Tema 38: LEY Y CONCIENCIA
38.1) Ley, norma objetiva de la
moralidad
38.2) La conciencia, norma
subjetiva de la moralidad
38.3) División y propiedad de la
conciencia
38.4) La formación de la
conciencia
38.5) Magisterio y conciencia
persona
38.6) Conciencia y prudencia
38.1 Ley, Norma Objetiva de la
Moralidad
La ley se hace normativa de la
conducta por su aplicación, mediante la actividad de la conciencia, a las
acciones determinadas y singulares; es, de esta manera, como el auxilio de la
ley llega hasta el hombre y le ayuda, con su luz y fuerza , a conseguir el fin
sobrenatural al que esta llamado. Solo a través de la conciencia el hombre es
capaz, en cada situación concreta, de insertarse en los planes de Dios, de
responder activamente a la llamada de Dios, conocida como obligatoria gracias a
las luces de la razón y la fe.
La importancia de la conciencia
es por tanto de una trascendencia decisiva para la vida moral, y de una enorme
actualidad en nuestros dias, en que quizás con un acento mas marcado que en
otras épocas, al estudiar la moral se insiste en el aspecto de diálogo entre
Dios y el hombre. Dentro de esta perspectiva o visión de la Moral, la
conciencia es como el lugar donde Dios y el hombre se encuentran: por una parte
la conciencia es la voz de Dios y por otra es el nivel mas profundo e íntimo
donde el hombre acoge o rechaza aDios. ( Gaudium et Spes n¼ 16)
La conciencia tiene entonces la
función de hacer presente a nuestro conocimiento la ley, la voluntad de Dios en
sus aplicaciones singulares y concretas; nos descubre tambien la obligatoriedad
de seguir las indicaciones y mandatos de esa ley , porque son el camino
necesario para alcanzar el fin; dicho de otro, permite, teniendo en cuenta las
circunstancias particulares, percibir el grado de concordancia de las propias
acciones e intenciones, con la propia norma moral objetiva. Es la enseñanza
clara del Vaticano II : " En lo mas profundo de su conciencia, descubre el
hombre la existencia de una ley, que el no se dicta a si mismo, pero a la cual
debe obedecer y cuya voz resuena , cuando es necesario en los oidos de su
corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y evitar el mal: haz
esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su
corazón, en cuya obediencia consiste personalmente ... Es la conciencia la que
de modo admirable da aconocer la ley ". ( Gaudium et Spes n¼ 6)
Este caracter que la conciencia
tiene de manifestación y de desvelación de planes objetivos anteriores de Dios
sobre el hombre, asi como de la obligatoriedad que intima al hombre cuando los
descubre, es resaltado de nuevo en la Decleración sobre la libertad religiosa y
reconoce por medio de su conciencia los dictámenes de la ley divina, conciencia
que tiene obligación de seguir fielmente en toda su actividad para lleger a
Dios, que es su fin " ( Declar. Dignitatis humanae).
38.2 La conciencia, norma
subjetiva de la moralidad
La existencia de la conciencia,
como juicio inmediato práctico sobre el caracter moral de nuestras acciones, es
un hecho que no necesita demostración. Todos experimentamos en nuestro interior
" una fuerza interior que en los caos particulares señala a la voluntad
misma, para que esta escoja y determine los actos que son conformes a la
voluntad divina." (Pio XI alocución 23-III- 1952), y por tanto buenos. Nos
damos cuenta que actos en un determinado lugar y momento, son buenos y deben
hacerse; cuales son malos, y debiendo omitirse. Es decir conocemos no solo que
es el bien o el mal aqui y ahora, sino que además, conocemos que ese bien o mal
debe hacerse u omitirse.
En la Sagrada Escritura se hacen
conrinuas referencias de uno y otro modo, a la conciencia en el sentido en que
nos venimos refiriendo. Son conocidos los textos de S.Pablo en que hable de la
" inscripción " de la ley en el corazón , del testimonio de la
conciencia, de los " pensamientos " que acusan y absuelven( Rom,
2,15); a los cristianos poco fervorosos les falta la debida
"convicción" y el exacto "conocimiento"( Rom 14,23) ( I Cor
8,7). La conciencia influyendo inmediatamente sobre los actos capta y descubre
el caracter bueno o malo de los mismos. Es pecado todo lo que no es segun
conciencia, es decir, segun la convicción personal de que algo es lícito y
justo. ( Rom 5, 1-3) Por eso la conciencia es norma válida ante Dios de la vida
moral y la buena conciencia es señal de haber obrado bien ante Dios. Merece
subrayarse el oficio que se le da a la conciencia de regular y dirigir las
acciones futuras y no solo de juzgar el pasado. La expresión "en
conciencia" tiene el valor de regla moral y norma obligatoria de la que,
en última instancia dependen el bien y el mal de nuestras acciones( Rom13,5).
El juicio de la conciencia viene
a ser asi, la regla próxima e inmediata -subjetiva- de nuestras acciones.
Ninguna norma objetiva -ley- puede llegar a ser regla actual de un acto, sino a
través de la aplicación que haga el sujeto que realiza ese acto determinado. La
conciencia es como la promulgación de la ley divina en nosotros y la aplicación
de sus preceptos, como regla obligatoria, a nuestros actos. Es por tanto, el
camino necesario y único, que la ley tiene para ser eficaz : " nadie es
obligado por el precepto del legislador sino mediante la noticia del mismo, es
decir, la conciencia." ( De Veritate, q.17, a. 3). Los mismos mandamientos
me resultan extraños y no me obligan si no pasan y se interiorizan en la
conciencia que me advierte que yo no puedo sustraerme al mandato divino y que
aquel determinado mandato es para mi. Esta aplicación de la ley a una acción
determinada, para que sea norma válida de conducta, debe preceder - conciencia
antecedente - o al menos acompañar - conciencia concomitante- al acto.
La conciencia llamada
consiguiente, porque es posterior al acto, no es norma, sino testimonio de como
ha sido realizado el acto. Y cuando el hombre realiza el acto es insustituible.
Ahi nadie puede suplantarle, eximiéndole de la responsabilidad el mérito o de
la culpa; caben solamente los consejos cuya única finalidades hacerle mas claro
el seguimiento e la ley, proporcionándole motivos que hagan mas libre y querida
la decisión personal: "La conciencia es el nucleo mas secreto y el
santuario del hombre, donde se encuentra a solas con Dios, cuya voz resuena en
lo mas íntimo" (Gaudium et Spes n¼ 16).
La conciencia, toda ella, depende
de la norma objetiva, cuyo espejo es y recibe de ella su fuerza obligatoria. La
conciencia es "como el pregonero de Dios y el mensajero que divulga el
precepto del rey" (S. Buenaventura, in III Sent., d.30, a.1, q. 3, a. 3).
De ahí que obligue con la misma fuerza y por el mismo título que lo hacen los
dictámenes de la ley divina ( cfr. Dignitatis Humanae n¼3); y por eso desobedecer
a la conciencia es rebelarse contra Dios e incurrir en el pecado.
Porque la conciencia es norma
manifestativa y declarativa de la moralidad, se deduce que nunca puede
concebirse como norma primaria y autónoma de la moralidad del obrar humano;
solamente es norma secundaria, dependiente y relativa, y su capacidad es
conocer e interpretar la norma objetiva, no modificarla o crearla. La
conciencia no es auto legisladora. La conciencia por si misma no es el árbitro
del valor moral de las acciones, que ella sugiere. La conciencia es intérprete
de una norma interior y superior, pero no es ella quien la crea. La conciencia
esta iluminada por la intuición de determinados principios normativos,
connaturales a la razón humana; pero no es ella la fuente del bien y del mal:
es el aviso, es como escuchar una voz - que se llama precisamente voz de la
conciencia- es como un recuerdo de la conformidad que una acción debe tener con
una exigencia intrínseca del hombre, para que el hombre sea verdadero y
perfecto. La conciencia es una intimación subjetiva e inmediata de una ley, que
tenemos que llamar natural a pesar de que muchos no quieren oir hablar de una
ley natural (Pablo VI Alocuc. 13-XI-1969). Si se trata de los cristianos esa
conciencia es, además, intérprete de la ley de Cristo, como señala Pio XII :
"La conciencia es el eco fiel, nitido reflejo de la norma divina para las
acciones humanas, de modo que expresiones como juicio de la conciencia
cristiana, o esta otra de juzgar segun la conciencia cristiana tienen este
sentido: la norma de la decisión última y personal para una acción moral esta
tomada de la palabra y de la voluntad de Cristo" ( Aloc. 13-II-1959).
Son vanos por tanto los intentos
de fundamentar una "conciencia autónoma", como si la persona, a
traves de su conciencia fuera capaz de determinar lo que es bueno y malo por su
propia decisión libre, aun en la hipótesis de que la decisión estuviera en
oposición abierta a la ley objetiva.
38.3 División y propiedad de la
conciencia
La conciencia, que solo es
verdadera norma de actuación moral en la medida que expresa con verdad la ley
de Dios, no siempre traduce e interpreta de forma infalible la norma moral; a
veces son equivocados los juicios de conciencia, porque nuestra razón no esta
libre de los riesgos de la ignorancia, el error y la duda en la búsqueda de la
verdad, particularmente de la práctica. Por eso no todos los juicios de la
conciencia son norma auténtica y lícita de la conducta moral. La conciencia,
para ser norma válida del actuar humano, tiene que ser recta, es decir,
verdadera y segura de si misma y no dudosa ni culpablemente erronea.
DIVISION DE LA CONCIENCIA
En relación al acto: Antecedente
concomitante y consecuente. En razón de su conformidad con el orden moral:
Verdadera y erronea (vencible o invenciblemente). En razón de la fuerza con que
el sujeto asiente al juicio de conciencia: Cierta probable dudosa.
PROPIEDADES DE LA CONCIENCIA
a) acompaña a todo acto libre;
-por que es parte del
conocimiento intelectual de todo bien singuar;
-como el acto libre necesita el
concurso de la inteligencia, siempre irá acompañado de un juicio de conciencia;
b) no obliga por si misma sino en
virtud del precepto divino;
-obliga porque al mostrar la ley,
muestra la voluntad de Dios;
-no crea la ley sino que la descubre y aplica al caso concreto;
-aquí se encuentra el error de la
ética de situación;
c) puede errar y oscurecerse pero nunca extinguirse totalmente;
-si hay inteligencia, hay conciencia. la conciencia viene con la naturaleza;
-cabe el error porque también la
inteligencia está sometida a la posibilidad del error (vencible o invencible);
-no seguir la luz de la
conciencia es hacer violencia a la razón (es el origen del remordimiento).
38.4 La formación de la conciencia
En este punto hay que considerar
dos cosas: una es la necesidad de la formación de la conciencia - de lo que se
deduce la obligación -; y otra, el modo de conseguir esa educación o formación.
La necesidad de la formación de
la conciencia:
se concluye fundamentalmente de
un doble motivo. Si tenemos en cuenta que por conciencia formada se entiende
aquella que lleva a su sujeto a conformar su voluntad con la voluntad divina,
tal como esta se manifiesta al hombre, es evidente que esa formación es necesaria.
Conocer, en efecto, la ley de Dios, lo que Dios quiere sobre mi, pide
"instruir la inteligencia acerca de la voluntad de Cristo, su ley, su
camino y además en obrar sobre su alma, en cuanto desde fuera puede hacerse,
para inducir a la libre y constante ejecución de la voluntad divina" ( Pio
XII, Alocuc. 23-III-1952). Esa ley - natural y sobrenatural- es de exigencias
altísimas y por otra parte no se manifiesta de una vez por todas, sino de
manera progresiva y en conformidad a la estructura de nuestro conocer; exige el
estudio de las cuestiones morales, escuchar al Magisterio, etc. La necesidad de
la formación viene también pedida por la naturaleza del juicio de conciencia,
dependiente, como ninguno, de las disposiciones morales del sujeto; por er una actividad
moral, exige la rectitud de la voluntad: esta influye no solo en el
conocimiento moral , que no puede ser recto y bien formado si las disposiciones
morales no son rectas, porque en el conocimiento influyen las disposiciones
corporales, psicológicas y morales, sino también en el juicio práctico y moral,
se requieren las virtudes morales que inclinen a juzgar rectamente en el caso
concreto.
Esta formación nunca podrá darse
por acabada pues siempre es posible un mayor y mas exacto conocimiento de la voluntad
de Dios y caben tanbién mas perfectas y mejores disposiciones morales.
Esta formación es, además,
obligatoria: obliga por el mismo título que lo hace el mandamiento "amarás
al Señor con todo el corazón" es decir, por la obligación de tender a la
santidad. Sin una conciencia cierta y verdadera, no es posible una vida recta.
Y es dificil hablar de rectitud moral, cuando se hace de la conciencia una
válvula de escape para la propia comodidad y justificación de los pecados
personales.
Modo de conseguir la formación de
la conciencia:
la rectitud del juicio de
conciencia implica, el conocimiento exacto de la ley y el saber aplicarlo a los
actos singulares y concretos. Y a esa doble finalidad ha de tender la recta
formación de la conciencia que en perfectqa unidad y dependencia, deberá tener
en cuenta:
a) el estudio amoroso de la
verdad y de la ley de Dios, contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición
e interpretada auténticamente por el Magisterio .
b) la disposición sincera y
profunda de conocer y seguir la verdad, facilitada por el vivir las virtudes
naturales y sobrenaturales; asi se adquiere ese conocimiento sapiencial, como
una connaturalidad con lo bueno y recto.
c) en particular, la humildad y
sinceridad para pedir y seguir el consejo de aquellas personas prudentes que el
Señor ha puesto a nuestro lado.
d) la ayuda de la oración y de
los Sacramentos, en el caso de los ristianos.
38.5 Magisterio y Conciencia
Personal
La conciencia no es la voz
inmediata y sobrenatural de Dios, ni es pura subjetividad y transparencia; por
eso puede equivocarse. La posibilidad de error de la conciencia -probada
abiertamente por la propia experiencia y por la Revelación- ( cfr. Rom, 14,23;
I Cor 8,7; 10, 25-29) se deduce del caracter mismo de la naturaleza humana
caida y debilitada por el pecado original, y de las dificultades, subjetivas
unas -de la mente, de la voluntad y de las pasiones- , y otras exteriores
-influjo del ambiente etc.- en su ejercicio. Por ello, resulta incorrecto
afirmar que lo que dicta la conciencia es siempre "verdaderoÓ.
Por encima de la propia
conciencia esta el orden objetivo, la ley de Dios. "La norma suprema de la
vida humana -recuerda el Concilio Vaticano II-, es la propia ley divina,
eterna, objetiva y universalÓ ( Decl. Dignitatis humanae, n¼3) Por eso la
conciencia, para ser regla autentica de la moralidad, debe escuchar atentamente
y transmitir con fidelidad los dictámenes dev.la ley. Y a partir de esa ley,
conocida por la razón y la fe, debe explicar, para cada caso, el contenido
moral de las acciones. A propósito de los contraceptivos, Pablo VI hace la
aplicación de esa doctrina explicando que el uso de los contraceptivos es
"intrínsecamente ilícito y ni aun por razones gravísimas de un mayor bien
humano es posible cohonestarloÓ( Humanae Vitae n¼14). Y en relación con los
actos propios de la vida conyugal, la Declaración Persona Humana, acerca de
ciertas cuestiones de ética sexual, citando al Concilio Vaticano II (Gaudium et
Spes n¼ 51), enseñav.que su bondad moral no depende solamente de la sincera
intención y apreciación de los motivos, sino de criterios objetivos tomados de
la naturaleza de la persona y de sus actos, que guardan íntegro el sentido de
la mutua entrega y de la humana procreación, entretegidos con el amor
verdadero.(n¼ 5)
De ahí que los intentos de
construir una moral con independencia del orden objetivo se opone ala doctrina
de la fe, y de la ley de Dios. Es el caso de la " Nueva moralÓ, o "
Moral de situaciónÓ, de signo protestante y hasta ateo en su forma mas radical.
La " ética de situaciónÓ
condenada por Pio XII en el 1952, vulve a serlo en el 1956 por la Sagrada
Congregación para a doctrina de la Fe, como contraria a la verdad ( insrtucción
del Sto. Oficio, 2-XI- 1956 Dz 3918).
Por otro camino se llega también
al rechazo del orden moral objetivo: El de la "libertad de concienciaÓ. Se
entiende como la emancipación de la conciencia de cualquier norma extrínseca y
autoridad superior distinta del propio yo; la conciencia esta desligada de todo
vínculo y, por si misma y para si misma es ley. Segun esta interpretación, solo
la conciencia es la norma de la verdad y de la bondad de los actos: estos son
bueno o malos porque sai lo decide la conciencia; se niega el orden moral
objetivo. En su interpretación mas radical, por libertad de conciencia se
quiere indicar la negación de toda autoridad y norma, incluida la propia
conciencia. Es el amoralismo total. Seria decir que todo lo humano -instintos,
tendencias, pasiones-, por el hecho de darse y ser espontaneos, son buenos.
Estas interpretaciones han sido
condenadas siempre por la Iglesia, como contrarias a la verdad( cfr. Leon XIII,
Enc. Libertas Praestantisissimum Dz 3250). El hombre es libre y cuando Dios
concurre con él, tanto en el orden natural como sobrenatural, de ningún modo
anula su libertad, en efecto la cooperación que Dios pide al hombre en su
condición de criatura espiritual, ha de ser siempre libre y responsable. Ser
libre no significa que el hombre en su actividad no este sometido a preceptos y
normas morales; negar esa sujección sería como afirmar que Dios no creo al
hombre ni lo destinó al fin sobrenatural: seria negar la existencia de Dios,
sustituyéndola por el hombre mismo, "mi concienciaÓ. La conciencia es
libre fisicamente -ausencia dé coacción, de vínculos externos y físicos-, pero
no moralmente - ausencia de los vínculos morales de la ley de Dios-: "Dios
llama a los hombres a servirle en espíritu y verdad. Por este llamamiento
quedan ellos obligados en conciencia, pero no coaccionadosÓ ( Decl. Dignitatis
Humanae, n¼ 11). "Dios ha querido que el hombre le busque según su
conciencia y libre elección, es decir, movido, guiado por convicción personal e
interna, y no por un ciego impulso interior u obligado por mera coacción externaÓ.
( Const. Gaudium et Spes n¼ 17).
En cambio, si es legítima la
libertad de las conciencias, de la que Pio XI dice que es "el derecho que
tienen las almas a procurarse el mayor bien espiritual bajo el Magisterio y la
obra reformadora de la Iglesia . . ., el derecho de las almas asi formadas a
comunicar los tesoros de la Redención a otras almasÓ ( Enc. Non abbiamo
bisogno, 29-VI-1931; cfr. Leon XIII, Enc. Libertas Paestantissimum Dz 3250).
Por esta libertad "el hombre tiene la obligación, y en consecuencia
también el derecho, de buscar la verdad en materia religiosa, a fin de que
utilizando los medios adecuados, llegue a formarse prudentemente juicios rectos
verdaderos de concienciaÓ ( Decl. Dignitatis humanae, n¼3).
Los cristianos tienen _como afirma
el concilio_ en la iglesia y en su Magisterio una gran ayuda para la formación
de la conciencia: "Los cristianos, al formar su conciencia, deben atender
con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia. Pues, por Voluntad
de Cristo, la Iglesia católica es maestra de la verdad y su misión es anunciar
y enseñar autenticamente la verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo, declarar
y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la
misma naturaleza humana" (Decl. Dignitatis humanae, n¼ 14). Por tanto, la
autoridad de la Iglesia, que se pronuncia sobre las cuestiones morales, no
menoscaba de ningún modo la libertad "con respecto a" la verdad, sino
siempre y solo "en" la verdad, sino también porque el Magisterio no
presenta verdades ajenas a la conciencia cristiana, sini que manifiesta las
verdades que ya debería poseer, desarrollándolas a partir del acto originario
de la fe. La Iglesia se pone sólo y siempre al servicio de la conciencia,
ayudandola a no ser zarandeada aquí y allá por cualquier viento de doctrina
según el engaño de los hombres (cf Ef 4,14), a no desviarse de la verdad sobre
el bien del hombre, sino a alcanzar con seguridad, especialmenteen las
cuestiones más difíciles, la verdad y a mantenerse en ella.
38.6 Conciencia y prudencia
Para entender mejor la relación
existente entre la conciencia y la prudencia, haremos referencia también a las
relaciones que se dan entre conciencia, sindéresis y ciencia moral.
La sindéresis designa
tradicionalmente el hábito de los principios morales, o primeras y más ricas
verdades acerca del hombre y su obrar moral, captados intuitivamente -al menos
por connaturalidad, en quien busca obrar rectamente- y que le dan la sagacidad
para descubrir todas las facetas del bien en su atractivo propio, inclinandole
así a amarlo.
La luz de la sindéresis se
explicita y complementa por los hábitos de la ciencia moral y la prudencia:
basados en la experiencia, el ejemplo de los demás, la lectura y el estudio,
las enseñanzas de padres y maestros, etc., adquirimos el hábito de la ciencia
moral o conocimiento de las principales verdades sobre el bien del hombre y su
conducta (la formulación explícita y fundación de los primeros principios
...,); este conocimiento que da la ciencia es sobre todo especulativo, en el
sentido de que, aún haciendonos saber qué es el bien y qué es el mal, no
incluye de suyo -aunque favorezca el adquirirla- la energia necesaria para
aplicar ese conocimiento a la propia vida, fruto más bien de las disposiciones
morales; la virtud de la prudencia es, en cambio, un hábito a la vez
especulativo y práctico, precisamente en cuanto implica y contiene esa
connaturalidad con el bien propio de la entera rectitud personal ( por eso, no
hay prudencia sin la posesión de las virtudes morales): mueve a emitir juicios
exactos y precisos sobre el bien y el mal -sostenida por las restantes virtudes
morales-, mediante el discernimiento de la verdad universal en nuestros actos
singulares y concretos, lo que aqui y ahora debo hacre o evitar.
La conciencia moral es el juicio
concreto que la persona emite a la luz de la sindéresis, sobre el acto
singular, juicio que es facilitado por los hábitos de ciencia y prudencia. La
prudencia, inclinando a juzgar rectamente la moralidad de las propias acciones,
hace habitualmente certero el juicio de conciencia.