Intervención final

Del Excmo. Cardenal

Don Darío Castrillón Hoyos

Prefecto de la Congregación para el Clero

 

 

En la carta a Diogneto se lee: “Los cristianos no se distinguen de los otros hombres ni por su tierra natal y por su idioma ni por sus instituciones. No viven apartados en ciudades propias; no hablan una lengua diferente; no llevan una vida extraña. …Contraen matrimonio como todos los demás. Procrean hijos, pero no dejan que los recién nacidos se pierdan. Comparten la mesa pero no el lecho... Lo que el alma es para el cuerpo, son los cristianos para el mundo” (Cap. V, 7; Funk 1,318). He aquí la familia de los primeros cristianos, la “Iglesia doméstica”de ayer y de hoy, íntima comunión de vida y de amor (Const. past. Gaudium et spes, número 48), llamada a una participación activa en la misión de la Iglesia y en la vida de la propia sociedad: a ofrecer un testimonio convincente de la posibilidad y de la alegría de la fidelidad conyugal y de la educación de los hijos, conformándose plenamente con el designio de Dios.  

Todos los sacerdotes están llamados a apoyar a la familia cristiana promoviendo de distintas maneras, y según los distintos carismas vocacionales y las misiones a ellos confiada, y una pastoral familiar adecuada y orgánica en sus respectivas comunidades eclesiales (Cfr. Juan Pablo II, Novo millennio ineunte, número 47). Particular importancia se da a “la necesidad de sostener el valor de la unicidad del matrimonio, como unión para toda la vida entre un hombre y una mujer, en la cual, como marido y mujer, participan en la amorosa obra de creación de Dios”, como ha recordado recientemente el Santo Padre en la audiencia con la Conferencia Episcopal de Inglaterra y Gales (Cfr. Discurso de Juan Pablo II, durante la visita ad limina Apostolorum del  23.11.2003, número 5).

La petición de reconocimiento legal de las parejas de hecho es algo crónico en nuestros días para que se equiparen los derechos con los de los matrimonios legítimos, así como las tentativas de aprobación legal de modelos de pareja donde la diferencia sexual no resulta esencial. La equiparación con otras formas de convivencias es un atentado al carácter sagrado del matrimonio y una violación grave de su profundo valor en el designio de Dios para los hombres (Cfr. Juan Pablo II, Familiaris consortio, número 3).  

En contraposición a las corrientes de pensamiento que surgen del utilitarismo, es necesario tener en la Iglesia una catequesis más atenta y más profunda sobre la familia y para la familia, que ofrezca y explique, incluso a los jóvenes y a los novios, la verdad sobre el matrimonio con una visión antropológica anclada en el misterio de Cristo y que sepa refutar, por ser irracional, aquella pretensión de “cosificar” a los cónyuges, los hijos, la vida de los embriones, sometidos a proyectos y fines que perjudican gravemente el bien del hombre y de la sociedad (Cfr. Juan Pablo II, Exhort. ap. Postsinodal Ecclesia in Europa, números 91-92).

Esto me lleva fácilmente a presentar la próxima videoconferencia teológica que tendrá por tema “La catequesis”.  La sesión internacional ha sido fijada para el 12 de diciembre próximo, a las 12 horas de Roma.

La catequesis es esencialmente anuncio, testimonio e irradiación de la verdad que introduce al hombre al encuentro con la misma Persona de Cristo. “Entre los distintos servicios que la Iglesia debe ofrecer a la humanidad, unos de los servicios de los que es responsable de manera particular es: la diaconía de la verdad”, escribía el Santo Padre en su Carta Encíclica Fides et ratio (n. 2).

Voy a concluir recordando a la Virgen María por la inminente Solemnidad de la Inmaculada Concepción: María es un “catecismo viviente”, “madre y modelo de los catequistas” (Juan Pablo II, Exhort. ap. Catechesi Tradendae, número 73). 

Agradezco nuevamente a los eminentes prelados, a los teólogos y a los profesores que han intervenido hoy.

Vaticano, 28 de noviembre de 2003.