Taiwán
Las
encíclicas siempre se escriben dentro de un contexto. Esto se pone en evidencia
en el caso de las que se llaman “encíclicas sociales”, que contienen análisis
de acontecimientos actuales y tendencias de la sociedad. Pero esto no nos
permite concluir que estas cartas se hacen obsoletas con el paso del tiempo.
Por el contrario, descubrimos junto con el flujo de acontecimientos históricos,
o dentro de ellos, algunas tendencias permanentes o aspiraciones. No
pretendemos con esto analizar las implicaciones filosóficas y teológicas de la
relación entre la historia y
miseria'." Las dos últimas palabras provienen de Rerum
Novarum, la famosa encíclica de León XIII escrita en
1891. dos renglones más abajo tenemos una extensa cita
extraída de Gaudium et Spes
publicada en 1965; Populorum Progressio
fue publicada en 1967. Podemos hablar de la situación de los campesinos en la
economía general de la sociedad actual, pero no vemos que muchas de estas
personas no existan en situación de "inmerecida miseria". No
obstante, si seguimos leyendo y tenemos en cuenta este caso, el texto dice:
"A eso se añade el escándalo de las irritantes disparidades no sólo en el
goce de los bienes, sino, aún más, en el ejercicio del poder".
¿Podemos discernir de las líneas anteriores algo permanente? Primero, que
algunas miserias son inmerecidas. ¿Por qué? Si hemos de hacer un análisis
preciso de cada situación concreta –lo cual es imposible en tres
minutos—podemos decir al menos que no podemos dividir la sociedad en dos grupos
de seres humanes: los “inferiores” y los “superiores”. Hemos de investigar la
causa de tales divisiones en las decisiones no éticas
de las personas y también en las estructuras de pecado, como ha sido explicado
en las encíclicas más recientes del Papa.
Si decimos que las estructuras son pecaminosas, podemos concluir que las
decisiones de las personas no son relevantes, y por lo tanto no entra en juego
la responsabilidad moral. Pero el texto no permite esta conclusión. Además,
hemos subrayado ya que el ejercicio de poder es, cuanto menos, tan relevante
como la posesión de bienes materiales. Esto se explica con una cita de Gaudium et Spes: el pobre es a
quien "se priva de casi toda posibilidad de iniciativa personal y de
responsabilidad"
Y así entendemos mejor la palabra "inmerecido": nadie puede ser
privado de su dignidad, lo que se traduce en la sociedad como derecho y
obligación de participación responsable. Y es aquí donde encontramos un "
principio permanente ": se da prioridad siempre y en todo lugar a la
dignidad humana. Debemos agregar inmediatamente que corresponde a los miembros
de la sociedad encontrar la expresión concreta de esta dignidad.
Es más fácil demostrar este principio permanente negativamente que positivamente.
Digamos que un método práctico para mantener a los pobres fuera de toda
participación significativa en la sociedad es cargándolos con mucho trabajo,
angustia por la supervivencia y falta de esperanza en una educación. Los Papas
en sus encíclicas suelen poner de manifiesto la relación entre la miseria
económica y la exclusión política. Muchos expertos en economía y ciencias
sociales han desarrollado este tema más aún. ¿Pero cómo se puede expresar este
principio de manera positiva? Lo primero que surge es que la gran libertad
concedida al hombre para crear, con una participación responsable, el mundo en
el que quiere vivir. Ha de ser siempre un mundo en el que las personas sean
capaces de estar lado a lado solidariamente. Esto no elimina todas las tensiones,
problemas de distribución de los bienes, y el debate sobre las estructuras
políticas. Pero sí previene la violencia cruel y el odio hacia los otros.
Como solemos repetir, la economía no funciona si la ética. La búsqueda ética de
un desarrollo humano completo nos recuerda que nadie puede ser un ser humano
por sí mismo si niega a otro las condiciones concretas para ser también en ser
humano. Y entre estas condiciones está la posibilidad de participar en la
construcción de la sociedad. Para concluir permítanme decir que en 1987 Juan
Pablo II escribió la encíclica Sollicitudo Rei Socialis, para celebrar el
vigésimo aniversario de Popularum Progressio;
en esa carta encíclica subraya la misma verdad de la dignidad humana como base
para la lucha en contra de la pobreza en un nuevo contexto. En ella vemos la
misma convocatoria a respetar a todos y cada uno de los seres humanos y a
encontrar medios concretos para realizarlo, y conseguir de esta forma el Bien
Común de la comunidad y de cada persona de la misma.