Intervención final
Prefecto de la Congregación para el Clero
En la
carta a Diogneto se lee: “Los cristianos no se distinguen de los otros hombres
ni por su tierra natal y por su idioma ni por sus instituciones. No viven
apartados en ciudades propias; no hablan una lengua diferente; no llevan una
vida extraña. …Contraen matrimonio como todos los demás. Procrean hijos, pero
no dejan que los recién nacidos se pierdan. Comparten la mesa pero no el
lecho... Lo que el alma es para el cuerpo, son los cristianos para el mundo” (Cap. V, 7; Funk 1,318). He aquí la
familia de los primeros cristianos, la “Iglesia
doméstica”de ayer y de hoy, íntima comunión de vida y de amor (Const. past. Gaudium et spes, número 48), llamada a una participación activa
en la misión de la Iglesia y en la vida de la propia sociedad: a ofrecer un
testimonio convincente de la posibilidad y de la alegría de la fidelidad
conyugal y de la educación de los hijos, conformándose plenamente con el designio
de Dios.
Todos
los sacerdotes están llamados a apoyar a la familia cristiana promoviendo de
distintas maneras, y según los distintos carismas vocacionales y las misiones a
ellos confiada, y una pastoral familiar adecuada y orgánica en sus
respectivas comunidades eclesiales (Cfr.
Juan Pablo II, Novo millennio ineunte,
número 47). Particular importancia se da a “la necesidad de sostener el
valor de la unicidad del matrimonio,
como unión para toda la vida entre un hombre y una mujer, en la cual, como
marido y mujer, participan en la amorosa obra de creación de Dios”, como ha
recordado recientemente el Santo Padre en la audiencia con la Conferencia
Episcopal de Inglaterra y Gales (Cfr.
Discurso de Juan Pablo II, durante la visita ad limina Apostolorum del
23.11.2003, número 5).
La
petición de reconocimiento legal de las parejas de hecho es algo crónico
en nuestros días para que se equiparen los derechos con los de los matrimonios
legítimos, así como las tentativas de aprobación legal de modelos de pareja
donde la diferencia sexual no resulta esencial. La equiparación con otras
formas de convivencias es un atentado al carácter sagrado del matrimonio y una
violación grave de su profundo valor en el designio de Dios para los hombres (Cfr. Juan Pablo II, Familiaris consortio, número 3).
En
contraposición a las corrientes de pensamiento que surgen del utilitarismo, es
necesario tener en la Iglesia una catequesis más atenta y más profunda sobre la
familia y para la familia, que ofrezca y explique, incluso a los jóvenes y a
los novios, la verdad sobre el matrimonio con una visión antropológica anclada
en el misterio de Cristo y que sepa refutar, por ser irracional, aquella
pretensión de “cosificar” a los cónyuges, los hijos, la vida de los embriones,
sometidos a proyectos y fines que perjudican gravemente el bien del hombre y de
la sociedad (Cfr. Juan Pablo II, Exhort.
ap. Postsinodal Ecclesia in Europa, números 91-92).
Esto
me lleva fácilmente a presentar la próxima videoconferencia teológica que
tendrá por tema “La catequesis”. La
sesión internacional ha sido fijada para el 12 de diciembre próximo, a las 12
horas de Roma.
La
catequesis es esencialmente anuncio,
testimonio e irradiación de la verdad que introduce al hombre al encuentro
con la misma Persona de Cristo. “Entre los distintos servicios que la Iglesia
debe ofrecer a la humanidad, unos de los servicios de los que es responsable de
manera particular es: la diaconía de la
verdad”, escribía el Santo Padre en su Carta Encíclica Fides et ratio (n. 2).
Voy a concluir recordando a la Virgen María por la
inminente Solemnidad de la Inmaculada Concepción: María es un “catecismo
viviente”, “madre y modelo de los catequistas” (Juan Pablo II, Exhort. ap. Catechesi Tradendae, número 73).
Agradezco
nuevamente a los eminentes prelados, a los teólogos y a los profesores que han
intervenido hoy.
Vaticano,
28 de noviembre de 2003.