente vocación. Cada estado de vida[19]
-matrimonio, sacerdocio, virginidad consagrada- recibe del misterio eucarístico
la raíz última de la propia forma. Por lo tanto, en la convocatoria
eucarística, cada creyente encuentra el origen y el sentido de la propia
vocación que imprime a su existencia una forma eucarística.
CAPÍTULO PRIMERO
El novum del culto cristiano
El dato imponente de la praxis bimilenaria de
la celebración eucarística dominical, decisivo para la génesis y el crecimiento
de las comunidades cristianas de todo tiempo y lugar, no es casual. Este
primado de
I. La “logikē latreia (Rm 12, 1)
Aunque se reconozca junto con los estudiosos
una cierta diferenciada continuidad antropológica con los ritos propios de las
variadas formas religiosas, de manera particular con los ritos sacrificiales
del Antiguo Cercano Oriente, con la cenas helenistas y en especial con las
comidas del judaísmo de la época helenista, hoy es reconocido por todos que
La institución de
En la Última Cena de Jesucristo,
“dirigiéndose a los discípulos también con palabras que contienen el compendio
de
Emerge así el vínculo indisoluble que liga
A partir de todo lo dicho, la acción
eucarística emerge con toda su fuerza de fuente y cumbre de la existencia
eclesial del cristiano, porque manifiesta, al mismo tiempo, tanto la génesis
como el cumplimiento del nuevo y definitivo culto, la logiken latreian: “Os
exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros
cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: tal será vuestro culto
espiritual”. (logiken latreian) (Rm 12, 1). En esta visión paulina del nuevo
culto como ofrecimiento total de la propia persona –“Él haga de nosotros un
sacrificio perenne agradable a Ti”[23]-, se supera definitivamente toda
separación entre lo sagrado y profano. El culto cristiano no es un paréntesis
en el interior de una existencia vivida en un horizonte profano. Tampoco es un
puro acto sacrificial y reparatorio de las ofensas o del alejamiento de la
mirada de Dios. El nuevo culto cristiano se convierte en expresión de toda la
existencia renovada: “Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra
cosa, hacedlo todo para gloria de Dios”. (1Cor 10, 31). Todo acto de libertad
del cristiano está llamado a ser acto de culto. De aquí toma su forma la
naturaleza intrínsecamente eucarística de la espiritualidad cristiana.
Puesto que asume lo humano en toda su densidad
histórica,
De esta manera la vida litúrgica de nuestras
comunidades no hace otra cosa que testimoniar cómo en el concreto desenvolverse
de la humana existencia –nacimiento, relaciones, amor, dolor, muerte, vida
después de la muerte – Jesús se hace presente a todos los hombres cada día, en
cada situación[25]. En el cuadro trazado surgió aquí nuevamente la fuerza de la
ratio sacramentalis propria del genio católico.
II. El valor del rito eucarístico
En esta visión inaugurada por
Por su naturaleza de manantial de la logiken
latreian la acción ritual eucarística es también objetivamente la más esencial
y decisiva de todas las acciones humanas. De hecho, en el rito eucarístico, y
en un determinado momento, hace irrupción el significado cumplido de la
historia, y por tanto su verdad. De este modo el rito eucarístico lleva a cabo
una pausa en el sucederse de las vicisitudes cotidianas del hombre, pero es
precisamente en el espacio abierto por dicha pausa cuando el hombre aprende a
decidirse por la verdad que le es donada objetivamente en el mismo rito. Esta
elección se da en la fe: se puede relacionarse con la verdad donada sólo en la
total entrega de sí. Por lo tanto la acción eucarística es fuente y cumbre de
la existencia eclesial cristiana en virtud de la fuerza de la celebración misma
del rito que, en toda su sustancial plenitud, expresa adecuadamente la fe
vivida del pueblo cristiano.
Incluida temporal y espacialmente en la trama
de la existencia cotidiana, pero al mismo tiempo proveniente “de lo alto” en
cuanto sacramento, es decir signo e instrumento eficaz de la gracia divina, la
acción ritual eucarística se convierte en paradigma de toda la existencia del
hombre[27]. El rito eucarístico no es accidental con respecto a la existencia
personal y social, ni extrínseco al inevitable ser del hombre para el mundo,
sino centro de la vida real de la nueva criatura (cfr. 2Cor 5, 17; Gal 6, 15).
Su existencia es totalmente humana y por lo tanto histórica, pero al mismo
tiempo, gracias a la memoria eucarística del Cuerpo donado y de
Esta visión unitaria de la acción eucarística
como corazón de toda la existencia cristiana está siempre presente en la
conciencia eclesial. Desde la identificación con la acción llevada a cabo por
Jesús tal como se conserva en el canon bíblico, hasta la traditio que en su
incesante ritmo de transmisión y de recepción la asegura a lo largo del tiempo
y del espacio; desde las formas litúrgicas de los primeros siglos en toda su
variedad que aún se reflejan en los ritos litúrgicos de las antiguas Iglesias
de Oriente, hasta la predominancia del rito romano; desde las precisas
indicaciones del Concilio de Trento y del Misal de Pío V hasta la reforma del
Vaticano II: cada etapa de la vida de
La consideración del rito en toda su plenitud
permite evitar toda fragmentación y yuxtaposición entre la acción eucarística y
las exigencias de la nueva evangelización, que van desde el anuncio testimonial
en cada ambiente de la humana existencia hasta las necesarias implicaciones
antropológicas, cosmológicas y sociales que
III. La celebración eucarística hace
El asombro eucarístico de los dos discípulos
de Emaús se refleja en la maravilla de la acción litúrgica de la celebración
eucarística. Ésta es el acto del culto llamado a manifestar de modo eminente el
único evento pascual.
En
La invitación a comer Su Cuerpo y a beber Su
Sangre (comunión) constituye el camino seguro hacia la salvación (cfr. Jn 6,
47-58)[35]. Por tanto, el memorial, en continuidad con la pascua hebrea (cfr.
Dt 16, 1ss), posee la concreción física de la asunción de la especie
eucarística, al reparo de toda reducción intelectualista de la fe. El fruto de
esta acción es la comunión sacramental con Cristo (cfr. 1Cor 10, 16), hecha posible
por el amor con el cual el Espíritu glorifica la carne del Resucitado. El mismo
Espíritu que movió a Cristo al don total de Sí mismo mueve a los Suyos a
acogerlo en la obediencia de la fe, los mueve a permanecer en Él y a recibir
así la vida como Él la recibe del Padre (cfr. Jn 14, 26; 16, 13).
Este sacramento es dado por la comunión de
los hombres en Cristo. Para Pablo la koinonia es el fruto de
Fuera de esta comunión eucarística y
sacramental
1. Una primera confirmación: el Obispo,
liturgo por excelencia
Aún aparece más claro si se vuelve la vista
hacia la venerable tradición que siempre ha reconocido en el Obispo al liturgo
por excelencia y al administrador de los sacramentos[40]. El Obispo no preside
Se hace nuevamente evidente la fecundidad de
la ratio sacramentalis de la revelación: el sujeto eclesial (personal y
comunitario) no participa completamente en la redención si no recibe la
modalidad sacramental que constituye el modo que Jesús ha elegido para
permanecer dentro de las vicisitudes humanas.
2. Una segunda constatación: la naturaleza
del templo cristiano
Una segunda constatación de cómo la
celebración eucarística hace
Además, mientras en el templo pagano y, en
cierto sentido, también en el judío, el encuentro de los fieles es de alguna
manera casual, en el lugar de culto cristiano dicho encuentro es constitutivo
del templo mismo. Los fieles individuales son las piedras vivas del templo
(cfr. 1Pt 2, 5).El Espíritu es el cemento que los unifica (cfr. Ef 2, 22).
Esto explica el cuidado con el que
3. Una tercera confirmación:
¿“Intercomunión”?
Un problema pastoral muy delicado, ligado al
ámbito ecuménico, permite una ulterior verificación del hecho de que, en el
interior del inseparable nexo entre Eucaristía e Iglesia, la causalidad de
Este dato conduce a subrayar el peso decisivo
de
Se conocen ya numerosos estudios sobre la
materia[45]. Ellos son, al mismo tiempo, consecuencia y causa del intenso
trabajo ecuménico del XX siglo. Antes que nada se debe destacar la sustancial
comunión de fe entre
En base a esto y a otros datos se puede
entender que, aún después de los pronunciamientos del Magisterio sobre este
tema[48], no cesa de presentarse la siguiente cuestión: ¿la “intercomunión” de
los fieles pertenecientes a diversas Iglesias y comunidades eclesiales puede
constituir un instrumento adecuado para favorecer el camino hacia la unidad de
los cristianos?
La respuesta depende de una atenta consideración
de la naturaleza de la acción eucarística en toda su plenitud de mysterium
fidei[49]. La celebración eucarística, de hecho es por su naturaleza profesión
de fe integral de
Al incluir el sacrificio del Gólgota en la
Última Cena, el Señor lleva a cabo la comunión de Su Persona con Sus discípulos
y la hace posible a todos los fieles de todos los tiempos y lugares. La
participación a tal comunión supera la capacidad del amor humano y de sus, sin
duda, nobles intenciones. Mediante la escucha de
Sólo cuando aplica la plena profesión de fe
apostólica en este misterio,
Esta afirmación sobre la intercomunión no
excluye que, en circunstancias totalmente especiales y respetando las
condiciones objetivas[51], se puedan admitir en la comunión eucarística, en
cuanto panis viatorum, individualmente a personas pertenecientes a Iglesias o
comunidades eclesiales que no están en plena comunión con
Las problemáticas que subyacen a la
inadecuada categoría de “intercomunión” y la praxis de la hospitalidad
eucarística urgen una ulterior reflexión, a partir del intrínseco nexo entre
Eucaristía e Iglesia, sobre la relación entre comunión eucarística y comunión
eclesial. En este sentido podrá resultar útil que
Al responder a la impostergable urgencia del
camino ecuménico no se debe, sin embargo, descuidar el camino principal. El no
poder acceder a la concelebración eucarística y a la comunión eucarística por
parte de los cristianos de diversas Iglesias y comunidades eclesiales y el
carácter de excepción de la hospitalidad eucarística, no pueden ser sólo causa
de dolor; más bien deben representar un estímulo permanente para la continua y
común profundización del mysterium fidei que exige de todos los cristianos la
unidad en la integral profesión de la fe.
CAPÍTULO SEGUNDO
La acción eucarística
Después de haber expuesto estos elementos de
carácter metodológico para explicar el novum del culto y del rito cristiano, en
este momento sería oportuno examinar de cerca la acción eucarística en sí
misma. Antes que nada serán examinados los principales elementos distintivos de
la celebración eucarística. En una segunda parte se propondrán reflexiones
sobre el ars celebrandi y la actuosa participatio.
I. Elementos distintivos de la celebración
eucarística
Una mirada sintética a los elementos
distintivos de la celebración de
1. Inseparable unidad de liturgia de la
palabra y liturgia eucarística
En la evolución histórica que va desde la
Última Cena de Jesús a
En esta unidad “eulogia” y “eucaristía”
proponen a la fe de los seguidores de Cristo el misterio pascual a través de la
escucha y la explicación de las Escrituras (homilía )[54], inseparable de la
actualización del sacrificio (oración eucarística) que culmina en la comunión
con el pan y el vino transformados en el Cuerpo y en
De esta inseparable unidad surgen algunos
elementos constitutivos de la única Eucaristía de Jesucristo que representa la fe
de los cristianos.
Ante todo, el protagonista de la acción
litúrgica es Jesucristo. Él, concentrando Su Persona y Su historia en el evento
de
En cuanto sacerdote, Jesucristo, por el poder
del Espíritu, se convierte en el pontífice entre Dios Padre y el pueblo (cfr.
Eb 5, 5-10)[56]. Como testimonian los relatos de
La conciencia de este hecho debería impedir
el progresivo debilitamiento del sentido del misterio al que hoy están
expuestas no pocas comunidades cristianas, sobre todo en la celebración
eucarística. Para no caer en una visión “sacral” ciertamente no cristiana, se
corre el riesgo, por así decirlo, de hacer de la liturgia una mera expresión de
la dimensión “horizontal” de la comunidad, olvidando la “vertical”.
Jesucristo, único e irrepetible protagonista
del rito eucarístico, convoca en el Espíritu a la asamblea de los cristianos,
llamada a tomar parte de la fe (Credo), de manera articulada y ordenada, en los
santos misterios celebrados en su favor (Misas pro populo). En el silencio, en
el diálogo, en el canto, en los gestos se desarrolla la acción eucarística a
través de la cual se comunica la salvación a la asamblea de los fieles [60].
Teniendo en cuenta todo lo dicho hasta ahora, resulta evidente la absoluta
necesidad de una profundización de la formación litúrgica dirigida a todo el
pueblo de Dios -nuestra catequesis debería recuperar la fundamental dimensión
mistagógica de los primeros siglos- y, en especial, a todos aquellos que están
llamados a desarrollar ministerios u oficios durante la celebración
(presbíteros, diáconos, lectores, acólitos, ministrantes, schola cantorum).
Durante el desarrollo de los oficios de la
celebración, en el interior del templo cristiano orientado hacia el altar, en
coordinación con el ambón y la sede, el sacerdote cumple su singular ministerio
con la especial asistencia del diácono. En el momento decisivo de la
celebración él actúa in persona Christi capitis[61] asegurando, en virtud del
sacramento del orden, no por casualidad incluido por Cristo mismo dentro de la
institución eucarística de
Así se explica cómo la indivisible unidad
entre liturgia de la palabra y liturgia eucarística desemboca en la comunión
sacramental[65], a la cual los fieles son admitidos, con signiticativo realismo
a través del acto físico de la procesión. Mediante la asimilación de las
sagradas especies, como ha profesado siempre
a.El don eucarístico: ni derecho ni posesión
El carácter de don propio de la acción
eucarística, que implica la comunicación de la libertad del Deus Trinitas, en
Jesucristo, le pide a la libertad de los hombres que su gratuidad no sea nunca
desconocida. Aunque provoque un gran sufrimiento, su falta no confiere al fiel y
al pueblo de Dios derecho alguno a
Por la misma razón, el don de
a1. Asambleas dominicales en espera de
sacerdote.
El problema de la escasez de presbíteros se
debe afrontar con coraje en el panorama de
En este sentido, es importante, ante todo,
ratificar la pertenencia de cada comunidad, sobre todo, parroquias, a una
diócesis[69]. Nunca se privó de
En segundo lugar es útil subrayar claramente
a los fieles el carácter propedéutico a
Los sacrificios, y hasta el heroísmo,
cumplidos por no pocos cristianos perseguidos por vivir
a2. Viri probati?
Para atender a la escasez de sacerdotes,
algunos, guiados por el principio salus animarum suprema lex, proponen ordenar
fieles casados, de comprobada fe y virtud, los llamados viri probati. La
solicitud, con frecuencia, está acompañada por el reconocimiento positivo de la
bondad de la secular disciplina del celibato sacerdotal. Ellos, sin embargo,
afirman que esta ley no debería impedir de dotar a
Es superfluo insistir aquí sobre los motivos
teológicos profundos que han conducido a
Parece razonable responder en sentido
positivo. Al estar íntimamente ligado a
En el plano práctico, la impostergable
urgencia de la salus animarum nos lleva a insistir con fuerza, sobre todo aquí,
en la responsabilidad que cada Iglesia particular tiene frente a
Conviene, tal vez también, recordar que, a lo
largo de la historia,
2. Adoración
El carácter de don proprio de
Si es verdad que en el primer milenio la
adoración eucarística no se manifestaba en las formas que nosotros conocemos
actualmente, se puede afirmar sin embargo que, desde el origen, estuvo muy
presente en la conciencia del pueblo de Dio. El segundo milenio explicitó
ulteriormente su valor, no sin obtener beneficio de la controversia sobre la
presencia real en el medioevo y sobre la presencia de Cristo en las especies
eucarísticas con
Durante la Última Cena, la conciencia entre
los comensales de la concreta presencia de Cristo, que se identifica con el pan
y el vino consagrados (cf. Mc 14, 22-24; Mt 26-26-28; 1Cor. 11, 24-25; Lc 22,
19-20) pidiendo adoración, es imponente. Es innegable, por lo tanto, que la
práctica de la adoración eucarística, tal como se lleva a la práctica hoy en
Poner como una alternativa el comer y el
adorar significa no tener en cuenta la integralidad y la unidad articulada del
misterio eucarístico [72].
Sin embargo, es necesario insistir en el
hecho de que, como la manducación, también la adoración eucarística es una
acción eclesial [77]. No puede ser concebida como una práctica de piedad
individual. Adorar a Cristo durante la consagración y la comunión y adorar su
presencia en el tabernáculo, significa reconocerse y comportarse como miembro
de Su Cuerpo eclesial. Así pues, el eucarístico no es un encuentro que se agota
en el acto de la manducación, sino que es un encuentro permanente, como es
permanente, en virtud de la presencia eucarística, la continua venida del Señor
a Su Iglesia [78].
A la luz de la naturaleza eclesial de la
adoración, se comprende mejor por qué la piedad cristiana ha unido a la
adoración eucarística, también la “reparación” por los pecados del mundo:
frente al Señor, todos nosotros, miembros de Su Cuerpo, somos responsables los
unos de los otros [79].
3. Actitud de confesión y penitencia
Recibir, en la celebración eucarística, el
don del Cuerpo y de
La diferencia radical entre Aquel que se dona
y aquel que recibe el don, bien evidenciada por la desproporción entre la
inconmensurable riqueza del evento pascual y la extrema pobreza de las especies
del pan y del vino, abre al fiel a la conciencia del mysterium tremendum de
De este modo tenemos, no sólo el significado
del acto penitencial de los ritos de introducción, hecho solemne en algunos
casos por la aspersión con el agua bendita que evoca el bautismo, sino, sobre
todo, la intrínseca relación entre
Cuando los fieles, incorporados a Cristo por
el bautismo, comenten un pecado mortal, se separan de la comunión con Él y con
Su Iglesia, cuya expresión plena es la comunión sacramental[82]. Sin embargo,
el Padre misericordioso no los abandona, sino que, a través de la medicina querida
por Jesús mismo[83], los inivta a la libre, personal, humilde confesión de las
culpas para volver a acogerlos con un abrazo más intenso -a través de la
contricción, la confesión de los pecados, la absolución por parte del ministro,
que también en este caso, actúa in persona Christi capitis, y la
penitencia[84]- en la comunión con Aquel que se ofrece a todos los hermanos.
Por esta razón, una adecuada catequesis eucarística nunca puede ser separada de
la propuesta de un camino penitencial (cf. 1 Cor 11, 27-29)[85].
En la confesión hunde también sus propias
raíces la venerable práctica del ayuno eucarístico, al que sería útil dedicarle
alguna reflexión en esta Asamblea.
a. Los divorciados que se vuelven a casar y
la comunión eucarística
En esta óptica, merece una particular
atención la singular modalidad con la cual los divorciados que se vuelven a
casar están llamados a vivir la comunión eclesial.
A nadie se le escapa la difundida tendencia a
la comunión eucarística de los divorciados que se vuelven a casar, más allá de
lo indicado por las enseñanzas de
Es necesario constatar que en la base de esta
tendencia non existe solamente superficialidad. Más allá de las considerables
diversidades de situaciones en los distintos continentes, se debe reconocer que
-sobre todo en países de prolongada tradición cristiana- no pocos bautizados se
unieron en matrimonio sacramental por adhesión mecánica a la tradición. Algunos
de ellos se divorcian y se vuelven a casar. Al practicar la vida cristiana,
algunos de ellos manifiestan un grave malestar y hasta un evidente dolor frente
al hecho de que la unión seguida al matrimonio les impide la plena
participación en la reconciliación sacramental y la comunión eucarística.
Valiosas indicaciones doctrinales y pastorales fueron ofrecidas por Familiaris
consortio y por otros documentos[86]. Es necesario que toda la comunidad
cristiana acompañe a los divorciados que se vuelven a casar en la toma de
conciencia de que no están excluídos de la comunión eclesial. Su participación
en la celebración eucarística permite, en todo caso, esa comunión espiritual
que, si es vivida bien, es un reflejo del sacrificio mismo de Jesucristo.
Por otra parte, la relativa enseñanza del
Magisterio no está sólo orientada a evitar el desbordamiento de una mentalidad
contraria a la indisolubilidad del matrimonio y al escándalo del pueblo de
Dios, sino que también nos sitúa frente al reconocimiento del nexo objetivo que
une el sacramento de
De hecho, la unidad de
En la presente Asamblea se deberán, sin
embargo, profundizar ulteriormente y, prestando gran atención a los complejos y
bien diferenciados casos, las modalidades objetivas para verificar la hipótesis
de nulidad del matrimonio canónico. Verificación que, para respetar la
naturaleza pública, eclesial y social del consentimiento matrimonial no podrá
no tener a su vez, un carácter público, eclesial y social[89]. El
reconocimiento de la nulidad del matrimonio, por lo tanto, debe implicar una
instancia objetiva que no puede reducirse a la conciencia singular de los
cónyuges, ni siquiera si es sostenida por la opinión de una iluminada guía espiritual.
Precisamente por esto, sin embargo, es
indispensable seguir reflexionando sobre la naturaleza y la acción de los
tribunales eclesiásticos para que sean cada vez más una expresión de la normal
vida pastoral de
En cualquier caso, sigue siendo decisiva la
acción pastoral ordinaria de preparación lejana, próxima e inmediata de los
novios al matrimonio cristiano, así como también el acompañamiento cotidiano en
la vida de las familias dentro de la gran morada eclesial. En fin, es de
particular importancia el cuidado y la valorización de las numerosas
iniciativas orientadas a acompañar a los divorciados que se vuelven a casar y a
ayudarles a vivir con serenidad en el seno de la comunidad cristiana el
sacrificio objetivamente exigido por su condición.
4. Ite missa est
El testimonio coincidirá entonces con esa
logikē latreía mediante la cual la comunión con Cristo abarca todas las
circunstancias y todas las relaciones que se instauran en los ámbitos de la
existencia humana. En la vida pasada y presente de
De este modo y con naturalidad,
II. Ars celebrandi e actuosa participatio
De esta visión centrada en
Afirmar que
Este elemento constitutivo de la acción
eucarística conduce a una consecuencia pastoral decisiva: la necesidad de
superar todo dualismo entre la ars celebrandi y la actuosa participatio. La
participación consciente, activa y fructuosa del pueblo de Dios[96] -sobre todo
con ocasión del precepto dominical- coincide, de hecho, con la adecuada
celebración de los santos misterios. Una vez más el carácter de don propio de
Este criterio debe orientar, en el respeto de
las diversas sensibilidades culturales, las modalidades con las cuales
solicitar la participación de todos los fieles al rito mismo. Para no reducirse
a mera repetición de fórmulas y gestos, ésta requiere la ofrenda consciente de
sí mismo por parte de cada fiel que lleva a cabo de este modo el sacerdocio
bautismal del pueblo de Dios. En este contexto se comprende también la valiosa
utilidad de las normas litúrgicas que
En el cuadro trazado deben ser entendidos y
vividos también todos los ministerios y los oficios relacionados al rito
litúrgico. Su función no es la de gratificar a quien los desarrolla como
sugiere una idea impropia de participación activa de los fieles, a decir verdad,
muy superficial . Su acción esencial tiene como finalidad asegurar a toda la
asamblea la belleza y la dignidad objetiva de la celebración[98].
Sin entrar en los problemas específicos
importantes, en esta ponencia será útil poner en evidencia que también el arte
puesto al servicio de la acción eucarística -sobre todo en lo que concierne a
los ornamentos sagrados[99] - así como también los cantos y la música- reciben
a su vez plena luz del ars celebrandi. Llevan a la actuosa participatio si
respetan esta objetiva ars celebrandi[100].
CAPÍTULO TERCERO
Dimensión antropológica, cosmológica y social
de
I. Dos premisas
La consideración del rito eucarístico como
acción sacramental que por sí sola es capaz de justificar
1. Eucaristía y evangelización
La unicidad del evento pascual, que da origen
a la intrínseca unidad de Eucaristía e Iglesia documentada en el unitario acto
de culto que es el rito eucarístico, genera también la profunda unidad entre la
vida y la misión del cristiano y la de
Concebida de este modo, la vida cotidiana del
sujeto cristiano (espiritualidad eucarística), siempre personal y comunitaria,
está llevando a cabo la evangelización y la nueva evangelización en la cual
está siempre implicada la promoción humana.
2. Eucaristía, interculturalidad e
interculturación
La evangelización, en base a la naturaleza
del hombre y en virtud del dinamismo de
En el respeto de esta perspectiva, el uso de
las lenguas vernáculas y el ponderado recurso a formas expresivas peculiares
del rito, en los templos, en los ornamentos y en los cantos para celebrar la
acción eucarística, que debe permanecer en cada caso siempre y en cualquier
latitud, la única Eucaristía instituida por Cristo[102], pueden volverse
expresión fecunda y paradigmática de la necesidad de la inculturación para la
evangelización[103].
Si la condición para la inculturación es el
reconocimiento de la inteculturalidad del misterio celebrado, entonces por su
naturaleza, cada inculturación implica una continua evangelización de la
cultura misma. Ésta no estará privada de una inevitable instancia “crítica” en
relación a la cultura en la cual una determinada comunidad cristiana se
encuentra viviendo y celebrando.
En el nexo equilibrado entre evangelización e
inculturación asegurado por la naturaleza intercultural de
II. Dimensión antropológica de
Si
La transformación de la existencia por obra
de la acción eucarística se documenta, ante todo, en la tensión de los
cristianos en el seguimiento de Cristo. Muchas veces San Pablo afirma que la
existencia de la nueva criatura se desarrolla toda en Cristo (cf. Rm 6, 11; Gal
2, 20)[105]. En la comunión con el Cuerpo y
Este don personal se expande con naturalidad
en la comunión entre los cristianos: la unidad de
Doctrina, moral, ascesis y espiritualidad no
son expresiones de una religiosidad genérica, sino en virtud de su raíz
eucarística, se convierten en articulaciones unitarias del cumplimiento del
designio de Dios sobre cada persona y sobre toda la historia: “hacer de Cristo
el corazón del mundo”[107]. De este modo toda la vida es concebida como
vocación y esto permite esa imitatio Christi testimoniada a lo largo de los
siglos por los santos en los diversos estados de vida. La existencia cristiana
transcurre tras las huellas del Maestro orientada a la eternidad y asimismo responsable
y constructivamente atenta a cada evento de la historia[108].
Anuncio y testimonio, catequesis, educación
cristiana personal y comunitaria, participación con el hombre y sus expresiones
hechas de afectos, de trabajo y de reposo, hasta afrontar candentes cuestiones
antropológicas que hoy sacuden el humanum (amor, matrimonio, familia, vida,
enfermedad y muerte), son, para el cristiano, aspectos objetivamente implicados
en la celebración eucarística dominical.
III. Dimensión cosmológica de
En la acción eucarística, que en última
instancia se apoya en la unidad en Cristo Jesús como sacerdote, víctima y
altar, la nueva criatura es llamada a renovar continuamente su relación con la
materia y con el cosmos[109]. San Pablo pone en evidencia la relación entre el
fecundo sufrimiento de la nueva criatura y el de la nueva creación (cf. Rm 8,
19-23; 2 Cor 5, 17). Sufrimiento antropológico y sufrimiento cosmológico están
unidos en la siempre inminente perspectiva escatológica. Es importante evidenciar
la dimensión cosmológica de
La forma eucarística de la existencia permite
evitar desde la raíz, por lo menos en principio, dos graves riesgos que comprometerían
seriamente la relación hombre-cosmos.
Por un lado el de un antropocentrismo
exagerado que hace del hombre el dueño absoluto de lo creado. En la
presentación de los dones (los frutos de la tierra y del trabajo humano: el pan
y el vino a los cuales se une el agua) se expresa explícitamente que los
protagonistas de la relación hombre-creación no son simplemente dos, la
comunidad de los hombres y el cosmos, sino tres. Confirmando cuanto está
contenido en el segundo relato de la creación (cf. Gn 2, 4b-25) hay un Tercero
que pone en relación al hombre y lo creado: Dios, que, desde el inicio, coloca
al hombre en el “jardín” para que lo cultive y lo custodie. Hombre y cosmos
están unidos en la única historia salutis guiada por Dios. En la redención, Cristo
abre la perspectiva de la glorificación final al hombre y al cosmos,
redimensionando definitivamente toda pretensión antropocéntrica.
Por otro lado, la equilibrada relación entre
Dios, el hombre y el cosmos -explicitado por
La dimensión cosmológica de
La dimensión comunitaria de la acción
eucarística permite además a los cristianos no olvidar que lo creado-cosmos es
un bien común y universal y que el compromiso con respecto a él se extiende no
solamente a las exigencias del presente, sino también a las del futuro. Por lo
tanto, la responsabilidad hacia lo creado adquiere la fisionomía de un cuidado
hacia ésta, nuestra morada, que en un cierto sentido, prolonga el cuerpo, y
debe encontrar traducciones adecuadas a nivel educativo, social y jurídico que
respeten simultáneamente.el valor de morada y de recurso[112].
También el templo cristiano y en él la
capilla o ámbito reservado a la custodia y a la adoración con el tabernáculo,
expresando el cuidado de la morada del Cuerpo eucarístico y eclesial de
Jesucristo, pueden convertirse en valiosos recursos educativos de la asamblea
eclesial y una correcta relación entre el hombre y lo creado.
IV. Dimensión social de
El don total de Sí, asegurado
eucarísticamente por Cristo al hombre de todos los tiempos, es para la
salvación de todos. En este sentido,
La historia de
La caridad es esencialmente eucarística[113]
como así también
En las circunstancias actuales, marcadas por
la violenta transición de la modernidad a una nueva configuración cultural y
geopolítica (¿post-modernidad?), las urgencias sociales, que el cristiano que
vive la propia existencia en forma eucarística debe enfrentar, se muestran
particularmente agudas y diferenciadas. La globalización, la sociedad de las
redes, los nuevos horizontes abiertos por las bio-tecnologías y el proceso de
inevitable mezcla entre pueblos y culturas, lamentablemente acompañado por
guerras, terrorismo y violencias inhumanas, hacen que sean improrrogable la
urgencia por alcanzar la justicia social y la paz.
La situación de pobreza y, con frecuencia, de
endémica miseria, a la cual está condenada una amplia porción de la población
del globo, sobre todo en África, constituye una herida que juzga
inexorablemente la autenticidad con la cual los cristianos de todas las
latitudes viven