De “Populorum progressio” a
“Sollicitudo rei socialis”
Prof.
Carrasco
La
doctrina social enseñada por
La
continuidad estriba en dos factores esenciales presentes en la doctrina social
pontificia desde sus inicios con León XIII: que el Estado, el poder político,
no se funda en sí mismo, sobre el mero acuerdo y voluntad humana, sino que
tiene su fundamento en un ámbito moral y religioso que viene de Dios; y que
olvidándolo, más aún, negándolo y luchando contra
Ambos
factores de fondo siguen presentes en la doctrina social postconciliar, en la
variación de las formas teológicas y pastorales, así como de las cuestiones
sociales y de los contextos históricos.
La
contribución de
Se
manifiesta así lo esencial de la enseñanza del Vaticano II sobre la relación de
Encuentra
así su centro, de modo acorde con las actuales circunstancias históricas, la
razón más honda que motiva el esfuerzo pastoral manifiesto en la doctrina
social: la pasión por la dignidad y el destino del hombre, en juego en las grandes cuestiones y
desafíos con los que se encuentra en la vida social, política, económica.
Esta
perspectiva antropológica no era, por supuesto, extraña a las enseñanzas
anteriores. Puede recordarse, por ejemplo, cómo Pío XI sostiene el principio
básico de la dignidad humana en Mit
brennender Sorge (1937) o su breve afirmación de los derechos fundamentales
en Divini Redemptoris (1937), más
ampliamente descritos ya por Pío XII en su Discurso de Navidad de 1942, así
como la importantísima enseñanza al respecto de Juan XIII en Pacem in terris (1963).
Haciéndose
eco de la reflexión conciliar, en su encíclica Populorum progressio (1967),
Pablo VI presentará a
La
situación histórica que afronta está caracterizada por la extensión al mundo
entero de la sociedad industrializada, con las riquezas y graves problemas que
ello puede conllevar; a ello se añade la desigualdad creciente entre las
naciones y entre los grupos sociales de un mismo país. Propone su enseñanza en
dos momentos, exponiendo en primer lugar los principios de un desarrollo del
hombre y precisando a continuación algunas acciones destinadas a obtener un
desarrollo solidario de la humanidad.
Pablo
VI no propone remedios técnicos, sino una consideración de la condición humana
que permita al hombre moderno hallarse a sí mismo, que, en concreto, permita
distinguir el crecimiento (cuantitativo) de un desarrollo auténtico e integral
del hombre y de todos los hombres. Negándose a separar la economía de lo
humano, insiste en que “… el tener más,
lo mismo para los pueblos que para las personas, no es el fin último. Todo
crecimiento es ambivalente. Necesario para permitir que el hombre sea más
hombre, lo encierra como en una prisión desde el momento que se convierte en el
bien supremo, que impide mirar más allá … La búsqueda exclusiva del poseer se
convierte en un obstáculo para el crecimiento del ser y se opone a su verdadera
grandeza; para las naciones como para las personas, la avaricia es la forma más
evidente de un subdesarrollo moral” (PP, 19).
En este
sentido, tras recordar la doctrina tradicional sobre el destino universal de
los bienes de la tierra, el sentido humanizador del trabajo, la necesidad de
formas sociales de colaboración, así como la importancia de la familia, la
educación y la cultura, hace una breve crítica del capitalismo liberal, y
concluye recordando el corazón de su enseñanza, citando palabras famosas de H.
de Lubac: “Ciertamente, el hombre puede organizar la tierra sin Dios, pero al
fin y al cabo, sin Dios no puede menos de organizarla contra el hombre” (42).
La
segunda parte de la encíclica sugiere
medidas concretas para dar cumplimiento al deber de solidaridad y hacer posible la fraternidad y el desarrollo
de los pueblos: por ejemplo, la creación de un fondo mundial, alimentado con
una parte de los gastos mundiales; un diálogo real que afronte el problema de
la deuda y las relaciones financieras entre los países; afrontar la cuestión de
la equidad en las relaciones comerciales; la necesidad de una autoridad mundial
con capacidad jurídica y política real, etc.
Concluye
afirmando que el desarrollo es el nuevo nombre de la paz (76); para lo cual,
tras recordar el papel de
La
encíclica Octogesima adveniens
comienza recordando que la luz inalterable del Evangelio permite a
Los
principios de reflexión derivan de la fuente del Evangelio y se articulan
alrededor de la comprensión del hombre, de su naturaleza y dignidad. En la raíz
está pues el convencimiento de la necesidad del Evangelio para la plena
realización de la experiencia humana. Si el hombre pretende bastarse a sí
mismo, acaba hundiéndose: le falta la fuerza moral que le hace verdaderamente
hombre, la verdadera conciencia de sí, de la vida, de su destino; le falta el
verdadero prototipo de humanidad, que es el Hijo de Dios y del hombre (Mensaje
de Navidad, 1969).
Octogesima adveniens dedica una parte importante
(IIª) a ofrecer un juicio a propósito de las grandes corrientes ideológicas
presentes en la sociedad contemporánea.
Comienza
recordando que la acción política debe estar apoyada en un proyecto de sociedad
coherente, que implica una comprensión del hombre. No es propio, sin embargo,
del Estado o de partidos políticos imponer una ideología, que sería una
dictadura de los espíritus; sino que corresponde a los grupos culturales y
religiosos desarrollar convicciones últimas sobre el hombre y la sociedad (25).
Subraya
luego la ambigüedad profunda de ideologías como el socialismo, marxismo o
liberalismo, sacando a la luz sus errores en la comprensión de la libertad y la
actividad del individuo y de la sociedad. Los cristianos han de ejercer un
discernimiento ante estas grandes corrientes culturales, para no encerrarse en
ellas como en un sistema limitado y totalitario; pero sin omitir con ello su
servicio y aportación a favor de los hermanos (36).
Comenta
luego el fenómeno del renacimiento de las utopías. Si pueden ser a veces un
pretexto para huir a mundos imaginarios, conllevan asimismo una dimensión
crítica y de apertura a nuevas posibilidades, al futuro. La verdad profunda de
esta actitud es hecha posible por el Espíritu, que anima al hombre renovado en
Cristo y le hace superar horizontes y seguridades, en que se encerraría de buen
grado, sistemas e ideologías: “En el corazón del mundo permanece el misterio
del hombre, que se descubre hijo de Dios en el curso de un proceso histórico y
sicológico … El dinamismo de la fe triunfa así de los cálculos estrechos del
egoísmo” (37).
Observa,
por último, el desafío actual de un cierto positivismo, en el que se considera
al hombre un objeto más de las ciencias, que podrían dar razón de su ser y su
destino, con un grave riesgo de reducción y manipulación. Las ciencias humanas
comprenden aspectos verdaderos, pero parciales del hombre, por lo que “la
totalidad y el sentido se les escapan” y “más que colmar, dilatan el misterio
del corazón del hombre y no aportan la respuesta completa y definitiva”;
La
encíclica dedica sus partes IIIª y IVª a ofrecer una reflexión y una serie de
directrices de acción a propósito de los problemas nuevos que afronta el
cristiano en el mundo actual. Insiste en las exigencias de una justicia mayor,
de una cambio de corazones y estructuras, de una verdadera responsabilidad en
la actividad política. A este respecto recuerda la necesidad de que los
católicos se comprometan en la acción social y política (49), reconociendo una
legítima diversidad de opciones posibles, siempre determinadas por el ánimo de
renovar la sociedad con espíritu cristiano y con caridad profunda (50).
En su
encíclica programática, Redemptor hominis,
Juan Pablo II, recuerda que el Vaticano II “en su análisis penetrante del mundo
contemporáneo llegaba al punto más importante del mundo visible: el hombre”
(8), descubriendo el nexo que fundamenta la relación de
La
encíclica Laborem exercens, escrita
con ocasión de los 90 años de Rerum
novarum y en un contexto histórico en que destacaba la constitución del
sindicato polaco “Solidaridad”, está dedicada al tema del trabajo, que
constituye el centro mismo de la cuestión social desde sus inicios. En efecto,
“el trabajo es una de las características
que distinguen al hombre del resto de las criaturas… lleva en sí un signo
particular del hombre y de la humanidad … este signo determina su
característica interior y constituye, en cierto sentido, su misma naturaleza”
(Proemio).
En
nuestro tiempo, los notables progresos de la técnica han transformado
completamente las condiciones objetivas del trabajo; sin embargo, se ha puesto
también de manifiesto que la técnica no aporta por sí misma crecimiento de
civilización. En efecto, existe también una dimensión “subjetiva” del trabajo:
Como persona, el hombre “trabaja, realiza varias acciones pertenecientes al
proceso del trabajo; éstas, independientemente de su contenido objetivo, han de
servir todas ellas a la realización de su humanidad, al perfeccionamiento de
esa vocación de persona que tiene en virtud de su misma humanidad” (6). En
contra de las tendencias presentes en capitalismo y socialismo de situar lo
económico en el centro de la comprensión del hombre, de un modo que no hace justicia a la persona, hay que
considerar que el hombre no tiene por
finalidad la posesión y organización de
las cosas de la tierra, sino que en su trabajo “no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias
necesidades, sino que se realiza a sí
mismo como hombre; es más, en un cierto sentido, se hace más hombre” (9).
Juan
Pablo II subraya asimismo que el hombre que trabaja no es un individuo aislado,
sino que vive en comunidad, comenzando por la familia, “hecha posible por el
trabajo y primera escuela de trabajo”, y culminando en la nación, de modo que
el propio trabajo sirve al bien común de los compatriotas y acrecienta el
patrimonio común de toda la familia humana (20).
El
individualismo no es superado así, al modo marxista, con el concepto de “clase”
y el instrumento de la “lucha de clases”. Entre la familia y la gran sociedad
nacional, se sitúan estructuras intermedias, en una dinámica de socialización
que salvaguarda la subjetividad de cada uno en la gran tarea social. En
concreto, Laborem exercens propone
explorar la vía de una asociación del trabajo a la propiedad del capital, y dar
vida a una serie de cuerpos intermedios de finalidad económica, social y
cultural (14). Considera a los sindicatos un elemento indispensable de la vida
social, particularmente en la sociedad moderna industrializada; su actividad,
sin embargo, afectando a la vida política, entendida como cuidado del bien
común, no ha de confundirse ni subordinarse a la de los partidos políticos.
La
dignidad del trabajo se manifiesta, en fin, en que por su medio participa el
hombre en la obra creadora de Dios, imitando a Cristo, que se dedicó también al
trabajo, y al trabajo manual.
En
1987, con ocasión del vigésimo aniversario de Populorum progressio, consagra Juan Pablo II la encíclica Sollicitudo rei socialis a las causas
del subdesarrollo de gran parte de los pueblos de la tierra y a los remedios
para su superación.
Una
mirada sobre el mundo contemporáneo permite ver rápidamente que la esperanza
del desarrollo está en la actualidad muy alejada de la realidad (12). No sólo
una multitud ingente vive aún bajo el peso de la miseria, sino que la
distancia, el abismo existente entre Norte y Sur crece en vez de disminuir. Lo
muestran los indicadores económicos del subdesarrollo, así como también los
indicadores culturales: el analfabetismo, la represión del derecho de
iniciativa económica, la limitación de los derechos humanos, la pérdida mayor o
menor de la soberanía de las naciones. Debido a la interdependencia de la
sociedad mundial, los efectos del subdesarrollo alcanzan también a su manera a
las naciones ricas: crisis del empleo, de la vivienda. Y a todos afecta el
fenómeno del terrorismo o el desplazamiento de poblaciones y refugiados.
Ello
obliga a someter a un análisis moral no sólo la acción de los responsables
políticos, sino también los mecanismos económicos financieros, que no han de
considerarse automatismos inevitables (16). Pero existen igualmente causas
políticas del subdesarrollo: la existencia de dos bloques contrapuestos,
caracterizada por el capitalismo liberal y por el colectivismo marxista; ello
conduce a que los países desarrollados puedan convertirse en piezas de un
engranaje imperialista o neocolonialista (22). En particular, la producción y
el comercio de armas, absorbiendo grandes recursos, constituye un grave
desorden, merecedor de un juicio moral severo (24).
En la
sociedad contemporánea existen también, por supuesto, signos positivos, como la
plena conciencia en muchísimos de la dignidad de la persona y una viva
preocupación por los derechos humanos, un sentido agudo de la interdependencia
y de la solidaridad, mayor preocupación por la paz y por la vida, mayor
capacidad de desarrollo alimentario, etc.
La
encíclica recuerda, a continuación, que el desarrollo no puede confundirse con
un proceso rectilíneo y casi automático de progreso, ni entenderse desde una
concepción “economicista”. El desarrollo se mide según la realidad del hombre
comprendido según su naturaleza
específica, capaz de subordinar la posesión y el dominio de bienes y productos
a su verdadera vocación inmortal (29). De modo que la superación de los
obstáculos al desarrollo se obtendrá a través de decisiones esencialmente
morales, inspiradas para el creyente en la fe y la caridad.
En
efecto, este mundo dividido en bloques y sometido a rígidas ideologías e
imperialismos, es un mundo sometido a estructuras de pecado. Éstas son un mal
moral, fruto de muchos pecados, cuyo diagnóstico, necesario para superarlo,
permite ver a la raíz verdaderas formas de idolatría: del dinero, del poder, de
las ideologías, la clase social, etc.
El
camino es largo y complejo, amenazado por la fragilidad intrínseca del hombre;
por ello, es esencial la actitud espiritual, un cambio de mentalidad, una
conversión. En este camino, la conciencia de interdependencia puede ser el
inicio de la virtud de la solidaridad: dentro de cada sociedad, reconociéndose
personas los unos a los otros, en relación con los bienes de la tierra, destinados
a todos, y entre las naciones, de modo que las más fuertes se sientan
responsables de las otras. La solidaridad, venciendo las estructuras del
pecado, es una camino hacia la paz y el desarrollo; y, como virtud cristiana,
manifiesta una dimensión profunda de gratitud verdadera, de capacidad de perdón
y de reconciliación.
“Los
pueblos y los individuos aspiran a su liberación”. Ante la tentación de la
desesperanza,
Alfonso Carrasco Rouco
Facultad de Teología “San Dámaso”
Madrid