La identidad sacerdotal y los peligros de
democratización
Prof. Michael Hull, Nueva
York –
28 de abril de 2004
A finales del siglo XIX y a principios del
XX, el fenómeno de la reducción filosófica y, como consecuencia, reducción del
discurso teológico a discurso político, una reducción expuesta sumariamente y
refutada hace mucho tiempo—continúa amenazando el pensamiento correcto incluso
en el siglo XXI. Una consecuencia de esa convicción errónea es la tendencia
contemporánea al igualitarismo radical, que sostiene que los principios de la
teoría política, en este caso democrática, se aplican, no solo en el ámbito
político, sino en todos los ámbitos, incluida la Iglesia. Esto es por supuesto,
un pensamiento extraño para la eclesiología católica, que pone de manifiesto
una diferencia esencial entre los sacerdotes y los laicos.
En ningún momento es esta diferencia esencial
más evidente que en el Santo Sacrificio de la Misa, donde, como dice Lumen
gentium, "El sacerdocio ministerial, en virtud de la sagrada
potestad que posee, modela y dirige al pueblo sacerdotal, efectúa el sacrificio
eucarístico ofreciéndolo a Dios en nombre de todo el pueblo" Intentar
inyectar los principios de la filosofía política moderna, incluidos los
democráticos, en la sociedad perfecta de la Iglesia, inaugurada por Cristo Rey
y guiada por el Espíritu Santo, es contrario a la voluntad de Dios. Especialmente
problemáticas son, en primer lugar, las inclinaciones a confundir las
identidades del sacerdote y del laico, y en segundo lugar, ignorar los peligros
de democratización en la relación adecuada entre los sacerdotes y los laicos.
La identidad sacerdotal
La identidad sacerdotal está fundada en la
configuración de Cristo Señor, que es a la vez sacerdote, profeta y rey del
universo. El sacerdote está íntima y únicamente configurado con Cristo por su
ordenación. La ordenación confiere "un vínculo ontológico específico que
une al sacerdote con Cristo, Sumo Sacerdote y Buen Pastor." De hecho, por
su ordenación al sacerdocio, el hombre se convierte en alter Christus. Como
"otro Cristo," es deber y derecho del sacerdote santificar (munus
sanctificandi), enseñar (munus docendi), y gobernar (munus
regendi) in persona Christi capitis, porque por la ordenación un
sacerdote está configurado con Cristo de modo de "actuar en la persona de
Cristo, la cabeza." La identidad sacerdotal se forja en la triple munera,
que son inseparables en el sacerdote y en ejercicio del sacerdocio. El
sacerdote es quien, al compartir el sacerdocio de Cristo, ofrece la Misa,
extiende el perdón y la paz a los pecadores en la penitencia y unge el óleo de
la Extrema Unción; es el sacerdote quien, al compartir la misión profética de
Cristo, habla en nombre de Cristo y la Iglesia en la predicación; y es el
sacerdote quien, al compartir la realeza de Cristo, ejerce el gobierno de la
Iglesia, de modo que sólo un sacerdote pueda guiar las almas como párroco u
obispo.
La crisis de la identidad sacerdotal en los
últimos tiempo fue ya propuesta por el Sínodo de los Obispos de 1990, y de ella
habló Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Post Sinodal de 1992 Pastores
dabo vobis (Sobre la formación de los sacerdotes en las circunstancias
actuales), que seguía muy de cerca la Exhortación Apostólica del Sínodo de
los Obispos de 1987 y la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II de 1988 Christifideles
laici (Sobre la Vocación y la Misión de los Fieles Laicos en la iglesia
y en el Mundo Moderno). La pérdida de la identidad sacerdotal ha mezclado
la diferencia entre el sacerdocio ministerial y el sacerdocio común de los
fieles a tal punto que muchos ya no ven la diferencia esencial entre ambos, o
en caso de ver la diferencia, creen erróneamente que la diferencia es solamente
de grados. Lumen gentium indica claramente la antigua relación entre
sacerdotes y laicos: "Aunque difieren, y no solamente en cuanto al grado,
el sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico,
están sin embargo ordenados uno al otro; cada uno de forma individual, comparte
el sacerdocio de Cristo." Cuando se abandona o se malinterpreta esta
distinción se produce desorientación: el clero se laiciza y los laicos se clericalizan.
Debemos seguir los pasos del Sínodo de 1990 y de Pastores dabo vobis
para entender mejor la diferencia esencial entre las vocaciones sacerdotales y
laicales.
Esa diferencia, como hemos indicado, está
fundada en el cambio ontológico propio del sacerdocio (ministerial), que es una
gracias añadida al bautismo. San Pedro (1 Pe 2:5, 9) y San Juan de Patmos (Ap
1:6; 5:10; 20:6) nos aseguran que la promesa de Dios a Israel—"Seréis para
mi un reino de sacerdotes y una nación santa"— se cumple en Cristo mediante
el sacramento del bautismo. Del mismo modo, la Epístola a los Hebreos nos
asegura que la diferenciación que hace Dios entre sacerdotes y pueblo en
Israel—"Luego trae contigo a tu hermano Aarón, y a sus hijos de entre el
pueblo de Israek, para que me sirvan como sacerdotes"—se cumple en Cristo
mediante el sacramento de la ordenación, Los Evangelios, los Hechos y las
Epístolas están repletos de a elección de Pedro y de los Doce, sobre su función
exclusiva e irremplazable en la Iglesia y sobre su misión de hacer discípulos
de todas las naciones. El propio San Pedro ilustra esto hermosamente: "A
los ancianos que están entre vosotros les exhorto yo, anciano como ellos,
testigo de los sufrimientos de Cristo, y partícipe de la gloria que está para
manifestarse. Apacentad la grey de Dios que os está encomendada, vigilando, no
forzados, sino voluntariamente según Dios, no por mezquino afán de ganancia,
sino de corazón; no tiranizando a los que os ha tocado cuidar, sino siendo
modelos de la grey."
La pérdida de la distinción entre el pastor y
las ovejas lleva a una falacia teórica. O todos son los pastores o todos las
ovejas. Pero desde el punto de vista práctico, dicha reductio ad absurdum
a la equivalencia radical, conduce solamente a una falacia: nadie conoce su
lugar. Si los hombres perdiesen la fe en la autoridad y estructura propia de la
sociedad perfecta que es la Iglesia, intentarán reemplazar esa autoridad y
estructura con otra cosa. Por desgracia, hay en nuestros días personas que se
han equivocado sobre la naturaleza de la Iglesia, en particular la naturaleza
del sacerdocio y del estado laical. A menudo ven a la sociedad secular, en
concreto a las filosofías políticas en busca de métodos para encontrar su
lugar. No como las de la caverna de Platón, quién mezcló las sombras con la
realidad, intentan reemplazar la ciudad de Dios con una ciudad del hombre. Es
de lamentar que cuando los hombres son así de ignorantes intentan aprehender lo
que está de moda o es expedito. En nuestros días, dominados por el igualitarismo
radical y la noción de que todo poder reside en el electorado, no es de
sorprender que la "democratización," que definimos aquí como "la
teoría, sistema o principios de la democracia," surge de las cenizas. Todo
intento de modernidad o convencionalismo que intente reemplazar la religión con
el racionalismo, toda pretensión en nombre de la democratización ha de levantar
inmediatamente dos banderas rojas a los fieles.
En primer lugar, la democracia en si es una
teoría de la filosofía política que no es buena per se. La Iglesia reconoce los
beneficios de la democracia por encima de cualquier otra forma de gobierno
secular pero no aprueba ninguna teoría política. Cuando se trata de presiones,
los católicos tienen la libertad de estar o no de acuerdo con Winston Churchill
que ha dicho, "La democracia es la peor forma de gobierno a excepción de
todas aquellas formas de gobierno que han sido probadas de vez en cuando."
La adopción generalizada de las formas de gobierno democráticas de los últimos
doscientos años han producido muchos bienes sociales, como la protección de los
derechos humanos fundamentales, pero también han provocado males sociales, como
la negación del más fundamental de los derechos humanos—el derecho a la vida—en
el aborto y la eutanasia. En segundo lugar, la Iglesia es una sociedad
perfecta, y no una sociedad política. Los estados seculares necesitan por
naturaleza un sistema de gobierno cada vez más refinado, que siga la ley
natural y proteja el bien común. Por el contrario, el gobierno de la Iglesia,
la jerarquía, es querido por Dios, instituido por Cristo Rey, y guiado por el
Espíritu Santo. La Iglesia no necesita mirar más allá de si misma, de su
Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura, para obtener un sistema de
organización sin igual que le es propio. La democracia y sus aspectos derivados
y correlativos no tienen mayor cabida en la Iglesia que cualquier otro sistema
político secular.
El peligro de la democratización
Como hemos mencionado anteriormente, la
democracia es una forma de gobierno secular viable, aunque de ninguna manera es
la única. En boga en la actualidad, con el apoyo de muchos movimientos modernos
y posmodernos, la democracia es alabada como el gran sistema de liberación de
una presunto pasado de opresión. En esta forma general de pensamiento, la
democratización se tiene que poner en marcha en cualquier forma de asociación
humana porque toda potestad y autoridad reside en los hombres. El pluralismo,
también muy mentado como otra posibilidad de libertad y por tanto de moda,
parece la otra cara de la moneda democrática en nuestros días, por la que la
reflexión política parece concentrarse cada vez más en opinión, en lugar de
hacerlo en la razón, en estadísticas más que en la ley natural, y en las
personas más que en las comunidades. Este desarrollo en el orden mundial de las
naciones es bastante turbador en sí mismo considerado, pero es mas peligros aún
si se adentra en la Iglesia. Porque la creencia de la Iglesia, explicada en las
palabras de Poncio Pilatos (Juan 19:11) y de San Pablo a los romanos, dice que
ninguna autoridad emana de los hombres; por lo tanto, toda filosofía—política,
religiosa, o de otro estilo—que tenga autoridad que provenga de la comunidad en
vez de Dios es falaz.
En la Iglesia en si, el mayor peligro de la
democratización es ignorar o anular la diferencia entre el sacerdocio
ministerial y el sacerdocio de los fieles. Como afirma claramente la
Congregación para el Clero en el Directorio para la vida y el ministerios de
los sacerdotes: "la mentalidad que confunde los deberes del sacerdotes
con los de los laicos no se puede permitir en la Iglesia. En algunas
organizaciones eclesiales de manifestación se manifiesta claramente. De esta
manera, no se distingue la autoridad propia de los obispos de la de los
sacerdotes como colaboradores de los obispos, o incluso niega la primacía de
Pedro en el colegio de obispos."
"Una forma de evitar caer en la
mentalidad de la ‘democratización’ es evitar también el llamado ‘clericalismo’
de los laicos que tiende a disminuir el sacerdocio ministerial de los
sacerdotes." Otro punto es evitar la laicización del clero. Tanto
sacerdotes como laicos tienen una vocación clara en la Iglesia y el mundo, pero
estas vocaciones no se incluyen mutuamente. En relación con las unidades más
básicas de la Iglesia (además del núcleo familiar), el párroco (pastor) es
responsable de la santificación, enseñanza y gobierno de su parroquia, de la
parte del mystici corporis Christi que le ha sido confiada. Sin embargo,
el peligro de democratización puede surgir a nivel parroquial cuando los
consejos parroquiales, u otras organizaciones parroquiales, exceden su papel
propio. Con Gaudium et spes (números 73–76) del Concilio Vaticano II, la
Iglesia ha enfatizado mucho el papel de los laicos en el mundo como bautizados
de Crsito. El Concilio también enfatiza la importancia de los laicos como ayuda
a los sacerdotes en el ministerio sagrado, como se ve en Christus Dominus
(número 27). El resultado ha sido un poco desilusionador en relación con la
distinción entre sacerdote y laicos y sus propios roles en la Iglesia y en el
mundo. No solo Juan Pablo II en Christifideles laici y Pastores dabo
vobis, sino también en la Instrucción sobre ciertas cuestiones
relacionadas con la colaboración de los fieles no ordenados en los sagrados
ministerios de los sacerdotes de 1997, y en la nota doctrinal de la
Congregación para la Doctrina de la Fe de 2003 sobre La participación de los
católicos en la vida política, ha establecido como objetivo no solo
aclararnos las diferencias y distinciones entre sacerdotes y laicos. La lectura
de estos documentos demuestra que la democratización desempeña un papel nada
despreciable en la inadecuada participación y mezcla de los sacerdotes en la
vida laical.
La democratización solo puede disturbar la
relación entre sacerdotes y obispos o incluso obispos y el papa. Christus
Dominus (números 25–35) y Presbyterorum ordinis (números 7–9)
expresan claramente la relación entre los sacerdotes y los obispos y los
matices de la vocación; explican cómo los sacerdotes y los obispos colaboran en
el cuidado del pueblo de Dios. Pese al hecho de que "todos los sacerdotes
comparten con los obispos el mismo sacerdocios y ministerio de Cristo," su
relación es jerárquica. Si no se entiende esta relación, de modo que se piense
que el obispo es más el presidente de un organismo que un padre de familia,
habrá problemas, con certeza. "Se ha de recordar que el presbiterado y los
consejos de sacerdotes no son una expresión del derecho de asociación del
clero, y mucho menos se entiende según la opinión que reclama la naturaliza
sindical de estas partes en la comunidad eclesial.." Del mismo modo, una
comprensión parcial de lo que significa el colegio de obispos puede llevar a la
herejía de que el Obispo de Roma es primus inter pares y no un elemento
constitutivo del colegio. Como indica claramente la nota previa de Lumen
gentium, "no hay colegio episcopal sin su cabeza … la idea
del colegio implica siempre una cabeza y en el colegio, la cabeza preserva
intacta la función de Vicario de Cristo y pastor de la Iglesia Universal."
Sólo una concepción errónea de la democratización lleva a pensar en la Iglesia
como una sociedad que necesita liberarse y libertad de expresión. Lo verdadero
es lo contrario: la Iglesia es ordenada y jerárquica, una sociedad perfecta, y
el modelo de todas las sociedades humanas.
En la iglesia existe una llamada universal a
la santidad, y al mismo tiempo hay distinciones de origen divino entre sus
miembros. Estas distinciones reconocen algunas formas de igualitarismo radial,
por ejemplo, el amor de Dios por cada uno de sus hijos. Sin embargo, en el seno
de la Iglesia no hay espacio para las teoría sociopolíticas que rebajen las
vocaciones particulares y peculiares de los sacerdotes y los laicos y todo lo
que les compete a ambos estados. Desconocer o anular las vocaciones universales
lleva al desastre. Las repercusiones son muchas entre las que se encuentran el
desdén por la vocación individual, falta de respeto por los sacramentos de la
ordenación y el sacerdocio, una eclesiología parlamentaria y la muerte de las
vocaciones al sacerdocio. A medida que nos adentramos en el tercer milenio de
cristianismo, debemos mantener la antigua distinción de la iglesia entre
sacerdotes y estado laical. La identidad sacerdotal es mucho más importante
para la salvación del mundo que la construcción política, incluida la
democracia. De hecho, no deberíamos centrarnos en buscar o ver qué es lo que
está de moda pasajero sino las verdades perennes de la revelación de Dios y las
buenas razones que han guiado a la Iglesia dos mil años. Nosotros, miembros de
la Iglesia, sacerdotes y laicos, debemos respetar y promover nuestras
vocaciones diferentes pero relacionadas por medio de Dios nuestro Padre,
"que nos ha salvado, que nos ha llamado con una llamada santa, no en
virtud de su propio objetivo, y por la gracia que nos ha dado en Cristo
Jesús."