Perspectiva Pastoral
Prof. Jean Galot,
Roma
Toda la
misión pastoral que se desarrolla, de múltiples maneras, dentro de la Iglesia
está dominada por la palabra evangélica «Yo soy el buen pastor» (Jn 10,11.14).
El hecho mismo de que esta declaración solemne se repita dos veces seguidas
destaca su importancia. Jesús subraya así el significado de su presencia
personal en la tierra.
Entre
las afirmaciones de identidad que comienzan por «Yo soy», ésta se impone de
manera especial como una definición que ilumina todas sus actividades, pues
revela un aspecto fundamental del sacerdocio de Cristo. La intención pastoral
no es algo secundario; es más bien una síntesis de todas las aspiraciones que
se expresan en la misión del Salvador.
Es necesario recordar
que la expresión usada no tiende directamente a indicar bondad, puesto que
debería ser traducida literalmente como «el pastor hermoso» o «el pastor
excelente». Se trata de un pastor que posee la perfección de todas las
cualidades. La bondad es, por cierto, una cualidad propia del comportamiento de
Jesús, pero no la que él quiere poner de relieve en estas circunstancias. Opone
más bien su comportamiento como pastor al de los ladrones y bandidos que van a
robar, matar y destruir. No menos evidente es el contraste con el mercenario
que, por no ser pastor, abandona las ovejas y huye al ver llegar al lobo. Jesús
no sólo no ha perseguido nunca su propio beneficio en sus relaciones con los
hombres, sino que ha demostrado su amor diciendo: «El buen pastor da su vida
por las ovejas». Él realiza el ideal del perfecto pastor por medio del don de
su propia vida. Tan elevada es esta disposición del alma que supera el modelo
de pastor que los escritos del Antiguo Testamento atribuyen a Dios. Dios había
sido reconocido como una figura soberana del pastor, y repetidas veces había
marcado la distancia entre su comportamiento y los numerosos defectos de los
pastores humanos. Pero el Dios venerado por Israel no hubiera podido emprender
la senda del sacrificio ofrecido por sus ovejas, pues ésta exigía la
Encarnación. Como buen pastor, sólo el Hijo encarnado podía, por medio del
sacrificio de la cruz, llevar hasta el final su generosidad.
Jesús ha
indicado claramente que este signo supremo de amor es la propiedad que
distingue al buen pastor. Así todo el camino pastoral de la Iglesia ha sido
orientado hacia ese modelo más alto de amor; el sacerdocio ha sido guiado, de
manera definitiva, desde lo alto hacia un don generoso, semejante al del buen
pastor.